Trabajar sin ganas de vivir: el malestar que recorre España
Un hombre sin diagnóstico claro, medicado con antipsicóticos y pastillas para dormir, escribe que no tiene ganas de continuar. «Todo se resume en trabajar y ser productivo», dice. No es un caso aislado. En una economía que mide el valor de cada persona por su productividad, el agotamiento vital se está convirtiendo en un fenómeno silencioso que ni las pastillas ni el ocio de pantalla logran tapar.
El malestar no entiende de nóminas
El relato dominante dice que la falta de ganas se cura con esfuerzo o con una buena cuenta corriente. Los datos del caso lo desmienten. Un participante cuenta que tiene dos empresas que facturan cerca de un millón de euros al año, una pareja estable y un hijo, y aun así duerme catorce horas diarias y arrastra tristeza e inapetencia. «Me siento mal desde que tengo uso de razón», escribe. La depresión endógena no distingue entre ricos y pobres, entre triunfadores y mantenidos.
La respuesta más repetida en el intercambio es la de quien señala que el problema no es la falta de logros, sino la falta de sentido. «Sin Él nada tiene sentido», escribe alguien que dice haber ganado lo que quería en su profesión y haber sentido un gran vacío. La dimensión espiritual aparece como refugio para algunos, aunque el autor del mensaje inicial responde que ha rezado y ha ido a misa sin conseguir «tener relación con Dios».
La pastilla como sospechoso habitual
El tratamiento farmacológico es uno de los puntos más discutidos. El autor inicial toma antipsicóticos y pastillas para dormir sin tener un diagnóstico cerrado. Varios participantes advierten de los efectos secundarios y de que la medicación puede estar agravando la apatía. «Las pastillas del psiquiatra son el principal motivo de suicidio», llega a afirmar una voz del intercambio. La afirmación no está respaldada por ninguna prueba en el material, pero refleja una desconfianza extendida hacia la psiquiatría farmacológica.
Otro participante apunta que los antipsicóticos se están recetando en terapias de «aumentación» para trastornos que no son esquizofrenia, y que los efectos secundarios son «bastante graves». La discusión deriva hacia la falta de un diagnóstico claro y hacia la sensación de que se medican síntomas sin atacar la causa.
El trabajo como única respuesta y como condena
La propuesta más repetida para salir del pozo es el trabajo. No como realización, sino como anestesia. «Hazte taxista o conductor de Uber», aconseja un participante. «Trabajarás un porrón de horas y la tensión del tráfico no te dejará pensar en otras cosas». El plan incluye comprar tres pisos en veinte años, alquilarlos e irse a vivir a Tailandia con tres mil euros mensuales. Es una versión contemporánea del premio de la lotería: aguantar para escapar.
Otra voz propone menear la pala y la azada en una huerta. «Ya me gustaría no vivir en una colmena y poder hacerlo a diario», añade. El contacto con la tierra, el ejercicio físico y la desconexión de la ciudad aparecen como antídotos frente a la vida de oficina y pantalla.
Hay quien sostiene que el problema es de represión emocional. «Una persona que reprima sus emociones, que se acobarde, que sea incapaz de plantar cara y decir que no, tiene un 100% de posibilidades de caer en una depresión», escribe un participante. La tesis conecta el malestar individual con un entorno que premia la sumisión y castiga el conflicto.
La soledad y el mercado afectivo
La falta de relaciones personales recorre buena parte del intercambio. «Soltero, sin hijos, cero relaciones desde hace años y probablemente no vuelva a disfrutar ni de una milésima de cariño de nadie hasta que me muera», escribe alguien que se define como estudioso, honrado y trabajador. La queja no es solo sexual: es afectiva. La sensación de ser invisible en el mercado de las relaciones se suma al vacío laboral.
Otro participante lo resume con crudeza: «Cuando el finde se te hace largo es que estás muertísimo». La vida social se convierte en un indicador de salud mental más fiable que cualquier analítica.
La salida colectiva y la salida individual
Frente al discurso del esfuerzo individual, aparecen propuestas de acción compartida. Un participante invita a hacer el Camino de Santiago en grupo: «Cada uno del grupo es de su padre y de su madre, pocos nos conocemos, así que nadie se siente fuera de lugar». La idea de una comunidad temporal, sin etiquetas ni historial, funciona como contrapeso a la soledad.
La dimensión política también asoma. «Parece que hemos nacido para trabajar y cotizar, y parece, además, que no se puede contra argumentar tal cosa», escribe el autor inicial. La respuesta institucional, según otra voz, pasaría por subsidios, reducción de población y control de nacimientos. El pesimismo demográfico se mezcla con la crítica al modelo productivo.
El dato que descoloca
Lo más llamativo del intercambio no es la tristeza, sino su convivencia con el éxito material. Un participante con dos empresas, pareja e hijo describe su día a día como una lucha contra la inapetencia y el sueño. Si alguien con un millón de facturación anual se siente así, la ecuación que ata bienestar a renta se rompe. Y nadie en la conversación tiene una respuesta que cuadre.