El vídeo de las soldadas israelíes y la brecha con la primera línea
Un grupo de mujeres uniformadas baila dentro de una instalación militar. El clip corre por internet en plena guerra abierta y dispara la pregunta de siempre: ¿qué papel real tienen las soldadas israelíes? La escena mezcla dos cosas que rara vez aparecen juntas, la imagen de ejército moderno que se proyecta hacia fuera y la distancia, nunca cuantificada, entre el uniforme y el frente. De ahí salen los tres hilos que ordenan la discusión: obligatoriedad del servicio, presencia real en combate y función de propaganda. Y por debajo, un asunto más viejo: para qué sirve un ejército que llama a filas a toda su población.
Cuánto dura el servicio militar obligatorio en Israel
La base del asunto es que Israel mantiene la conscripción para hombres y mujeres. Se sostiene que son
24 meses para ellas y 36 para ellos, tres años completos en el caso masculino. Hay quien añade un detalle que cambia por completo el cálculo de incentivos: para acceder a la universidad hay que cumplir antes el servicio. No es un trámite voluntario ni una vocación; es una puerta que se abre o se cierra.
Eso explica por qué el número de mujeres en uniforme es alto sin que eso diga nada sobre su destino operativo. Un ejército que llama a filas a una cohorte entera tiene muchos cuerpos de mujer disponibles y muchas tareas donde colocarlos.
La pregunta interesante no es cuántas visten de verde. Es cuántas llegan a apuntar a alguien.
¿Cuántas soldadas israelíes están en primera línea de combate?
Aquí el desacuerdo es total y nadie aporta el recuento. Una corriente sostiene que no hay mujeres en combate cuerpo a cuerpo, que se concentran en
almacenes de munición, repostaje o alas auxiliares, y que la regla se cumple en todos los ejércitos por puro sentido común operativo. Otra responde con la formación: instrucción básica común más una especialidad por persona, con ejemplos concretos de francotirador o de comunicaciones, y con la idea de que en caso de guerra la diferencia se notaría.
En medio queda el dato que nadie pone encima de la mesa: el número. Es fácil mostrar la foto de una francotiradora. Es imposible sostener con ella que hay miles. La imagen hace el trabajo que el recuento no puede hacer, y ahí está la clave.
El argumento del retroceso y la réplica del dron
Aparece el clásico: complexión, clavículas estrechas, poca potencia para aguantar el retroceso de un arma y seguir apuntando con precisión. El razonamiento añade que quien no puede correr tres kilómetros con quince kilos encima tampoco aguanta el equipo en una posición avanzada. La respuesta llega por dos vías.
La primera es empírica: hay niños soldado disparando fusiles de asalto en conflictos africanos, así que la fuerza física no es el factor decisivo. La segunda es tecnológica: un dron mata desde un sofá y no exige ni fuerza ni piernas. Cuando el arma se maneja a distancia, el debate sobre la complexión se queda viejo de golpe.
De fondo late un recuerdo bélico. Un participante cita la
guerra de Yom Kipur como el episodio en que la presencia de mujeres en unidades avanzadas obligó a reordenar prioridades, con el coste que eso tuvo. La conclusión que extrae una parte es incómoda: ellas se siguen vistiendo de verde, pero quien pierde una pierna suele ser él.
El doble criterio: uniforme sí, carne de cañón no
Hay una corriente que va más allá y sostiene que la incorporación femenina al ejército cumple una función estética y política, no militar. En esa lectura, las mujeres pueden ser soldado, se las anima a serlo y quedan bien en el uniforme, pero no se las obliga a servir como arma de guerra con el mismo nivel de exigencia que a los hombres. La igualdad formal serviría de escaparate mientras la obligación real de morir sigue recayendo en un solo sexo.
No es un argumento exclusivo de este conflicto. Es el mismo que reaparece cada vez que un ejército moderno presume de integración y luego publica cifras agregadas sin desglosar por unidad y por misión. Sin ese desglose, la discusión se queda en anécdota y en vídeo.
La mili que no es combate
Un testimonio de años atrás describe el servicio real: formación básica, algo de defensa personal y después una especialidad por persona. Todos saben disparar; pocos van a la trinchera. Ese es exactamente el hueco que ocupa la escena del baile. El clip no prueba nada sobre la capacidad de combate de nadie, pero prueba bastante sobre la función de imagen de un ejército.
Y ahí entra el dinero. Formar a una cohorte completa durante dos o tres años es una inversión enorme, en tiempo y en personal. El vídeo es gratis. Por eso circula más.
El dato que descoloca
Si alguien quiere medir cuántas mujeres ha movilizado un ejército en una guerra total, se cita como precedente el Ejército Rojo: según un cálculo que circula en la discusión, en torno a
800.000 mujeres sobre un total de más de 20 millones de efectivos. Una cifra enorme en términos absolutos y minoritaria en términos relativos. El vídeo viral de hoy no dice nada nuevo sobre eso. Repite el mismo desajuste que ya existía hace ochenta años, solo que ahora con música y a cámara lenta.