Incendios simultáneos en el oeste: 100 investigados y una teoría incómoda
Más de cien personas detenidas o investigadas por provocar incendios en distintos puntos de la península. Esa es la cifra que sostiene la tesis de que lo ocurrido durante el último agosto no fue una temporada negra más, sino una operación coordinada. El patrón que describen los testimonios es siempre el mismo: multitud de focos separados entre sí, iniciados en una ventana de 24 a 48 horas, en la época más calurosa y seca y con viento si se tercia, para saturar a los servicios de extinción. Apagar por un sitio y ver brotar focos nuevos en las laderas de al lado.
La discusión no es si hubo pirómanos. La discusión es cuántos, con qué intención y a quién beneficia el caos. Y ahí las aguas se dividen.
Qué pasó en Valdeorras y en la Bañeza
El relato de primera mano sitúa el epicentro del desastre en la comarca de Valdeorras, en Orense. Días sin ver el sol por el humo, ceniza cayendo a todas horas, la fábrica de componentes de automoción quemada, casas calcinadas y el propio parque de bomberos pasto de las llamas. Confinamiento en casa, teléfono y luz cortados durante horas, algunas viviendas sin agua. Aldeas enteras arrasadas: San Vicente de Leira, donde solo se salvaron la iglesia y dos o tres casas, A Caridade, sin orden de evacuación según los testimonios, y el barrio alto de Castrocalbón, en la zona de La Bañeza, con una decena de casas quemadas.
La queja recurrente es la misma en todos los casos: la ayuda llegó tarde, con medios insuficientes y desbordados. Se sostiene que el despliegue militar se limitó a la UME, que el resto del Ejército no se movilizó alegando falta de formación para apagar fuegos, y que los medios europeos fueron llegando con cuentagotas mientras el fuego avanzaba. La declaración de emergencia nacional de primer orden, la que permitiría centralizar la respuesta, no llegó.
El 30% oficial frente al 70% de los estudios
Aquí está el punto donde el análisis se vuelve incómodo. La versión institucional sitúa en torno al 30% los incendios intencionados de esta temporada. Frente a eso, se cita un estudio que abarca unos quince años de siniestros en toda España y que concluye que más de un 70% fueron provocados por el ser humano. La diferencia no es menor: si la mayoría son intencionados, el relato del cambio climático como causa principal se queda cojo.
El gráfico que circula compara la superficie quemada de este año con la de la serie 2012-2024. No con la media. Con el máximo. Y el resultado, según ese cálculo, más que triplica el peor registro de la serie. Un dato así, si se confirma, no se explica con una ola de calor.
¿Por qué coinciden los focos en Galicia, Castilla y León y Extremadura?
La concentración geográfica es el argumento más repetido. Los focos se acumulan en la zona oeste del país, con especial incidencia en comunidades gobernadas por el PP, y el patrón se repite en el tiempo: los grandes incendios de California, los de Galicia y Portugal de hace unos años, siempre con el mismo modus operandi. Varios focos separados, iniciados en la ventana más crítica, con coordinación alta, que a veces acaban uniéndose en uno solo.
La lectura política que se hace de todo esto es que el Gobierno central habría buscado cargar el coste de la catástrofe sobre las comunidades autónomas, igual que se sostiene que ocurrió con la riada de Valencia: no regresar de viaje con muertos ya en las poblaciones, no mover un dedo en 72 horas, no aceptar ayuda externa. La comparación con el 11-M aparece explícitamente en el planteamiento inicial como táctica para dar la vuelta a unas encuestas adversas.
El negocio del monte quemado
Hay un hilo económico que recorre toda la discusión y que no depende de siglas. Un monte en pie vale poco. Un monte quemado abre oportunidades: recalificación de terrenos, parques solares y eólicos, centros de datos, minería de tierras raras y litio, granjas de insectos, embotelladoras de agua, reservorios de captura de carbono. La llamada destrucción creativa aplicada al suelo rural.
A eso se suma el mercado de la madera quemada o semiquemada, que se compra a precio de derribo por las empresas del sector, y el efecto perverso sobre los presupuestos: los servicios de extinción ven sus partidas congeladas cuando no arde nada y engordadas cuando arde todo. La sustitución de bosque autóctono de castaño por plantaciones de eucalipto completa el cuadro. El resultado, sostienen algunas voces, es la destrucción del único lugar donde un ser humano puede seguir siendo humano.
La hipótesis que no se puede probar
La teoría fuerte —fuegos provocados de forma masiva para cambiar la opinión pública y las encuestas— no tiene prueba documental en lo que se discute. Es una hipótesis, y como tal se plantea. Lo que sí hay son cien detenidos o investigados, un patrón de simultaneidad que los bomberos describen con perplejidad y una superficie quemada que, según el cálculo que circula, rompe la serie histórica.
La predicción con reservas es esta: si el patrón se repite el próximo verano con la misma concentración geográfica y la misma simultaneidad, la tesis de la casualidad se caerá sola. Si no se repite, quedará como una temporada excepcional. Nadie ha demostrado todavía cuál de las dos cosas estamos viendo.