No hay bando limpio: el relato de buenos y malos en Ucrania se agrieta
Quien busca un bando intachable en la guerra entre Rusia y Ucrania se queda con las manos vacías. La sospecha de que
no hay buenos ni malos, solo intereses que se reparten a costa de quien paga la factura, es la conclusión que más veces aparece entre quienes siguen el conflicto sin comerse el relato oficial. Y no es escepticismo de barra de bar: cada bando arrastra su propia hemeroteca.
El punto de partida lo resume una confesión sin adornos: hay quien admite abiertamente que
no tiene ni idea de quiénes son los buenos y hay quien sospecha que todo es
una farsa y un teatro. A partir de ahí, la conversación se abre en abanico y cada cual coloca el foco donde le duele.
¿Por qué nadie se pone de acuerdo sobre quién es el bueno?
Porque cada respuesta parte de una premisa distinta. Una corriente sostiene que
todos son malos, que el asunto es un reparto entre amiguetes y que el ciudadano solo aparece en la factura final. Otra considera que posicionarse ya es el error de base: pensar en buenos y malos es justo lo que pierde a quien lo hace. Y una tercera se limita a repetir la línea que emiten las cadenas, con ironía incluida sobre quién queda peor retratado.
En medio asoman las teorías del gran reseteo. Se habla de un NWO —un supuesto gobierno mundial en la sombra—, de reseteos económicos y hasta de una intervención extraterrestre que pondría orden en el patio. Conviene decirlo sin rodeos: nada de eso
está respaldado por pruebas. Circula como broma, como provocación o como acto de fe.
De la URSS a 2014: la cronología que cada bando cuenta a su manera
Aquí empieza el material serio. Un análisis muy repetido reconstruye la secuencia:
la URSS se arruinó y se desmanteló en 1990, y las repúblicas que se independizaron —Ucrania, los bálticos, Kazajistán— se llevaron por delante una parte enorme del territorio soviético. Se sostiene que muchos rusos lo perdieron todo de la noche a la mañana y que 30 años después el país se ha recuperado económica y militarmente. De ahí a querer recuperar influencia hay un paso corto.
La otra pata es 2014. Hay quien afirma que en Ucrania
hubo un golpe de estado después de que su presidente dijera no a entrar en la OTAN y en la UE, y que desde entonces se ha estado matando a separatistas prorrusos. En esa misma lectura se añade que la Alianza llevaba años expandiéndose hacia el este pese a haberlo dejado por escrito y que Ucrania es un Estado de costuras artificiales. Son afirmaciones que manejan quienes defienden esa versión.
Aparece incluso una pieza más antigua: en
1944 los americanos invadieron Francia y decían que eran los buenos. La idea que subyace es incómoda: la etiqueta de bueno no se gana, se impone.
¿Quién decide quién es el bueno? El que gana la guerra
Es el argumento más repetido y el más amargo:
el ganador escribe el relato. No existe un bando que, tras vencer, admita que era él el malo. Da igual el país. Si esa regla se aplica, la pregunta correcta no es quién tiene razón, sino quién tendrá capacidad de contarla cuando acabe.
El contrapunto llega desde el otro extremo: entre un matón y su víctima, está claro quién es el malo. Y ahí conviven dos sensibilidades opuestas, porque quien desconfía de las políticas occidentales de los últimos años tampoco traga con la tiranía del otro lado. Ese doble desprecio es el retrato más honesto de lo que se cuece.
¿Quién financia la función?
Una respuesta recurrente a la pregunta inicial es que los bandos son decorado y que lo que importa es
quién paga la obra. Se apunta a intereses particulares moviéndose por detrás del escenario y a una conclusión descreída: en el reparto de Europa cada pieza actúa por su cuenta. España, en esa lectura, no sería la excepción.
El problema de fondo: nadie quiere quedarse sin bando
Hay un diagnóstico que va más allá de Ucrania:
estamos tan polarizados que en cada asunto nuevo hay que posicionarse a toda velocidad para tener sitio en la discusión. Da igual que uno reconozca que no domina la geopolítica. Quien no elige bando, estorba.
De ahí salen los desahogos. La pregunta sobre qué hacer cuando los tanques rusos crucen los Pirineos se responde con un
encender la televisión o con hacer de anfitrión. Es humor negro, sí. También es el reconocimiento de una impotencia que nadie sabe dónde colocar.