¿Puede un candidato que muchos no sabían ni quién era protagonizar la entrevista más comentada de la semana y dejar sin argumentos al periodista que le interroga? Esa es la escena que circula sobre Alvise Pérez. El vídeo de su cara a cara con un periodista de El País superaba
las 100.000 visualizaciones en apenas tres horas, un ritmo que explica por qué se discute ahora sobre un nombre que hasta hace poco sonaba solo en canales de Telegram.
¿Quién es Alvise Pérez y de dónde viene?
No es un recién llegado. Alvise Pérez lleva tiempo publicando denuncias de corrupción en su canal de Telegram, con el
caso Koldo entre los episodios más citados por quienes siguen de cerca su actividad. Ese historial es el argumento central de los que rechazan tratarlo como un advenedizo: no salió de la nada, salió de meses de publicar papeles incómodos.
La paradoja está en que buena parte de quienes ahora lo reivindican no le habían votado nunca. «Yo no le voté en las europeas porque no lo conocía, pero en las próximas elecciones tiene mi voto», resume el giro de muchos. El desconocimiento, más que el rechazo, era el obstáculo de salida. El tiempo dirá dónde lleva todo esto, admite incluso quien se confiesa gratamente sorprendido.
La entrevista con El País que se hizo viral
El punto de inflexión es la entrevista. Según varias de las valoraciones que circulan, el periodista queda retratado desde el
minuto 1:10, cuando el entrevistado le da la vuelta al guion. La crítica no apunta tanto al contenido como a la forma: interrupciones constantes, preguntas capciosas y un tono que muchos describen como más propio de un comisario político que de un periodista.
Hay quien va más lejos y habla de una humillación sin precedentes hacia el entrevistador. En contra pesa un argumento razonable: para demostrar que la entrevista era floja no hacía falta hora y media. El espectáculo convence a los convencidos y deja frío a quien pedía sustancia, pero nadie discute el efecto: la pieza se convirtió en el mejor escaparate posible para un perfil que vivía fuera del foco.
El desgaste que PP y Vox miran de reojo
La lectura política es la más repetida. Se sostiene que a los liderazgos de Vox y del PP
les ha entrado el miedo ante un rival que puede morderles el mismo electorado. No es una tesis descabellada: cada escaño que arranque a la derecha complica cualquier mayoría absoluta.
La comparación que más duele es otra. Se recuerda que Ciudadanos y UPyD también nacieron como alternativa y acabaron absorbidos o diluidos. El temor, expresado sin rodeos, es que Alvise Pérez engrose una lista de proyectos que el sistema termina fagocitando. Y enfrente aparece el argumento contrario: que precisamente por eso conviene dejarle hacer, sin enterrar antes de tiempo a quien acaba de llegar.
El doble filo de su discurso
No todo son aplausos. Una parte del público más soberanista lo sigue con reparos. Le atrae su discurso contra la subordinación a Estados Unidos e Israel, pero le chirrían sus salidas liberales y su manera de hablar de las razas. La etiqueta que le cuelgan algunos es la de «Milei español», un ultraliberal que desmonta lo que queda sin tocar el fondo del sistema.
Ahí está la grieta. Unos ven a un azote de la corrupción sin etiqueta; otros, a un producto bien colocado que agrada por igual al descontento y a ciertos intereses. Que el mismo personaje entusiasme a votantes de orígenes opuestos es, según esta lectura, más sospecha que mérito.
La sombra de Pablo Iglesias
El precedente sobrevuela cada conversación.
Pablo Iglesias obtuvo 5.189.463 votos en sus primeras generales y hoy su proyecto está extinguido. Ese recuerdo se usa como advertencia: el entusiasmo de una cita electoral no garantiza nada. Quien le votó entonces, dicen, descubrió después que no sirvió de nada.
La respuesta de los defensores es rápida: Iglesias era un desconocido sin bagaje, mientras que Alvise Pérez llega con una mochila de denuncias documentadas y un método —soltar la información por goteo— que ya le ha funcionado. Que luego resulte un bluff es posible, admiten, pero de momento juega con ventaja.
La operación de las tertulias
Sobre el tablero hay otra pieza. En antena se ha comentado que colaboradores del presidente del Gobierno buscan colocarlo en tertulias de alta audiencia. Una columnista lo dejó por escrito en
La Razón. La jugada tiene doble filo: normaliza al personaje o lo sobreexpone hasta quemarlo.
También circula la idea, sin confirmación, de contactos con servicios de inteligencia. Conviene tratarla como lo que es: una sospecha sin pruebas, más propia del entusiasmo que del dato.
Con estos mimbres, quien era un desconocido tiene ahora la palabra. Lo demás es comprobar si la letra acompaña a la música.