Un mini-PC de tienda cuesta 507€; montarlo en casa, 250€
La primera comparación rompe la lógica comercial. Un ordenador compacto, sin pantalla, sin teclado, sin batería y sin grabadora de DVD, cuesta
507 euros. Un portátil con el mismo procesador —i3, 4 GB de RAM, disco de 500 GB— y del mismo fabricante, Asus, sale por
380 euros. El pequeño cuesta 127 euros más por traer menos cosas.
El punto de partida es reconocible: un equipo de once años, con gráfica integrada de gama baja y Windows XP, que mueve el ratón a tirones por paginación continua. El objetivo es un sustituto del tamaño de un Mac mini, versión PC, para navegar, ver vídeos y almacenar fotos de cámara digital. Del viejo solo se salvan el monitor y los altavoces: ni el ratón vale, que es PS/2.
Las tres vías iniciales: 450€, 448€ y 220€
El abanico de partida tiene tres patas. Un Intel NUC con i3 5010, 4 GB y SSD de 128 GB ronda los
450 euros, sin sistema operativo y con el montaje a cargo del comprador. Un mini-PC de marca con el mismo i3 —el HP Pavilion Mini a
448 euros con 1 TB de disco, o el HP 260 G1 a 361 euros con 500 GB— añade Windows, pero no da opción de SSD.
Y la vía importada: mini-PCs de fabricante chino, con un i3 4010U, 4 GB y 500 GB sin ventilador por
220 euros. El SSD de 128 GB cuesta lo mismo, aunque en vendedores sin historial. El riesgo es doble: instalar el sistema a mano y fiarse de un desconocido.
El portátil conectado al monitor: más por menos
Aquí está la paradoja que descoloca. Por
380 euros —menos de lo que cuesta cualquiera de los mini-PC equivalentes— un portátil i3 4005 con 4 GB y 500 GB añade pantalla de 15 pulgadas, teclado, batería, grabadora, cámara, sistema operativo y más puertos. La conclusión de quien abrió el hilo se enuncia sin rodeos: los mini-PC «son un timo». Queda sobre la mesa comprar el portátil y usarlo como sobremesa, cerrado, conectado al monitor.
La reacción es matizada. Como apunta otro forero, el portátil cerrado tiene ventajas: se deja la tapa bajada, se enchufa al monitor y se gana protección frente a cortes de luz. Y tarde o temprano surge la necesidad de llevarlo a algún sitio. En contra juega la costumbre: un equipo de sobremesa se abre, se repara y se amplía.
La torre pierde la batalla del espacio, no la del precio
La defensa clásica del ordenador de torre —es reparable, hay recambio para casi todo menos la placa base, las fuentes están estandarizadas desde hace más de quince años— choca con un problema de origen: el equipo a sustituir ya no se puede actualizar, porque en cuanto toca cambiar la placa hay que renovarlo todo. Y su fuente de alimentación, con un ventilador minúsculo, mete un ruido que es, precisamente, uno de los motivos para cambiar.
El argumento del silencio pesa más de lo que parece. Como señalan varios participantes, un mini-PC no tiene ventilador, o lo tiene tan pequeño que apenas se oye, y el consumo se desploma. La réplica desde el lado tradicional es económica: a igualdad de potencia, la torre es más barata, porque las placas y las cajas mini-ITX se encarecen y limitan los procesadores a chips de bajo consumo.
Un ensamblador ofrece un mini-PC gamer por 395€
En medio de la discusión aparece una oferta concreta: un mini-PC con procesador AMD de cuatro núcleos (APU A10), 8 GB de RAM DDR3 a 1866 MHz, SSD más 1 TB de almacenamiento, WiFi y USB 3.1, en una caja mini-ITX «de dimensiones ridículas» y menos de un kilo de peso, por
395 euros. La potencia gráfica, se asegura, queda entre una PlayStation 3 y una PlayStation 4. Para ver fotos y navegar, sobra.
La caja es del tamaño de una PS3 o una Xbox 360, que millones de personas tienen junto al televisor sin problema. La diferencia es que lleva hardware de PC, no de portátil.
El disco duro, el verdadero cuello de botella
Buena parte del salto de rendimiento no lo da el procesador, sino el SSD. Según uno de los participantes, un Celeron G1840 —un chip modesto, unos
3.000 puntos en el benchmark Passmark— arranca el sistema en siete segundos con un disco de estado sólido, y eso le basta para superar en agilidad a un i5 más potente con disco mecánico. El cuello de botella no está en el reloj, está en el disco.
Sobre el tamaño, el criterio del uso manda. Para ofimática y fotos, 120 GB bastan. La trampa está en la escalera de precios: un SSD de 120 GB cuesta 45 euros y el de 240 GB,
65 euros. Solo 20 euros más para doblar espacio, mientras que saltar a 480 GB ya duplica el precio. La decisión acaba siendo psicológica: quien se ahorra 60 GB tendrá que justificarlo.
La solución final: mini-ITX por 250€
El caso acaba en autodesmentida: quien descartó la torre y la placa mini-ITX terminó montando una. La lista: placa ASRock QC5000M con APU A-5000 y disipador pasivo,
68 euros; caja ITX con fuente tipo picoPSU pasiva de 60 W, 61 euros; 8 GB de RAM DDR3 a 1600 MHz, 33 euros; SSD Crucial de 240 GB, 65 euros. Total, alrededor de
250 euros, por debajo del presupuesto fijado y muy lejos del mini-PC de tienda de 507.
El ahorro, por tanto, no está en el aparato: está en montarlo. Y la pelea del consumo se queda sin resolver. Un procesador de portátil está diseñado para la eficiencia; uno de sobremesa, para la potencia bruta. La diferencia en la factura anual se cifra, según un cálculo crítico, en torno a
1,50 euros al año. Sacrificar prestaciones por eso tiene poco recorrido.
Con estos números, comprar el portátil y usarlo como sobremesa sigue teniendo sentido para quien no quiera complicarse. Y montar en casa, para quien no tema al destornillador. Queda la duda de fondo: si un portátil trae más por menos, ¿por qué el mercado insiste en vender menos por más?