Nacer en un pueblo sin apellidos: la losa del capital social heredado
Ser forastero en una villa de 20.000 habitantes tiene un precio. Quien llega sin tierras, sin primos en el ayuntamiento ni el club de caza, descubre que el mercado laboral local funciona con lógica de clanes. Un testimonio reciente lo describe sin ambages: el 70% de la población procede del entorno rural circundante, con fincas, tractores y contactos heredados. Para el recién llegado, ni el dinero basta para entrar en ese circuito cerrado.
No es folclore: es capital social en estado puro. Las redes de parentesco y propiedad actúan como barrera de entrada. Quien no las tiene compite en desventaja, tanto para un empleo como para el acceso a vivienda o crédito informal. El problema no es la villa, sino la ausencia de un tejido meritocrático que sustituya al apellido.
Algunos diagnósticos apuntan a la planificación urbanística como raíz del mal. Se critica el crecimiento caótico de las ciudades españolas desde 1978, con coronas de barrios inconexos que perpetúan la segregación social. La fusión forzada de municipios se ha propuesto como remedio radical.
Pero el dato que descoloca es otro: quienes nacen dentro del círculo no lo perciben. El capital heredado es invisible para quien lo posee. El coste real de la exclusión solo lo cuantifica quien sufre sus efectos. Y en economías locales donde el 70% de las oportunidades se mueven por favores de sangre, nacer fuera de la red es, estadísticamente, empezar la partida con una ficha menos.