Adiós a Juan Tamariz, el ilusionista de varias generaciones
Juan Tamariz ha muerto a los 83 años. La noticia ha golpeado a quienes crecieron viéndole hacer de la tele un juego de misterio, con ese violín que subrayaba el suspense y una dentadura que muchos recordaban como la de un pez abisal. Por momentos, los hay que aún dudan: ¿será un truco? No lo parece. La confusión entre el personaje y la persona es parte del legado.
Hay quien sostiene que con él se va un testimonio de una España que era grande, andariega y mitómana. Otros, más escépticos, recuerdan que la muerte ya le daba por muerto hace años: el clásico efecto Mandela aplicado a un hombre que seguía en activo, o al menos en el recuerdo. La realidad es que su figura atraviesa generaciones: de la televisión en blanco y negro a las redes, donde hoy se despide con un «descanse en paz» teñido de humor.
El misterio del violín, los piños imposibles, el «tatachín». Tamariz entendió el ilusionismo como un acto de complicidad con el espectador. No hacía falta creer en la magia para disfrutar de sus números; bastaba con dejarse engañar por un rato. Y eso, en tiempos de escepticismo crónico, tiene más mérito del que parece.
La pregunta que queda flotando es si alguien ocupará ese hueco de mago mediático que él supo hacer suyo. La tele de hoy tiene más canales y menos misterio. Mientras tanto, los viejunos —que los hay— celebran haber compartido siglo con él. Los jóvenes, buscan su nombre en TikTok.