El compañero irresistible
Marta y Julián llevaban tres años compartiendo un piso en Madrid y se entendían maravillosamente.
Ella tenía treinta y cuatro años, era atractiva, independiente y llevaba bastante tiempo buscando un hombre que mereciera la pena. Julián tenía treinta y seis, era gai, divertido, bastante presumido y con un talento extraordinario para descubrir los defectos de los hombres que le gustaban.
La tercera compañera, Elena, acababa de anunciarles que se casaba.
—¡Pero qué necesidad tienes de casarte! —protestó Julián.
—¡La misma que tú de acostarte con hombres!
—¡Eso es una necesidad fisiológica, hija mía!
—Pues yo tengo una necesidad matrimonial. Me caso y me voy.
Y se fue.
El problema era que los tres dormitorios resultaban demasiado caros para pagarlos entre dos.
Pusieron un anuncio y comenzaron a recibir candidatos.
Apareció un estudiante que pretendía instalarse con dos gatos, una mujer que exigía silencio absoluto a partir de las nueve y un señor divorciado que quería recibir a sus descendientes todos los fines de semana.
Ninguno les convenció.
Hasta que apareció Daniel.
Tenía treinta y cinco años, era alto, moreno, atlético, con una sonrisa encantadora y una naturalidad que lo hacía todavía más atractivo. Trabajaba en una empresa de informática, tenía ingresos suficientes y parecía una persona perfectamente normal.
Marta lo examinó discretamente. Julián no tan discretamente.
—¿Puedes esperar cinco minutos, Daniel?
—Sí, claro.
Y se fueron a la cocina.
—¿Qué te parece? —preguntó Marta.
—¡Que está muy bien!
—¡Julián! ¡Podrías disimular un poco!
—¡Tú llevas veinte minutos disimulando y se te nota muchísimo más!
Lo aceptaron inmediatamente.
Y resultó ser un compañero estupendo.
Pagaba puntualmente, era limpio, educado, simpático y tenía la virtud de no meterse jamás donde no lo llamaban.
A veces cenaban los tres, se reían y pasaban veladas agradabilísimas.
Habían encontrado al inquilino perfecto.
Sólo tenía un inconveniente.
Le gustaban las mujeres.
Y a las mujeres les gustaba extraordinariamente Daniel.
La primera apareció un viernes. Una rubia altísima, de piernas interminables, que saludó amablemente y desapareció en su habitación.
La segunda llegó el martes siguiente. Morena, guapísima, con unos ojos verdes que Marta todavía recordaba al día siguiente.
Después vino una pelirroja.
Y luego otra rubia.
—Oye, ¿éste qué hace? ¿Las colecciona? —preguntó Marta.
—¡Pues tiene una colección estupenda! —contestó Julián.
—¡Son todas muy atractivas!
—¡Hija, con esos cuerpos yo también lo estaría!
Marta empezó a sentirse cada vez más incómoda. Le gustaba Daniel. Muchísimo. Y cada mujer que entraba por la puerta le recordaba que él podía elegir entre un catálogo de bellezas extraordinarias.
Julián estaba todavía peor.
—¡Es que no hay derecho! —se lamentaba—. ¡Con lo guapo que es y tiene que ser heterosenshetero!
—¡Pues a mí tampoco me hace caso!
—¡Por lo menos tú tienes posibilidades!
—¡Pues no las encuentro por ninguna parte!
Una noche, después de dos copas de vino, Marta tomó una decisión.
Esperó a que el piso quedara en silencio. Se desabrigadó, cruzó el pasillo de puntillas y entró en la habitación de Daniel.
Estaba oscuro.
Él dormía.
Marta levantó cuidadosamente las sábanas y se deslizó a su lado.
Daniel, medio dormido, notó aquel cuerpo caliente, la rodeó con un brazo y la acercó hacia él.
Marta sintió que el corazón le daba un vuelco.
¡Había funcionado!
Pero entonces se abrió la puerta del baño.
Apareció una rubia espectacular, completamente desabrigada.
Contempló la cama, vio a Marta abrazada a Daniel y sonrió. Debió de pensar que su amante había organizado una sorpresa.
Sin decir una palabra, levantó las sábanas y se metió por el otro lado.
Daniel abrió los ojos.
Tenía una mujer a cada lado.
—¿Marta?
Ella acababa de comprender la magnitud del desastre.
No había ido allí para participar en un trío. Había ido para conquistar al hombre del que estaba enamorada.
Se incorporó de golpe, salió de la cama y huyó hacia su habitación, desabrigada y con una vergüenza que no le cabía en el cuerpo.
La rubia la vio desaparecer.
—¿Se ha enfadado?
Daniel seguía sin entender nada.
—¡Pero si es mi compañera de piso!
A la mañana siguiente, Marta se lo contó a Julián.
Éste se echó a reír de tal manera que tuvo que sentarse.
—¡No te rías, por favor!
—¡Pero, Marta! ¡Te metes desabrigada en su cama y resulta que ya estaba ocupada!
—¡No sabía que había otra mujer!
—¡Pues haber mirado debajo de la cama, por si había más!
—¡Déjalo ya!
Cuando apareció Daniel, se comportó con total normalidad. No mencionó el asunto.
Julián tardó diez minutos en recuperar la compostura.
Pero su propia desgracia estaba por llegar.
Había conocido a un chico encantador en un bar. Se llamaba Roberto, era guapo, simpático y parecía interesadísimo por él.
Lo invitó a cenar a casa.
Preparó una cena estupenda, abrió una botella de vino y estaba disfrutando de una conversación prometedora cuando apareció Daniel.
—¡Hola! ¿Qué tal?
—Daniel, éste es Roberto.
—Encantado.
Daniel se sentó unos minutos con ellos.
Y Roberto dejó de prestar atención a Julián.
Empezó a preguntarle a Daniel por su trabajo, sus aficiones, sus viajes. Se reía de todo cuanto decía y lo miraba con una fascinación que Julián reconoció inmediatamente.
—Oye, Daniel —preguntó Roberto—, ¿tú tienes novia?
—Ahora mismo, no.
—¿Y novio?
—Tampoco.
—¡Porque es heterosenshetero! —intervino Julián.
—Ah...
Roberto pareció decepcionado.
—¿Y nunca has probado?
Julián estuvo a punto de estrellarle la botella de vino en la cabeza.
Al día siguiente, Marta lo encontró desayunando con cara de funeral.
—¿Qué tal la cita?
—¡Una maravilla! ¡Se pasó toda la noche intentando ligar con Daniel!
—¡No me digas!
—¡Y luego me preguntó si creía que tenía alguna posibilidad!
Marta soltó una carcajada.
—¡Pues ahora sabes cómo me siento yo!
Desde entonces, los dos comenzaron a considerar seriamente la posibilidad de echar a Daniel.
Pero ¿cómo?
Era un compañero ejemplar. Pagaba el alquiler, limpiaba, no hacía ruido y siempre tenía una sonrisa para ellos.
—Tenemos que decirle que se vaya —insistía Marta.
—¿Y qué motivo le damos?
—¡Que trae demasiadas mujeres!
—¡Pero si no molestan!
—¡Pues que es demasiado guapo!
—¡Eso no figura en el contrato de arrendamiento!
Y así pasaban las semanas.
Cada vez que Daniel aparecía con otra belleza, los dos se desesperaban.
Pero cuando cenaban juntos, charlaban o se reían de cualquier tontería, eran felices.
Daniel les gustaba demasiado.
Y ése era precisamente el problema.
Una tarde estaban en la cocina discutiendo, por enésima vez, cómo plantearle su marcha.
—Esto no puede continuar —dijo Marta.
—No.
—Hay que echarlo.
—Sí.
En aquel momento apareció Daniel.
—Oye, chicos, tengo que contaros una cosa.
Los dos se quedaron mirándolo.
—¿Os acordáis de aquella rubia que ha venido varias veces?
Marta se puso colorada.
—Sí. Me acuerdo perfectamente.
—Pues me ha propuesto que me vaya a vivir con ella. Tiene un piso estupendo en el Parque de las Avenidas, estaremos los dos solos y, además, me sale bastante más barato. Así que el mes que viene me marcho. Espero que no os importe.
Se hizo un silencio.
—No, hombre... —contestó Marta.
—¡Qué nos va a importar! —añadió Julián.
—Es que he estado fenomenal con vosotros. Sois unos compañeros extraordinarios.
—Y tú también, Daniel.
—Bueno, pues estupendo. Ya os diré el día exacto.
Y se fue a su habitación.
Marta y Julián permanecieron inmóviles.
—Bueno —dijo ella—. Ya está.
—Sí.
—Vaya situación.
—Sí.
Marta y Julián llevaban tres años compartiendo un piso en Madrid y se entendían maravillosamente.
Ella tenía treinta y cuatro años, era atractiva, independiente y llevaba bastante tiempo buscando un hombre que mereciera la pena. Julián tenía treinta y seis, era gai, divertido, bastante presumido y con un talento extraordinario para descubrir los defectos de los hombres que le gustaban.
La tercera compañera, Elena, acababa de anunciarles que se casaba.
—¡Pero qué necesidad tienes de casarte! —protestó Julián.
—¡La misma que tú de acostarte con hombres!
—¡Eso es una necesidad fisiológica, hija mía!
—Pues yo tengo una necesidad matrimonial. Me caso y me voy.
Y se fue.
El problema era que los tres dormitorios resultaban demasiado caros para pagarlos entre dos.
Pusieron un anuncio y comenzaron a recibir candidatos.
Apareció un estudiante que pretendía instalarse con dos gatos, una mujer que exigía silencio absoluto a partir de las nueve y un señor divorciado que quería recibir a sus descendientes todos los fines de semana.
Ninguno les convenció.
Hasta que apareció Daniel.
Tenía treinta y cinco años, era alto, moreno, atlético, con una sonrisa encantadora y una naturalidad que lo hacía todavía más atractivo. Trabajaba en una empresa de informática, tenía ingresos suficientes y parecía una persona perfectamente normal.
Marta lo examinó discretamente. Julián no tan discretamente.
—¿Puedes esperar cinco minutos, Daniel?
—Sí, claro.
Y se fueron a la cocina.
—¿Qué te parece? —preguntó Marta.
—¡Que está muy bien!
—¡Julián! ¡Podrías disimular un poco!
—¡Tú llevas veinte minutos disimulando y se te nota muchísimo más!
Lo aceptaron inmediatamente.
Y resultó ser un compañero estupendo.
Pagaba puntualmente, era limpio, educado, simpático y tenía la virtud de no meterse jamás donde no lo llamaban.
A veces cenaban los tres, se reían y pasaban veladas agradabilísimas.
Habían encontrado al inquilino perfecto.
Sólo tenía un inconveniente.
Le gustaban las mujeres.
Y a las mujeres les gustaba extraordinariamente Daniel.
La primera apareció un viernes. Una rubia altísima, de piernas interminables, que saludó amablemente y desapareció en su habitación.
La segunda llegó el martes siguiente. Morena, guapísima, con unos ojos verdes que Marta todavía recordaba al día siguiente.
Después vino una pelirroja.
Y luego otra rubia.
—Oye, ¿éste qué hace? ¿Las colecciona? —preguntó Marta.
—¡Pues tiene una colección estupenda! —contestó Julián.
—¡Son todas muy atractivas!
—¡Hija, con esos cuerpos yo también lo estaría!
Marta empezó a sentirse cada vez más incómoda. Le gustaba Daniel. Muchísimo. Y cada mujer que entraba por la puerta le recordaba que él podía elegir entre un catálogo de bellezas extraordinarias.
Julián estaba todavía peor.
—¡Es que no hay derecho! —se lamentaba—. ¡Con lo guapo que es y tiene que ser heterosenshetero!
—¡Pues a mí tampoco me hace caso!
—¡Por lo menos tú tienes posibilidades!
—¡Pues no las encuentro por ninguna parte!
Una noche, después de dos copas de vino, Marta tomó una decisión.
Esperó a que el piso quedara en silencio. Se desabrigadó, cruzó el pasillo de puntillas y entró en la habitación de Daniel.
Estaba oscuro.
Él dormía.
Marta levantó cuidadosamente las sábanas y se deslizó a su lado.
Daniel, medio dormido, notó aquel cuerpo caliente, la rodeó con un brazo y la acercó hacia él.
Marta sintió que el corazón le daba un vuelco.
¡Había funcionado!
Pero entonces se abrió la puerta del baño.
Apareció una rubia espectacular, completamente desabrigada.
Contempló la cama, vio a Marta abrazada a Daniel y sonrió. Debió de pensar que su amante había organizado una sorpresa.
Sin decir una palabra, levantó las sábanas y se metió por el otro lado.
Daniel abrió los ojos.
Tenía una mujer a cada lado.
—¿Marta?
Ella acababa de comprender la magnitud del desastre.
No había ido allí para participar en un trío. Había ido para conquistar al hombre del que estaba enamorada.
Se incorporó de golpe, salió de la cama y huyó hacia su habitación, desabrigada y con una vergüenza que no le cabía en el cuerpo.
La rubia la vio desaparecer.
—¿Se ha enfadado?
Daniel seguía sin entender nada.
—¡Pero si es mi compañera de piso!
A la mañana siguiente, Marta se lo contó a Julián.
Éste se echó a reír de tal manera que tuvo que sentarse.
—¡No te rías, por favor!
—¡Pero, Marta! ¡Te metes desabrigada en su cama y resulta que ya estaba ocupada!
—¡No sabía que había otra mujer!
—¡Pues haber mirado debajo de la cama, por si había más!
—¡Déjalo ya!
Cuando apareció Daniel, se comportó con total normalidad. No mencionó el asunto.
Julián tardó diez minutos en recuperar la compostura.
Pero su propia desgracia estaba por llegar.
Había conocido a un chico encantador en un bar. Se llamaba Roberto, era guapo, simpático y parecía interesadísimo por él.
Lo invitó a cenar a casa.
Preparó una cena estupenda, abrió una botella de vino y estaba disfrutando de una conversación prometedora cuando apareció Daniel.
—¡Hola! ¿Qué tal?
—Daniel, éste es Roberto.
—Encantado.
Daniel se sentó unos minutos con ellos.
Y Roberto dejó de prestar atención a Julián.
Empezó a preguntarle a Daniel por su trabajo, sus aficiones, sus viajes. Se reía de todo cuanto decía y lo miraba con una fascinación que Julián reconoció inmediatamente.
—Oye, Daniel —preguntó Roberto—, ¿tú tienes novia?
—Ahora mismo, no.
—¿Y novio?
—Tampoco.
—¡Porque es heterosenshetero! —intervino Julián.
—Ah...
Roberto pareció decepcionado.
—¿Y nunca has probado?
Julián estuvo a punto de estrellarle la botella de vino en la cabeza.
Al día siguiente, Marta lo encontró desayunando con cara de funeral.
—¿Qué tal la cita?
—¡Una maravilla! ¡Se pasó toda la noche intentando ligar con Daniel!
—¡No me digas!
—¡Y luego me preguntó si creía que tenía alguna posibilidad!
Marta soltó una carcajada.
—¡Pues ahora sabes cómo me siento yo!
Desde entonces, los dos comenzaron a considerar seriamente la posibilidad de echar a Daniel.
Pero ¿cómo?
Era un compañero ejemplar. Pagaba el alquiler, limpiaba, no hacía ruido y siempre tenía una sonrisa para ellos.
—Tenemos que decirle que se vaya —insistía Marta.
—¿Y qué motivo le damos?
—¡Que trae demasiadas mujeres!
—¡Pero si no molestan!
—¡Pues que es demasiado guapo!
—¡Eso no figura en el contrato de arrendamiento!
Y así pasaban las semanas.
Cada vez que Daniel aparecía con otra belleza, los dos se desesperaban.
Pero cuando cenaban juntos, charlaban o se reían de cualquier tontería, eran felices.
Daniel les gustaba demasiado.
Y ése era precisamente el problema.
Una tarde estaban en la cocina discutiendo, por enésima vez, cómo plantearle su marcha.
—Esto no puede continuar —dijo Marta.
—No.
—Hay que echarlo.
—Sí.
En aquel momento apareció Daniel.
—Oye, chicos, tengo que contaros una cosa.
Los dos se quedaron mirándolo.
—¿Os acordáis de aquella rubia que ha venido varias veces?
Marta se puso colorada.
—Sí. Me acuerdo perfectamente.
—Pues me ha propuesto que me vaya a vivir con ella. Tiene un piso estupendo en el Parque de las Avenidas, estaremos los dos solos y, además, me sale bastante más barato. Así que el mes que viene me marcho. Espero que no os importe.
Se hizo un silencio.
—No, hombre... —contestó Marta.
—¡Qué nos va a importar! —añadió Julián.
—Es que he estado fenomenal con vosotros. Sois unos compañeros extraordinarios.
—Y tú también, Daniel.
—Bueno, pues estupendo. Ya os diré el día exacto.
Y se fue a su habitación.
Marta y Julián permanecieron inmóviles.
—Bueno —dijo ella—. Ya está.
—Sí.
—Vaya situación.
—Sí.
