La aritmética del voto cautivo: el bloque que nunca se mueve
¿De quién es la culpa de que el mapa electoral se dibuje igual convocatoria tras convocatoria? La respuesta que circula es incómoda y no señala a ninguna élite secreta: señala a la mayoría. A un bloque tan amplio y tan previsible que permite anticipar el resultado antes de abrir las urnas. La proporción que se repite es contundente: por cada votante que busca el cambio habría unos
quince de edad avanzada dispuestos a sostener el statu quo. No es una consigna. Es aritmética de cabezas.
Si el diagnóstico se sostiene, el problema no es de oferta política sino de demografía electoral. Y ahí cualquier estrategia de cambio choca contra un muro de papeletas que, además, se renueva solo.
Por qué el bloque mayoritario vota siempre lo mismo
El núcleo duro no se define por la edad, se define por la nómina. Pensionistas con prestaciones que rondan o superan los
2.000 euros al mes, empleados públicos con plaza fija y un ejército de personas cuya renta depende del presupuesto. Para todos ellos el sistema no es el enemigo: es el pagador. Y quien paga, manda.
Sobre ese suelo se asienta el resto. Hay quien sostiene que la división entre los dos grandes partidos es cosmética, que ambos sirven a los mismos intereses y que la alternancia no altera nada de fondo. Bajo esa lógica, el voto no se elige: se hereda o se arrastra. La consecuencia es que la mayoría no necesita argumentos nuevos, solo necesita seguir siendo mayoría. La
memocracia, como la bautizan sus críticos, se sostiene sola.
El pensionista que cobra la máxima y no quiere ruido
El retrato más repetido es doméstico y no tiene nada de abstracto. Un jubilado con pensión máxima que además logró prejubilarse antes de los 65, votante del Partido Popular y antes del PSOE, sentencia en una comida familiar que a él le da igual todo mientras le paguen la pensión a fin de mes. Y hace el gesto de recoger dinero por detrás de la espalda.
En esa mesa había cuatro pensionistas más. Solo uno replicó que en la conversación también había gente joven. Ese silencio, más que cualquier discurso, explica por qué el bloque aguanta: no necesita defender el sistema, le basta con cobrarlo.
La vivienda: el activo que nadie baja de precio
El segundo gran agravio tiene dirección: el parque inmobiliario. La queja recurrente es que existen pisos vacíos durante quince años con el precio inflado y que no se rebaja ni un euro, porque a su propietario le basta con la pensión y no necesita vender. El inmueble se convierte así en una transferencia de riqueza entre generaciones: uno espera, el otro paga.
Por eso muchos miran los casos de ocupación con lupa. No siempre es una víctima la que denuncia: a veces el piso llevaba años cerrado a cal y canto. El relato oficial lo llama problema de seguridad; aquí se lee como
karma del rentista. Dos marcos incompatibles para el mismo edificio.
El relevo ya está en marcha: 13 millones de futuros pensionistas
Quien espere que el bloque se agote por simple mortalidad se equivoca de fecha. Entre los 50 y los 60 años hay unos
13 millones de personas que en poco tiempo pasarán a cobrar pensión. El reemplazo no solo está garantizado: viene con el mismo sesgo de interés por la nómina pública.
La duda, y no es menor, es con qué se pagarán esas pensiones. En la conversación se repite la sospecha de que se abonarán con billetes de Monopoly, es decir, con deuda y con la esperanza de que otro las financie. Nadie con poder ha dado una respuesta que cierre esa pregunta.
¿Sirve de algo señalar culpables?
Aquí el pesimismo se vuelve casi unánime. Señalar a la mayoría no cambia el resultado, solo desahoga. Un
94% de la población con dos dosis de vacuna sin obligatoriedad legal se usa como prueba de manual: si esa masa traga con lo que se le pide sin rechistar, con las papeletas pasa lo mismo. El descontento organizado no mueve un voto de cada quince.
Hay quien añade un matiz incómodo: creer que el adversario es omnisciente y todopoderoso es regalarle la partida. La única rendija es comprobar que no lo es. Poca cosa, pero algo. Y una advertencia final: quien pierde el tiempo esperando que lleguen los suyos a arreglarlo, probablemente llegue tarde.
Con esta aritmética, cambiar el mapa debería ser cuestión de esperar a que la demografía haga su trabajo. Solo hay un problema: los que esperan también votan.