Muere una joven de 22 años atrapada en una lavandería industrial
No hizo falta meterse dentro de una lavadora para morir atrapada. La máquina que acabó con la vida de una trabajadora de 22 años en Yeles (Toledo) pertenece a la familia de las planchadoras industriales de rodillos, un mecanismo que devora sábanas a 150-180 grados y no distingue entre un pliegue de tela y una mano. El accidente, ocurrido sobre las 7.25 horas del sábado en una nave del Camino Canteras, ha reabierto todas las preguntas incómodas sobre el mantenimiento de maquinaria y la externalización de la prevención de riesgos laborales.
Lo que se sabe del accidente
El servicio de emergencias 112 de Castilla-La Mancha confirmó el fallecimiento. Los compañeros de la víctima intentaron liberarla sin éxito; los bomberos de Illescas tuvieron que intervenir para rescatarla, pero los sanitarios de la UVI móvil desplazada al lugar solo pudieron certificar la muerte. La instalación se ubica en el municipio toledano de Yeles y, según las primeras informaciones, opera como lavandería industrial del grupo Elis, especializada en el servicio de hostelería. UGT ya ha reclamado que se aclaren las causas.
No es una lavadora: es una calandra
La confusión inicial viene de la palabra «lavandería». Una planta industrial de este tipo no tiene nada que ver con el local de la esquina: en ella conviven lavadoras de hasta 300 kilos de carga, secadoras de túnel y, sobre todo, calandras o planchadoras de rodillos. Son dos o más cilindros calientes, a 150-180 grados, con una banda de alimentación continua. La operaria trabaja de pie en el lado de entrada, extendiendo sábanas o manteles. Si un pliegue arrastra un dedo, entra la mano y detrás el brazo; no hay forma de tirar hacia atrás. No es una hipótesis: hay antecedentes de amputaciones graves con este tipo de máquina.
Protecciones que fallan en silencio
Las calandras llevan barras de seguridad, fotocélulas, setas de emergencia y enclavamientos en las puertas. El problema, coinciden los técnicos, es que ninguno de esos dispositivos anuncia su fallo. Una fotocélula se desalinea con la vibración, otra se ciega con la pelusa que flota en el ambiente, un microinterruptor se desgasta tras miles de ciclos. La única barrera real es el mantenimiento preventivo. Y en muchas plantas ese mantenimiento se ha convertido en una llamada puntual a una empresa externa.
Prevención de riesgos: quien vigila al vigilante
La norma marca un umbral. El artículo 14 del Real Decreto 39/1997 obliga a las empresas de más de 500 trabajadores a constituir un servicio de prevención propio; entre 250 y 500, si realizan actividades del anexo I. El grupo que gestiona la lavandería de Yeles supera holgadamente esos límites en España, por tamaño conocido. Si tenía el servicio propio y aun así falló, estamos ante un problema de ejecución. Si lo tenía concertado con un servicio ajeno, la infracción sería anterior al accidente. La investigación tendrá que elegir entre esos dos escenarios.
Un factor incómodo en la plantilla
Hay un dato que suele quedar fuera de la estadística: muchas lavanderías industriales integran en sus plantillas a personas con discapacidad. Es una vía de inserción real, pero obliga a preguntarse si la formación y la adaptación de cada puesto se ajusta al perfil. Nadie ha demostrado que este factor tuviera peso en el accidente de Yeles. Que nadie lo demuestre no significa que la pregunta deba desaparecer.
El suceso deja abierta la pregunta que la siniestralidad española arrastra desde hace décadas: ¿cuántas de estas muertes se habrían evitado con un mantenimiento preventivo hecho a tiempo? La respuesta no vendrá de la máquina. Vendrá de los registros de mantenimiento y de la inspección.