El sorteo de Navidad y el pulso sobre quién canta los premios
Cada 22 de diciembre, el mismo ritual. Un colegio público del centro de Madrid, el San Ildefonso, pone voz a los números y los niños que aparecen en pantalla se convierten, durante unas horas, en termómetro de una discusión que no va de lotería. En esta ocasión, la composición del grupo de alumnos ha vuelto a encender el mismo fuego: hay quien ve una selección representativa de la España real y quien sostiene que la proporción de menores de origen migrante está inflada a propósito para normalizar una imagen que no se corresponde con el país.
El asunto no es nuevo. Lleva repitiéndose, con mayor o menor intensidad, desde hace años, y cada edición reabre la misma grieta con nuevos argumentos. Lo que cambia no es el fondo, sino el volumen.
Qué es el colegio San Ildefonso y por qué está en el centro del debate
El San Ildefonso es un centro público madrileño con más de dos siglos de historia, situado en el casco antiguo de la capital. Su vinculación con el sorteo de Navidad es antigua y forma parte del imaginario colectivo español: los niños cantan los números y los premios, y su imagen se emite en directo para todo el país. Esa exposición convierte cualquier cambio en su alumnado en material sensible.
La discusión de este año ha seguido el guion habitual. Una parte de los mensajes ha puesto el foco en el origen de los menores, con afirmaciones sobre una supuesta sobrerrepresentación de niños no nacidos en España o hijos de migrantes. Otra parte ha respondido que el colegio refleja la demografía real de su entorno y que atacar a menores por su aspecto es, como mínimo, mezquino.
Las dos corrientes que se enfrentan cada diciembre
La primera corriente sostiene que existe una intención deliberada de mostrar una España que no existe. Se apoya en la comparación con ediciones anteriores y en la idea de que los medios y las instituciones aplican cuotas de representación. Algunos mensajes van más allá y hablan de un proceso de sustitución demográfica, un marco que circula desde hace años en determinados círculos y que no cuenta con respaldo estadístico.
La segunda corriente, menos numerosa en el tono pero presente, señala que burlarse de unos niños por su origen o su físico es lo más bajo que se puede hacer en una discusión pública. Varios mensajes recuerdan que los menores no eligen ni el colegio ni la retransmisión, y que el enfado debería dirigirse a quien decide, no a quien canta.
Hay un tercer grupo, minoritario, que intenta separar el fenómeno del agravio: si el sorteo es un reflejo de la sociedad, la discusión sobre su composición es legítima; si es un espectáculo, atacar a los niños es gratuito.
El contexto demográfico que sobrevuela la polémica
El trasfondo de todo esto es un cambio demográfico real y documentado en España: el aumento de población de origen migrante en las últimas décadas, especialmente en grandes ciudades como Madrid. Ese cambio se refleja en las aulas, y el San Ildefonso no es una excepción. La discusión, por tanto, no es si ese cambio existe, sino si el sorteo lo exagera, lo oculta o simplemente lo muestra.
Los datos disponibles apuntan a que la proporción de alumnos de origen extranjero en colegios públicos del centro de Madrid es superior a la media nacional. Eso no implica ninguna manipulación, pero tampoco permite cerrar el debate con un «es lo que hay».
El sorteo como espejo y como arma política
El sorteo de Navidad es, por tradición, un acto apolítico. Pero su enorme audiencia lo convierte en un escaparate irresistible para proyectar mensajes. Cada año, alguien intenta leer en la composición de los niños una declaración de intenciones del Gobierno de turno, de la Comunidad de Madrid o de los medios que lo retransmiten.
Esa lectura es, en el mejor de los casos, una simplificación. En el peor, una excusa para descargar prejuicios sobre menores que solo están cantando números. La discusión sobre la representación en el espacio público es legítima; usarla para señalar a niños, no.
Lo que se juega el colegio y lo que se juega el país
El San Ildefonso lleva décadas prestando un servicio que ya forma parte de la identidad navideña española. Sus alumnos cambian, como cambia el barrio, como cambia el país. La pregunta de fondo no es quién canta, sino por qué cada diciembre una parte de la conversación pública se dedica a discutir la cara de unos niños.
Mientras tanto, el sorteo reparte millones y la polémica se apaga hasta el año que viene. Queda la sensación de que el verdadero premio, el de una discusión serena sobre demografía y convivencia, sigue sin tocarnos.