Picazo avisa de 43º en mayo y los termómetros no llegan
El meteorólogo Mario Picazo publicó un mapa de anomalías térmicas que, en zonas del oeste peninsular, alcanzaban los +12 grados respecto a la media. El pronóstico añadía que el mercurio podría llegar a 42 o 43 grados en el sur durante lo que restaba de semana, aún en primavera. La publicación encendió una discusión que, lejos de quedarse en lo meteorológico, derivó en un ajuste de cuentas con el relato del apocalipsis climático y con quienes lo difunden.
La respuesta más repetida no fue negar el calor, sino tirar de hemeroteca. Varios mensajes rescataron registros que atribuyeron a la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) y que muestran máximas superiores en mayos anteriores: 41,6º en Sevilla, 40,7º en Murcia y 37,8º en Bilbao en el periodo 1901-1960. Otro apunte señalaba que el 13 de mayo de 2015 se alcanzaron 40,8º en el aeropuerto de Sevilla, por encima de los 39º registrados el 30 de mayo de 2024.
¿Por qué el mapa de Picazo no cuadra con los termómetros?
El núcleo del desacuerdo está en la diferencia entre anomalía y temperatura absoluta. Una anomalía de +12 grados no significa que vayan a registrarse 12 grados más de lo habitual en el termómetro de la calle, sino que la media del periodo se desvía respecto a una referencia histórica. Ese matiz, que en un informe técnico es una obviedad, se pierde cuando el dato se convierte en titular.
La crítica más incisiva apuntó a la elección de la referencia. Si la anomalía se calcula contra una media reciente, el desvío se infla; si se hace contra la serie completa, se diluye. Y si se compara con el máximo glacial, como ironizó algún mensaje, el resultado es directamente esperpéntico. La pregunta que sobrevoló toda la discusión fue sencilla: ¿anomalía respecto a qué?
Los registros de mayo que desmontan el pronóstico
Los datos aportados en la discusión dibujan un mayo que no llegó a los extremos anunciados. El 30 de mayo de 2024 el aeropuerto de Sevilla marcó 39º. El 13 de mayo de 2015, 40,8º. El 13 de mayo de 2012, 38,4º. El 12 de mayo de 1999, 39,1º. El 17 de mayo de 2006, 38,5º. La serie no muestra una escalada, sino una alternancia.
La comparación con el periodo 1901-1960 es la que más incomodó. Aquellos mayos, sin satélites ni alertas moradas, registraron máximas que hoy se presentarían como apocalípticas. Un mensaje lo resumió con retranca: en agosto, para ir de Madrid a Toledo, había que usar un trineo tirado por perros. La exageración es deliberada, pero el fondo es serio.
Del dato meteorológico al ajuste de cuentas con el relato
La conversación derivó pronto hacia la credibilidad de las predicciones climáticas. Se recordaron pronósticos fallidos: la desertificación de media península, el clima tropical en Asturias, el Kilimanjaro sin nieve, los polos derretidos. La queja recurrente no era que el clima no cambie, sino que las predicciones catastrofistas se incumplen y nadie rinde cuentas.
El argumento de la rendición de cuentas se extendió a los incentivos profesionales. Si un analista acierta, tiene razón; si falla, también, porque el margen de error forma parte del modelo. Esa asimetría, aplicada a un asunto que mueve impuestos y regulación, generó un rechazo transversal que no se limita a un perfil ideológico.
El color morado, los huertos solares y otras derivadas
El índice de radiación ultravioleta, que en esas fechas alcanzó niveles extremos, añadió una capa de teatralidad. Un mensaje señaló que el morado apocalíptico es el nuevo recurso para asustar. Otro ironizó con que el arcoíris se queda corto y habría que inventar colores nuevos. La crítica no era al dato, sino a su presentación.
La discusión también tocó la red eléctrica. Se apuntó que los huertos solares pierden eficiencia por encima de cierta temperatura y que la inestabilidad del sistema no viene del exceso de renovables, sino de un diseño deficiente. Un mensaje pidió cautela ante un posible apagón que equipararía a España con otros países. El vínculo entre calor y suministro quedó sobre la mesa, sin resolver.
Lo que el termómetro dice y lo que el relato añade
El calor existió. Nadie lo negó. La discrepancia estaba en la magnitud, en la referencia y en el uso político del dato. Cuando un pronóstico de 43º se queda en 39º, la diferencia no es climática, es de credibilidad. Y esa brecha, a diferencia de la temperatura, no se cierra con un mapa de colores.
La discusión terminó sin consenso sobre si el episodio fue extraordinario o rutinario. Los registros aportados apuntan a lo segundo. El tono del pronóstico, a lo primero. Entre ambas cosas hay un margen que ningún modelo ha sabido explicar del todo.