Escolar culpa a la «visión errónea» de las familias del frenazo al consumo
El director de
elDiario.es, Ignacio Escolar, sostiene en un tuit que las familias españolas están frenando el consumo por una percepción equivocada de la situación económica, no porque su dinero cunda menos. La afirmación, difundida con el enlace a un artículo, ha caído como una bomba entre quienes llevan meses cuadrando la cesta de la compra. La respuesta más repetida no es ideológica: es aritmética. Si el sueldo no sube al ritmo de los precios, no hay relato que lo arregle.
El planteamiento de Escolar invierte el orden causal habitual. No es que la economía vaya mal y por eso la gente se aprieta el cinturón; es que la gente cree que va mal y por eso no gasta. Una tesis que, trasladada al bolsillo, suena a que el problema no es el precio de la alimentación, la hipoteca o la gasolina, sino la forma de mirarlos. La discusión derivada tiene un fondo serio: ¿hasta qué punto la confianza del consumidor mueve el consumo, y hasta qué punto lo mueve la nómina?
El IPC acumulado que nadie publica
El argumento más repetido en contra de la tesis de Escolar es un cálculo sencillo: el IPC acumulado desde 2020. Un dato que se lanza en la conversación es que lo que costaba 1,05 euros ahora cuesta 1,25. Traducido a salario, quien cobra 2.000 euros compra hoy lo que en 2020 compraba con 1.680. Es decir, una pérdida de
poder adquisitivo de 320 euros al mes que nadie ha comunicado como recorte, pero que opera como tal.
La lista de precios que se maneja en el intercambio es contundente: la comida habría subido de media un 100%, la gasolina un 40%, la vivienda un 30% y los impuestos un 25%, mientras el sueldo lo habría hecho un 2%. Son cifras que circulan en el debate y que cada lector puede contrastar con su extracto bancario. La conclusión que se impone es que la «visión errónea» coincide sospechosamente con la cuenta corriente.
¿Por qué la gente no consume si el PIB crece?
La paradoja que subyace al asunto es la brecha entre los datos macro y la experiencia micro. España crece, el turismo tira y el empleo resiste, pero el consumo de los hogares se enfría. La explicación oficial apunta a la incertidumbre; la explicación de la calle apunta al precio de la cesta de la compra. Y hay un tercer factor que se cuela en la conversación: la devaluación interna practicada desde 2012, que habría empobrecido a los trabajadores para ganar competitividad.
El resultado de esa estrategia se ve en el envejecimiento del parque automovilístico, que en una década ha ganado tres años de antigüedad media. Un indicador que dice más de la economía real que cualquier previsión de crecimiento. Cuando la locomotora del turismo pinche, avisan, se verá la foto completa.
El consumo de marisco sí crece: las subvenciones a sindicatos
Frente al relato del consumo familiar deprimido, aparece el contraste del gasto público. Se señala que el Gobierno ha duplicado sus subvenciones a los sindicatos, hasta casi igualar en un año lo que el ejecutivo anterior repartió en cuatro. Una partida que no pasa por la cesta de la compra de nadie, pero que engorda el consumo institucional.
La ironía que recorre esta parte del análisis es que el dinero de las administraciones no sale por alquimia. Alguien lo paga. Y ese alguien es el mismo contribuyente al que se le dice que su problema es de percepción. El gasto público subvencionado sostiene una parte del consumo que las familias no pueden sostener.
Dos Españas económicas: la del funcionario y la del mileurista
En el análisis de la brecha social aparece una división que no es exactamente la de ricos y pobres. Por un lado, empleos cualificados y funcionarios con sueldos que suben por encima de la media; por otro, la mayoría de trabajos de baja productividad, con salarios anclados al convenio o al SMI. La subida del salario medio, se argumenta, se explica en buena parte por el tirón del empleo público, no por una mejora generalizada.
El dumping laboral que ejercen sectores intensivos en mano de obra precaria agrava la foto. Mientras unos ven terrazas llenas y compras navideñas, otros ven habitaciones compartidas y sueldos que no llegan a fin de mes. La conclusión que se repite es incómoda: el consumo agregado resiste porque una parte de la población aún vive bien. La pregunta es cuánto durará.
El periodismo subvencionado y el relato oficial
La crítica no se queda en la tesis económica. Apunta también al mensajero. Se sostiene que los medios que reciben publicidad institucional y subvenciones tienen un incentivo estructural para alinearse con el relato del Gobierno de turno, y que eso vale tanto para la izquierda como para la derecha. La diferencia, se dice, es que unos lo hacen sin complejos y otros con más pudor.
La función fiscalizadora de la prensa queda en entredicho cuando el medio depende del poder que debe vigilar. Y en ese contexto, un tuit que culpa al consumidor de su propia parálisis no se lee como análisis, sino como parte del problema. La pregunta que queda flotando es si el consumo se recuperará cuando la gente vea la realidad con las gafas correctas, o cuando le llegue para llenar la nevera.