La prima francesa que no reconoce la España de sus veranos
¿Qué ve alguien que vuelve a España cada tres años y compara lo que encuentra con lo que recuerda? Una francesa con familia aquí responde sin proponérselo. Veranea en el país desde hace dos décadas y, según el relato de su primo, se ha topado con una realidad que no encaja con la que esperaba: una nación «católica, conservadora y dura», parecida a la imagen que aquí se tiene de Polonia o Hungría. Lo que la ha dejado fuera de juego es otro asunto: sostiene que ya hay casi tantos extranjeros en las ciudades españolas como en París.
Eso es una percepción, no un censo. Pero alrededor de ella se ha armado una discusión que mezcla demografía, precio de la educación y clase social. Y en la que casi nadie defiende la tesis principal.
La España tradicional que ya no encuentra
La visitante venía con el mapa mental de hace veinte años. En él, Francia concentraba la inmigración africana y España seguía siendo un país de misa y orden. Su sorpresa no es tanto que existan migrantes como que aquí el fenómeno se le antoja equiparable al parisino.
Ni ella contaba con verlo tan cerca de casa.
Su pronóstico lo expone sin matices: ahora solo hay adultos, dice, pero cuando esas familias tengan cinco hijos por casa empezarán a verse aulas con una amplísima mayoría de alumnos de origen africano, transporte público copado y las famosas zonas donde la autoridad no entra. Es una proyección, no un dato. Y como toda proyección, admite discusión.
3.000 euros al mes por un liceo: el precio de la separación
El dato más llamativo que trae no es migratorio, es económico. En París, cuenta, las familias que quieren que sus hijos estudien con «gente normal» pagan
hasta 3.000 euros al mes por un liceo y hasta 30.000 euros al año por una universidad. Un mercado privado donde la homogeneidad social tiene tarifa y donde la segregación se compra al peso.
La comparación con España no sale gratis. Aquí existe una red de colegios concertados religiosos que hace de filtro y que buena parte de las respuestas señala como el mecanismo real para no compartir aula. En una zona de clase media de Sevilla, se apunta, un centro concertado no llega al
5% de alumnos extranjeros. Frente a eso, otra corriente matiza que Francia también tiene centros religiosos y que estos no siempre funcionan como refugio: se sostiene que desde la prohibición del velo en la escuela pública han absorbido alumnado de origen musulmán. La hipótesis de que allí no existe la red concertada, por tanto, queda en entredicho.
¿Está España al nivel de Francia en inmigración?
No, responde buena parte de las réplicas. Se considera exagerada la equiparación con París, y se recuerda que los porcentajes altos se concentran en Madrid, Barcelona o el País Vasco, mientras el resto del país vive otra cosa. El contraejemplo que más se repite es doméstico y cotidiano: un colegio concertado y un parque con columpios de un barrio medio, con mayoría de niños autóctonos.
Hay incluso quien invierte el relato. Se cuenta el caso de amigas francesas que veranean en Madrid y que flipan, sí, pero por lo contrario: por la seguridad de las calles y por la cantidad de policía visible. Y una voz resume la paradoja con sorna: el mismo país que lleva décadas considerándose el modelo de la diversidad es el que ahora mira a España con
lastimica.
El enigma de los niños que ya no se ven
Otra observación de la visitante ha calado más de lo esperado: hace veinte años, todo eran niños; ahora, ninguno. El dato no es menor y encaja con el desplome de la
natalidad, pero la respuesta es tajante: depende de dónde se mire. En los barrios periféricos hay niños a montones, y en las zonas de renta media también, solo que el visitante ocasional pasea por los mismos kilómetros cuadrados de siempre.
La discusión deriva entonces hacia la demografía de reemplazo, los nacimientos y quién sostiene las escuelas dentro de veinte años. Nadie aporta series oficiales; se habla de memoria y de lo que se ve en la puerta del colegio.
A quién se culpa de la deriva
El giro final es geopolítico y algo cínico. Francia teniendo pena de España, se ironiza, cuando es la misma Francia que ha promocionado y potenciado ese proceso junto a otros socios europeos. Que quien contribuyó al fenómeno venga ahora a dar lástima cierra el círculo: la culpa, se dice, no está en el que llega, sino en quien diseñó las reglas.
Entremedias, un aviso a navegantes: el próximo destino de la clase media que pueda moverse no es el sur, es Suiza o cualquier país con menos presión migratoria. La geografía del miedo tiene ya su propio mapa de precios.
Con un liceo a 3.000 euros al mes como filtro social, igual el problema no es quién llega al barrio, sino quién puede pagar por no verlo. La prima francesa se vuelve a casa convencida de que España ha cometido un error. Su primo, mientras tanto, se plantea mudarse a Suiza.