El B-21 Raider se presenta con seis unidades en Palmdale
La primera semana de diciembre, Northrop Grumman enseña al mundo el B-21 Raider. Hay
seis unidades del nuevo bombardero estratégico en distintas fases de ensamblaje en la planta de Palmdale, California, y el primer vuelo está previsto para
2023. El aparato releva al B-1 y al B-2 en la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Según un cálculo que circula, el desarrollo ronda los
20.000 millones de dólares y cada avión saldría entre 550 y 700 millones, una cifra que, según lo leído por un forero, el Comité de Servicios Armados del Senado no habría querido desvelar. La retirada del B-2 y del B-1 deja al veterano B-52 como plataforma barata para lanzar misiles de crucero, un detalle que dice bastante sobre cómo se hacen las cuentas en el Pentágono.
Lo demás, por ahora, es humo y fotos borrosas. Y una discusión vieja sobre si esto es un salto tecnológico o un refrito carísimo.
Ala volante y motor F135: qué se sabe del diseño
El B-21 es un ala volante, la misma familia morfológica que el B-2, y lleva el motor
Pratt & Whitney F135. Poco más se ha confirmado. El secretismo es tal que ni se enseñó la cola del B-2 en Palmdale en 1988, y con el Raider se repite la liturgia: anuncio, silueta, cuenta atrás y cero especificaciones cerradas. Hay quien sostiene que su capacidad de sigilo será superior y su coste de operación menor; el escéptico responde que eso mismo se prometió con cada generación anterior.
Sobre el alcance, el B-2 declara unos 11.000 kilómetros de autonomía y al B-21 se le atribuyen algo más de 7.000. De ahí salió el rumor de que podría embarcarse. Es falso: no hay versión naval prevista y carecería de sentido regalarle ese radio de acción para encerrarlo en un buque.
Menos carga de bombas que el B-2 y el doble de aviones en el aire
Aquí está una de las críticas más repetidas. Hay quien sostiene que el B-2 carga unas
60.000 libras y que el B-21 se queda en la mitad. Según ese razonamiento, si hace falta soltar el mismo número de bombas habría que mandar dos aparatos, y eso significa fabricar y mantener el doble de células. La explicación que suele darse pasa por el sigilo y por la capacidad de penetrar defensas modernas, no por el volumen. Un bombardero de nueva generación ya no es un camión de bombas: es un nodo de datos.
Por qué el B-52 sigue volando y el B-1 se retira
Porque sale más barato. El B-52 se queda como plataforma de misiles de crucero: célula vieja, coste conocido, función simple. El B-1 y el B-2 se van, y con ellos una parte del personal que los mantenía. La pregunta que queda colgando es cuántas décadas más de servicio le esperan al B-52 mientras se pagan hasta 700 millones por unidad nueva.
El Xian H-20 chino y la carrera por el bombardero invisible
El programa chino se presentó antes y con menos parafernalia. Se le atribuye un diseño fusilado del concepto estadounidense con retoques propios, y hay quien ironiza con que los americanos se han dejado copiar desde dentro. La comparación directa entre ambos aparatos queda pendiente de datos: uno se anuncia con vídeo, el otro apenas con una foto publicada años atrás en prensa especializada.
Lo que cuesta cada hora de vuelo
Hablamos de entre
50.000 y 60.000 euros por hora. Con ese precio, elegir bien el blanco no es una virtud militar, es una obligación contable. La ironía clásica: soltar una bomba guiada sobre un objetivo cuyo valor material es una fracción del proyectil. La comparación con el derribo de un F-117 con un sistema antiaéreo antiguo sigue presente en cualquier conversación sobre sigilo: barato contra caro, y ganó el barato.
La presentación llega y el análisis se atasca justo ahí. Se sabe cuánto cuesta, se intuye para qué sirve y no hay ni un dato verificado sobre lo que realmente lo diferencia de un B-2 que voló por primera vez hace más de tres décadas. Es nuevo, sí. Y el cargador viene incluido.