Tres muertes en el Moncayo reabren el pulso sobre quién paga el rescate en montaña
Tres hombres de entre 60 y 70 años fallecieron en el Moncayo en una sola jornada. El dato, seco, abre la enésima discusión sobre el uso recreativo de la montaña: cada semana, según el relato que circula, hay que rescatar a excursionistas que suben con condiciones adversas, sin equipo o sin conocer el terreno. La cifra que más incomoda no es la de fallecidos, sino la de rescatados que salen vivos y con la factura pagada por otro.
La conversación se parte en dos aguas. Una sostiene que el riesgo asumido por deporte no debería socializarse: si hay federación, que cubra el seguro; si no, que el recargo salga del bolsillo del rescatado. Otra responde que cualquiera que haya pisado media montaña sabe que
siempre hay un factor suerte que pilla en bragas hasta al más curtido, y que convertir el accidente en factura es confundir responsabilidad con crueldad.
La montaña como escaparate: del invernal al selfi
El diagnóstico más repetido apunta a un cambio de perfil. Antes subían
cuatro gatos a hacer invernales, gente preparada y friki de la montaña. Ahora, se argumenta, hay plaga: redes sociales que empujan a exhibir una imagen aventurera, tardoadolescentes persiguiendo puestas de sol en furgoneta y una generación que se calza los crampones básicos de gran superficie sin saber usarlos. La cámara del móvil, en este relato, es el verdadero equipo de seguridad del nuevo montañero.
El matiz llega desde otro flanco: ir con ropa limpia no te hace mejor. Hay quien camina con el equipo recién comprado y lo lava tras cada salida, y lo reivindica sin complejos.
Llevar las botas llenas de barro no te da más prioridad, resume una intervención que da la vuelta al desprecio por lo nuevo.
¿Quién paga el rescate cuando el riesgo es voluntario?
El argumento económico es el que más filo tiene. Si el accidentado está federado, lo cubre el seguro; si no, se le aplica un recargo que sale de su bolsillo. La tesis de fondo: no hay rescates de colectivos vulnerables, sino de adultos que eligieron el riesgo. La comparación que se lanza es explícita: los mismos que se quejan del rescate en montaña no dicen nada de los ciclistas que se dejan la vida en la carretera o acaban en silla de ruedas.
El contrapunto es que el número de inexpertos que muere no es tan alto como sugiere el relato, y que la montaña no distingue currículums. Cualquiera que haya hecho media montaña admite que la suerte es una variable no presupuestada.
Un descuido o un simple tropiezo puede hacerte volar cientos de metros, incluso con formación y años de experiencia.
Del follamontañas al follabicis: la misma guerra cultural
La discusión deriva pronto hacia un inventario de colectivos a los que culpar. El prefijo despectivo se aplica a ciclistas, motoristas, patinetes eléctricos y conductores de coche deportivo. La queja contra los ciclistas ocupa buena parte del intercambio: se sostiene que las carreteras se construyeron para pasajeros y mercancías, que las bicicletas son incompatibles con el tráfico a motor y que el porcentaje de quienes pedalean para ir a trabajar es estadísticamente despreciable. La respuesta no se hace esperar: muchas de esas vías fueron caminos de carretas y peatones, y la ciudad colapsada en temporada alta lo está por los coches de turistas, no por las bicis.
El intercambio se encona cuando alguien defiende que los países con miles de kilómetros de vías ciclistas no son precisamente gobiernos de izquierda. La réplica es que Holanda funciona así porque la bici es más rápida que el coche en trayectos cortos y porque sus habitantes son agarrados, no por ideología.
El remate gastronómico: setas, espárragos y tintorro
En medio del rifirrafe, la conversación se descuelga hacia lo que de verdad importa a media docena de intervinientes: la tortilla. Un participante presume de no salir al monte sin volver con un cestón de setas o espárragos, porque
salir por salir es de parguelas. Otro propone el revuelto de ajetes, setas, gambas y jamón, y sentencia que antes elegiría ese plato con un vaso de tintorro que ponerle un piso a según quién. La montaña, al final, también se defiende desde la cocina.
El fondo del asunto: ¿deporte o selección natural?
La corriente más dura lo despacha con darwinismo de barra: menos pensiones que pagar, que se jodan, que la montaña esté más a mano. Otra lo reduce a un problema de saturación: rutas de senderismo por todas partes, equipos baratos que nadie sabe usar y una imagen de aventura que se compra en tienda. Y una tercera, la más incómoda, admite que el rescate es caro pero que la alternativa —dejar morir a quien se equivoca— dice más de quien la propone que de quien se pierde en la niebla.
Con tres fallecidos de entre 60 y 70 años sobre la mesa, la pregunta no es si la montaña mata. Es cuánto estamos dispuestos a pagar para que no lo haga, y a quién le pasamos la cuenta.