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Un joven comparece ante las cámaras con una tajada del doce, contesta con muchísima educación y admite que no tiene ni idea de por qué está allí. El vídeo circula en X sin burla, con afecto, y eso es justo lo que lo hace tan eficaz contra el relato de la protesta.
El chaval comparece ante las cámaras con una tajada del doce. Contesta con muchísima educación y admite, sin rodeos, que no tiene ni idea de por qué está allí. Ni discurso, ni consigna, ni motivo.
El vídeo circula en X con un tono de afecto y solidaridad, no de burla. Y precisamente por eso funciona tan bien: la escena no necesita exageración alguna para resultar demoledora.
La atención pública es un recurso escaso y caprichoso. Un clip breve se cuela en miles de conversaciones y desplaza a los datos, a los documentos y a los portavoces que costaron meses de trabajo.
Ese desplazamiento tiene precio. Si la cara más recordada de una protesta es la de alguien que no sabe qué defiende, cada reivindicación posterior arrastra ese mismo marco. Y el daño no se arregla con un comunicado.
Una causa no se sostiene solo con pancartas. Necesita portavoces reconocibles, mensajes que se repitan y algo de control sobre el ruido que genera.
Un entrevistado elegido a dedo pesa más que cien carteles bien impresos. Suena injusto, y lo es. Pero la economía de la atención funciona así desde bastante antes de que existiera internet.
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