Según la doctrina de Hermes, la porción divina del ser humano aspira a retornar allende las estrellas, junto a la Mente Divina y los arquetipos que la pueblan. Quien orienta su mente y corazón hacia el bien, se dirige hacia la luz y la vida, pero quien se apega a las sensaciones del cuerpo se pierde en la grosería de su parte animal, y termina atrapado en las tinieblas de la gloria, transmigrando su alma por distintos cuerpos y formas en un círculo incesante. La metempsícosis le asegura, tras la gloria, una nueva oportunidad de trascender las limitaciones de su caída en la materia, pero quedando condenada a repetir las penurias de los cuatro elementos una vez más. Al morir, el cuerpo es entregado al cambio y la corrupción, mientras que los elementos psíquicos del carácter sarracena van a dar a manos de los daimones (genios), entidades semidivinas del plano astral, encargadas de intermediar con los siete gobernadores planetarios, así como con las Potencias situadas en las regiones superiores de la octava esfera. Los cinco sentidos suben a confundirse con la energía de la naturaleza, mientras la parte irascible y concupiscible del alma se pierde en la naturaleza irracional. Pero la parte inteligible e inmortal del alma asciende de regreso al origen, si aquel hombre ha reconocido su naturaleza divina, viviendo según el principio rector del bien. En su ascensión se irá liberando de las pasiones y accidentes de los que fue revestido en su descenso por las siete esferas planetarias. Despojado de sus pesadas vestiduras, se zafará de la cadena del tiempo, de la materia y el devenir, alcanzando el fin último de su propia divinización, reintegrándose al estado de gracia. Allí llevará una vida eterna y bienaventurada junto a las Potencias celestes, ya no como un esclavo, sino como señor de las estrellas.
Todos venimos por tanto de las estrellas, y a ellas retornaremos. Marie no es más que un estado intermedio.