Un cliente muerto en el pasillo y la tienda abierta una hora más
Un hombre falleció mientras compraba en un supermercado y, según un mensaje difundido en redes sociales, el establecimiento siguió abierto alrededor de una hora con el cuerpo en el pasillo. El dato basta para incendiar cualquier conversación sobre atención al cliente, protocolos de emergencia y la frialdad del negocio. La pregunta que sobrevuela no es tanto qué pasó como qué se supone que debía pasar.
¿Cuánto tiempo puede estar un fallecido en el pasillo de un supermercado?
La cifra que se maneja es una hora. Y de inmediato surge la duda razonable: ¿una hora desde cuándo? ¿Desde que el hombre se desploma? ¿Desde que llega la ambulancia? ¿Desde que un sanitario certifica la muerte? Sin esa precisión, el reproche se queda cojo. La muerte, además, no la declara quien barre el pasillo:
la ha de verificar un sanitario, y hasta que eso ocurre el cuerpo no se puede mover.
Hay quien recuerda que en una parada cardiorrespiratoria extrahospitalaria las maniobras de reanimación se mantienen con frecuencia entre
20 minutos y una hora. Es decir, que el tiempo que escandaliza a unos es, en realidad, el tiempo estándar de una actuación de emergencia. Otra cosa es la gestión de la tienda mientras tanto.
Cerrar, desalojar o acordonar el pasillo: qué dicen los protocolos
Aquí el consenso se rompe. Una corriente sostiene que lo proporcionado es
acordonar la zona, cubrir el cuerpo y dejar que el resto del establecimiento funcione con normalidad: los clientes de otros pasillos no tienen por qué interrumpir su compra ni ser expulsados a gritos como si aquello fuera el
Titanic. La intimidad del fallecido y la del resto de compradores se protegen aislando el área, no vaciando el local.
Enfrente está quien considera que una tienda con un cadáver en el suelo no debería seguir vendiendo lejía y yogures como si nada. No es una postura descabellada: hay precedentes. Se cuenta el caso de un reponedor que sufrió un infarto
diez minutos antes de la apertura en un establecimiento portuario; llegaron policía y juez, el cuerpo se retiró
tres horas después y la tienda abrió. La conclusión que se extrae de ese episodio es incómoda: la prioridad operativa rara vez es el duelo.
La hora del call center: cuando el protocolo es seguir trabajando
No es un caso aislado. En un centro de atención telefónica, un operador falleció en su puesto con los cascos puestos y la instrucción fue que todos siguieran atendiendo llamadas hasta que,
una hora más tarde, llegó la ambulancia a retirar el cuerpo. El paralelismo es evidente: la maquinaria no se detiene porque una pieza humana deje de funcionar.
Ese es el núcleo del malestar. No tanto el minuto exacto como la sensación de que el sistema —llámese supermercado, llámese empresa de servicios— está diseñado para
no parar nunca, y que la excepción humana se gestiona como una incidencia logística.
El negocio, la marca y el relato interesado
Cuando el protagonista es una cadena de distribución con nombre y apellidos, el asunto se politiza solo. Aparecen los bandos de siempre: los que ven voracidad corporativa en cada decisión y los que sospechan que el escándalo se fabrica porque la empresa concreta cae mal. Se llega a discutir si el color político de la clientela —o del dueño— explica la reacción. Es ruido, pero ruido que dice mucho de cómo se consume hoy cualquier suceso.
La comparación con otras desgracias colectivas sirve de poco y de mucho a la vez. Si en catástrofes con cientos de víctimas la vida institucional y comercial siguió su curso, ¿por qué iba a paralizarse un supermercado por un solo fallecido? La respuesta incómoda es que quizá debería, o quizá no, pero el criterio no puede depender de cuántos muertos haya ni de qué bandera ondee en la fachada.
Qué se le puede exigir a una tienda cuando alguien muere dentro
La discusión útil no es si Mercadona es el demonio o la víctima, sino qué protocolo razonable existe. Avisar al 112 de inmediato, acordonar el pasillo, cubrir el cuerpo, no expulsar a nadie y dejar que los servicios sanitarios y judiciales hagan su trabajo. Eso es lo que defienden las voces más templadas, y es difícil discutirlo.
El problema es que ningún protocolo escrito resuelve la parte humana: el dependiente que sigue cobrando a dos metros de un cadáver, la clienta que pasa de largo con el carro, el gerente que piensa antes en el seguro que en la familia. Ahí no hay manual que valga.
Lo previsible es que el asunto se apague en unos días y no cambie nada. Hasta el próximo fallecido en un pasillo, en una caja o en una línea de operadores. Entonces volveremos a discutir la hora exacta, que es la manera más cómoda de no discutir lo de fondo.