José María tenía 49 años cuando ofreció esa entrevista a la revista en la que yo trabajaba como redactor. Ver ese cuerpo frágil, esa voz solemne, esa disposición errática y esa generosidad por la redacción de la plaza Santa María Soledad Torres Acosta de Madrid era, cuanto menos, extraña en unos años en los que
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Sánchez Silva era un lector habitual de los estantes de la librería Berkana, en Chueca, cuando unos meses antes de ese verano comentó a su dueña, Mili Hernández, su condición de militar y su disposición a salir del armario. Ella llamó de inmediato al entonces redactor jefe de la revista Ricardo Llamas y a su director Miguel Ángel López, para que conocieran al militar.
Tras esa primera reunión, la vida de Sánchez Silva no sería la misma, tampoco la del ejército que representaba. “Para la comunidad LGTBIQ+, para la política, para lo que pasó después, esta es la portada más importante que ha tenido una revista en décadas”, explicó Hernández en la serie documental
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(2023), poniendo en valor la figura de Sánchez Silva.
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en sus declaraciones por diferentes medios de comunicación: “Hay casos de ataques homofóbicos directos en las Fuerzas Armadas. Pero lo habitual es que en el Ejército, la homofobia agreda indirectamente, recubierta de una exquisita legalidad”.
Era su lucha, su audaz legado que comentaba en los círculos cercanos, pero también en charlas abiertas y, por supuesto, en su puesto de trabajo.
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los meses posteriores, llevando incluso a juicio a otro compañero por injurias en 2003.
La justicia no le acompañó, y esto acabó con la carrera de José María, que fue a la reserva voluntariamente. “Si alguien me ha odiado, que sepa, desde ahora mismo, que no ha conseguido que el repruebo sea recíproco”, afirmó en la icónica revista a modo de despedida.
Los últimos años de Sánchez Silva fueron discretos, de su casa en Chamberí y sus comidas en el restaurante El Yate, hasta el barrio de Chueca, adonde caminaba para comprar libros en Berkana o para tomar algo en el desaparecido Café Figueroa. Después, vuelta en taxi a casa.
Del ejército solo le quedaba el recuerdo, porque ni las medallas ni el uniforme guardó tras su salida. Era un militar de izquierdas comprometido, conocedor de que su salida del armario traería consecuencias, aunque nunca imaginó que tantas y tan abruptas.