El sesgo del profesorado que mide un informe con 1.717 futuros docentes
En la corrección de una redacción, los futuros maestros ayudarían más a los alumnos de origen migrante que a los autóctonos. En su pronóstico sobre lo que serán de mayores, confían menos en ellos. Esa contradicción —más ayuda hoy, menos expectativas mañana— es el hallazgo que un estudio publicado por la Comisión Europea atribuye al profesorado, y el detonante de una discusión donde la pedagogía ha acabado mezclada con el currículum del director del medio que lo publicó.
Qué mide el estudio y por qué la muestra importa
El informe —titulado «Sesgo del profesor en las evaluaciones según el estatus atribuido al alumno: un experimento factorial sobre discriminación y reproducción cultural»— se apoya en una encuesta a
1.717 estudiantes de magisterio de 20 universidades españolas, 15 públicas y cinco privadas. A cada participante se le entregaba la redacción de un alumno imaginario y se le pedía valorar ortografía y gramática, además de anticipar el futuro académico de ese estudiante.
Los autores escogieron a estudiantes que aún no ejercen para que el resultado fuese lo más conservador posible: sin años de aula a la espalda, no han absorbido todavía los prejuicios de los veteranos. La muestra es una de las mayores reunidas para medir experimentalmente el sesgo docente, y la conclusión no admite matices: el apellido, el oficio de los padres y el capital cultural que asoma en un texto cambian la nota.
La paradoja: ayudan más al migrante y esperan menos de él
A corto plazo, los futuros profesores tenderían a ayudar más a los hijos de migrantes —el estudio analiza solo hijos de marroquíes nacidos en España—, a las niñas y a quienes exhiben un capital cultural más alto. Una de las autoras, Irene Pañeda-Fernández, describe el mecanismo: se sospecha que esos alumnos no hablan español en casa, así que se les compensa en el aula.
A largo plazo, la flecha gira. Ser hijo de migrante o venir de clase baja hace que el docente ponga menos esperanza en ese alumno, y esa expectativa condiciona el trato, la implicación con la familia y, en último término, el rendimiento. El informe lo llama reproducción cultural; en la jerga del aula se conoce como efecto Pigmalión.
Monet puntúa más que un reality de televisión
Ahí está el dato incómodo. Si en la redacción el alumno menciona un cuadro de Monet, saca mejor nota que si menciona un programa de telerrealidad. «Esto es preocupante si tenemos en cuenta que solo se les pidió que valoraran la ortografía y la gramática», señala la investigadora. Los evaluadores confundirían el capital cultural con la calidad objetiva de la prueba, y el mal comportamiento penaliza igual aunque no forme parte de lo escrito: un alumno percibido como conflictivo arrastra nota más baja en un ejercicio del que solo se juzgaba la forma.
¿Es racista pensar que el hijo de un marroquí tendrá peores resultados?
Es la pregunta que la propia investigación se hace sin cerrarla del todo. «Es difícil afirmarlo, pero sí vemos un prejuicio. A nivel social se asocia ese origen con el hecho de perderse por el camino y es muy negativo», admite Pañeda-Fernández. En España un cuarto de los menores son ya descendientes de migrantes, según el Observatorio Demográfico del CEU, y el
32% de los bebés nacidos en 2021 tenían un padre o una madre extranjeros.
Aquí se abre la grieta. Una corriente sostiene que las diferencias de nota responden a causas nada sospechosas —el idioma que se habla en casa, las clases de refuerzo que unos padres pueden pagar y otros no, el nivel educativo de la familia— y que cargarlo todo sobre el sesgo es una forma de no mirar de frente el problema. La réplica es que el experimento desmonta justamente eso: los evaluadores no veían a los alumnos, solo un texto, y aun así la nota cambiaba.
El ataque al mensajero y la defensa del aula
Buena parte del ruido no fue contra el informe, sino contra quien lo llevó a portada. Al director del medio que publicó el artículo se le reprocha haber llegado a dirigir un periódico sin haber terminado la carrera de periodismo, con el argumento de que su trayectoria se explica más por el apellido que por el mérito. La crítica tiene su retranca: se acusa de clasista a quien se señala como ejemplo del clasismo que denuncia.
Al otro lado está el sector docente, que sale a defenderse con escenas de aula. Profesores en ejercicio aseguran que
las notas las sacan los alumnos, no ellos, y describen centros al límite donde el problema no es el sesgo sino el conflicto. Aparece también la sospecha inversa —que históricamente se han inflado notas a determinadas alumnas para que entraran en la carrera que pretendían— y una queja repetida: la norma que permite adaptar el currículum a las capacidades del alumno hasta recortarlo deja la puerta abierta al aprobado regalado.
El género que no sale en los titulares
Sobre las chicas, el estudio apunta a un favoritismo que aún no responde a la brecha laboral —los evaluados serán maestros de Primaria— y recuerda que ellas obtienen mejores resultados académicos que ellos. Ahí salta la asimetría que muchos subrayan: cuando el diferencial favorece a las alumnas se habla de mérito; cuando perjudica a los chicos, de nada. La propia investigación admite que las primeras opresiones de género no se traducen todavía en diferencias de nota en esa etapa.
Y una propuesta que sobrevuela la conversación, sencilla y barata: corregir exámenes sin nombre. Difícil de discutir, casi imposible de aplicar sin romper otras cosas.
De la nota al destino social
El informe se lee a la luz de un diagnóstico más amplio: la
educación como ascensor social roto, con vidas marcadas por el código postal desde la cuna. El sesgo hacia las bajas expectativas, según los autores, lo inducen creencias populares, datos de fracaso escolar que no tienen por qué perpetuarse y estereotipos sin más. Hay quien recuerda que en Estados Unidos se ha respondido con cuotas y acción afirmativa, una vía que se percibe como un traslado del problema de la corrección al acceso.
Con 1.717 futuros maestros, 20 universidades y un experimento controlado, el sesgo queda medido. Lo que no queda medido es cuánto de esa diferencia de notas explica el prejuicio y cuánto explica que unos padres puedan pagar refuerzo y otros no. ¿Aguanta la escuela esa pregunta sin romperse por dentro?