Motivos para no ir a votar

Motivos para no ir a votar
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

Buena parte de quienes no votan no lo hacen por pereza, sino porque consideran que las decisiones importantes se toman fuera del país y que el sistema electoral no representa sus intereses. La abstención es una opción política con argumentos propios, no un simple vacío.

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Buena parte de quienes no votan no lo hacen por pereza, sino porque consideran que las decisiones importantes se toman fuera del país y que el sistema electoral no representa sus intereses. La abstención es una opción política con argumentos propios, no un simple vacío.

Hay una abstención que no sale en las encuestas. No es la del que se queda en casa porque llueve o porque no ha encontrado aparcamiento. Es la de quien, con quince años, decidió que aquello era un circo y, doce años después, sigue pensando más o menos lo mismo. No es una postura cómoda ni una pose: es una conclusión que se va reforzando con cada convocatoria electoral.

La soberanía que se decide fuera de las urnas

El primer argumento tiene que ver con el poder real. Quien no vota por estos motivos sostiene que ni España ni su comunidad autónoma ni su ciudad son soberanas en las cuestiones que de verdad importan. Las decisiones llegan condicionadas por agentes externos: la exposición al sector financiero, los conflictos internacionales que mueven el precio del petróleo, la demanda extranjera que repercute en los precios internos. La Unión Europea aparece como el ejemplo más claro: sus elecciones, desde esta óptica, no sirven para nada porque las decisiones están en manos de los sectores financieros, y causas como la igualdad o la lucha ecológica no se debaten, se implantan para todos. Estados Unidos marca la política social y potencias como China y Rusia condicionan la geopolítica y la economía. Los grandes proyectos acaban dependiendo de subvenciones y se copia lo que hacen otros por miedo a quedarse fuera.

Si el margen de maniobra es ese, votar se convierte en elegir quién gestiona lo que otros han decidido. No es que el votante no tenga opinión sobre el petróleo o sobre los tipos de interés: es que ningún partido va a cambiar esas variables desde el Gobierno de turno. La papeleta, en ese marco, promete más de lo que puede cumplir.

Un concurso de popularidad con escaños que valen doble

El segundo motivo es el funcionamiento del sistema. Las elecciones se perciben como un concurso de popularidad donde se escoge a quien mejor cae, no a quien mejor razona. La crítica no es nueva: ya Platón señalaba que la democracia tiende a premiar al que agrada sobre el que sabe. Y hay un problema aritmético que pesa: el voto propio no sirve de nada si no es el más votado, pero luego una fuerza con el 50,1% de apoyo goza de total legitimidad para imponer sus ideas y despreciar las contrarias. La misma mayoría simple que da un escaño por la mínima permite gobernar como si hubiera ganado por goleada.

A eso se suma la falta de incentivos para los proyectos a largo plazo. Los planes que de verdad cambian un país necesitan horizontes de 20 años como mínimo, y el ciclo electoral no los permite. Tampoco ayuda tener que comprar packs ideológicos cerrados: es prácticamente imposible coincidir con el 60% de las propuestas de un partido, y luego los programas se incumplen sin consecuencias. La propuesta de fondo es otra: si la democracia busca que el pueblo esté contento, no tiene sentido que cuente lo mismo el voto de alguien con una opinión ligera que el de alguien con una causa profunda. El descontento del primero será mucho menor que el del segundo, y el sistema los trata igual.

El discurso único y los temas que no se tocan

El tercer argumento es que todos los partidos suenan parecido. No es casualidad: si la falta de soberanía impide cambios grandes, los discursos se homogeneizan. Pero hay algo más. Ciertas cuestiones, aunque sean un lastre para el Estado, no se negocian por el sentimiento de la mayoría del electorado. Aplicar políticas de austeridad para reducir el déficit y la deuda, plantear recortes o congelar gastos de partidas concretas, acabar con los programas de reinserción en prisiones, dotar a la policía de más derechos para imponer su autoridad, congelar y bajar pensiones, acabar con las contrataciones en sectores públicos concretos, reducir plazas en la universidad pública ante la saturación del mercado laboral cualificado. Son ejemplos de decisiones que un país puede necesitar y que ningún partido pone sobre la mesa por miedo a las encuestas.

El resultado es un debate público que gira sobre temas que a una parte del electorado le resultan indiferentes. Los toros, el colectivo LGTBI, las emisiones de CO2: da igual. Y cuando por fin se habla de vivienda o de sueldos bajos, se hace apelando al sentimiento y no a los costes reales. Construir implica transporte, materiales, mano de obra, diseños y una lista larga de partidas que hacen de la construcción un negocio poco atractivo por su baja rentabilidad. Ese dato no aparece en los mítines. Se prefiere el aplauso fácil.

Apatía, intereses individuales y la distancia del desconocido

El cuarto motivo es la apatía. Leer sobre política a nivel teórico puede gustar; escuchar debates y tertulias, no. Aburre. Casi todos los puntos que se comentan resultan ajenos. Y el quinto es el más incómodo: cada uno mira por sus intereses individuales sin importarle el resto, y el político no es distinto. A un inversor le da igual el devenir de una empresa mientras su operación de venta, rendimientos y compra sea positiva. Al resto de personas, igual todo lo ajeno donde no tengan raíces.

El ejemplo que se pone es el de un accidente de tren. Los partidos aprovechan para sacar rédito moviendo el discurso a su antojo; los fallecidos, heridos y familias no le importan a nadie. Y no hay culpa en ello, según esta lógica: en una ciudad de 100.000 habitantes se ve constantemente a gente que no se conoce de nada ni se conocerá nunca. Su valor no es distinto al de una hormiga. Si murieran de repente cien desconocidos por la caída de un puente, no afectaría emocionalmente más allá de una breve reflexión. Con personas a cientos de kilómetros, menos todavía. La simple idea de que un grupo mayoritario de desconocidos pueda afectar con sus votos o decisiones repugna.

La abstención, entonces, no es solo no ir. Es una forma de decir que el sistema no representa. Y tiene un coste: quien se queda fuera renuncia a influir en las decisiones que luego le afectarán igual. Pero ese es otro debate.

Datos clave
  • El 50,1% de apoyo basta para imponer ideas a la mitad restante del electorado, según la crítica al sistema mayoritario.
  • Los proyectos que cambian un país necesitan horizontes de 20 años como mínimo, incompatibles con el ciclo electoral.
  • Es prácticamente imposible coincidir con el 60% de las propuestas de un partido, y los programas se incumplen sin consecuencias.
  • La Unión Europea aparece como ejemplo de decisiones tomadas fuera de las urnas, en manos de los sectores financieros.
  • En una ciudad de 100.000 habitantes, la muerte de cien desconocidos no afecta emocionalmente más allá de una breve reflexión, según el planteamiento del texto.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

iljavi

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Cada uno tendrá sus motivos para no ir a votar. En mi caso, aproximadamente desde los 15 años tenía en la cabeza que era mejor no participar en este circo. Y 12 años más tarde sigo pensando más o menos lo mismo, sólo iría para votarme a mí mismo si me presentase como candidato, únicamente con el objetivo de conseguir un puesto con alto sueldo.

Pero si tuviera que enumerar los motivos, de más a menos peso, para no ir a votar, los clasificaría de la siguiente manera:
1-España o la autonomía o la ciudad no son soberanas, las cosas importantes vienen dadas por agentes externos por la exposición al sector financiero, ya sea por conflictos externos (como el precio del petróleo) como interno (al final la demanda extranjera nos repercute sobre nuestros precios). Por otro lado estamos a merced de la unión europea (cuyas elecciones no sirven para nada porque están en manos de los sectores financieros y cualquier causa política, como la "igualdad" o "lucha ecológica" no se debate y se implanta a todos), Estados Unidos para cualquier política social, y de otros agentes como China y Rusia en materia geopolítica y económica porque al final los grandes proyectos acaban con subvenciones y se acaba copiando cualquier cosa que hacen los demás por el FOMO.
2-Las elecciones son una bobada, un simple concurso de popularidad donde el electorado escoge al que más en gracia le cae: no se atiende a la razón (no descubro nada, esto ya lo decía Platón). Y aún así, mi voto no sirve de nada si no es la más votada, pues luego hay otra fuerza, que aunque sólo tenga el 50,1% de apoyo, goza de total legitimidad para imponer sus ideas, despreciando las contrarias (nuevamente, nada nuevo, ya lo describía Platón). Además, el sistema no favorece los proyectos a largo plazo, planes con horizontes a mínimo 20 años vista, que son los que hacen que un país realmente pueda tener cambios grandes. Por otra parte, tener que comprar packs ideológicos (aunque luego se pasan los programas por alto) es ridículo, es prácticamente imposible coincidir siquiera en el 60% de las propuestas de un partido. Y nuevamente, aunque se votara a referéndums cada cuestión política, el sistema del sufragio universal no tiene sentido ¿cómo puede ser posible que cuente lo mismo el voto de alguien con una ligera opinión que alguien con una causa? si lo que busca la democracia es buscar que el pueblo esté contento, no dar un peso mucho mayor a un votante concreto es un error, pues su cantidad de descontento será muchísimo mayor que el poco contento del resto de votantes respecto a dicha decisión.
3-Discurso homogéneo de los partidos. Es un reflejo de la primera causa por la que no iría a votar, la falta de soberanía no permite hacer grandes cambios, y eso se nota en los discursos. Pero además con cuestiones que, aunque puedan ser un lastre para el estado, por motivos de sentimiento de la mayoría de los votantes, no se negocian (de nuevo, relacionado con el concurso de popularidad), ejemplos podrían ser: aplicar políticas de austeridad para quitarse el déficit y la deuda, plantear recortes o congelar gastos de partidas concretas, acabar con los programas de reinserción en prisiones, dotar a la policía de más derechos para imponer su autoridad, congelar y bajar pensiones, acabar con las contrataciones en sectores públicos concretos, reducir plazas en la universidad pública (vista la saturación del mercado laboral en empleos cualificados)...
4-Apatía absoluta. Me gusta leer sobre la política a nivel teórico, pero a la práctica sólo me genera rechazo. Escuchar debates o tertulias me aburre, casi todos los puntos que se comentan no son en absoluto de mi interés. ¿Los gays? me dan igual, ¿Los toros? me dan igual, ¿las emisiones de CO2? me dan igual. Luego se atreven a hablar sin profundidad sobre temas como el coste de la vivienda o los sueldos "bajos"... pero nunca se habla de los costes que implica construir por el transporte, los materiales, la mano de obra, los diseños y una larga lista que hacen que la construcción sea un negocio poco atractivo por su baja rentabilidad. No hay debate, sólo se trata de apelar a los sentimientos.
5-Cada uno mira por sus intereses individuales sin importarle el resto, y el político no es distinto, no les importamos. Del mismo modo que a un inversor le da igual el devenir de una empresa mientras que su operación de venta+rendimientos-compra sea positiva, al resto de personas igual todo lo ajeno a ellos donde no tengan raíces. El accidente de tren es un claro ejemplo, los partidos aprovechaban para sacar rédito moviendo el discurso a su antojo; los fallecidos, heridos y familias no le importan a nadie. Y lo peor, no les culpo, yo vivo en una ciudad de 100mil habitantes, veo constantemente a gente que no conozco de nada ni lo haré nunca, para mí su valor no es distinto al de una hormiga, si murieran de repente 100 de estos desconocidos (supongamos a causa de un puente que se cae) no me afectaría emocionalmente en nada más allá de alguna breve reflexión — pues imaginad con personas a cientos de kilómetros... La simple idea de que un grupo mayoritario de personas (o los propios políticos) que no conozco pueda afectarme con sus votos o decisiones me genera rechazo.
 

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