Aznar Jr. planta 55 pisos turísticos en Bilbao: el negocio que desnuda el 'liberalismo de salón'
El primogénito de José María Aznar, expresidente del Gobierno, está a punto de aterrizar en el centro de Bilbao con 55 apartamentos turísticos de lujo. La operación, adelantada por El Economista, ha reabierto una vieja pregunta: ¿puede un liberal de pro hacer negocio en un sector profundamente intervenido?
La paradoja es mayúscula. España tiene el suelo urbanizable fuertemente regulado, con planes generales, licencias y una maraña administrativa que cualquier promotor conoce. Justo el escenario que los liberales teóricos denuncian cada semana en los medios. Sin embargo, el hijo del exmandatario ha optado por la vía inmobiliaria-turística, uno de los sectores más mediatizados por la administración.
Del yate en Cerdeña al garaje emprendedor
La trayectoria familiar ha dado un salto. De veranear en Oropesa del Mar, destino de clase media , a hacerlo en un yate en Cerdeña junto a Flavio Briatore. El contraste no pasa desapercibido para quienes siguen las carreras de los 'hijos de'. La ironía de que alguien que predicó el liberalismo desde La Moncloa termine operando en el sector inmobiliario turístico, el mismo que genera tensiones en los centros urbanos, alimenta la crítica.
Mientras tanto, en Estados Unidos se idealiza el 'garaje emprendedor' como cuna de innovación. En España, la iniciativa privada de alto copete parece centrarse en el ladrillo y las licencias municipales. Algunos analistas señalan que el verdadero emprendimiento aquí consiste en moverse con soltura entre los vericuetos del urbanismo intervenido.
El negocio familiar y las dudas sobre el capital
Una pregunta recurrente es quién financia realmente la operación. Con un padre que ha ocupado consejos de administración en grandes empresas y un cuñado de perfil mediático, la sombra del capital relacional planea. Los cálculos privados estiman que una promoción de 55 pisos turísticos en el centro de Bilbao requiere una inversión millonaria. La ausencia de una trayectoria empresarial previa del protagonista en el sector inmobiliario aviva las suspicacias.
El debate no es menor: ¿se le exige al hijo de Aznar el mismo esfuerzo que al resto de mortales? O, por el contrario, ¿el apellido es un activo que abre puertas en los despachos municipales?
La pregunta final queda en el aire: si el liberalismo es defender la mínima intervención, ¿cómo se justifica invertir en el sector que más permisos necesita? Quizá la respuesta esté en el pragmatismo de quién sabe jugar con las reglas del juego, aunque no le gusten.