Cinco años saltando de valor en valor con 3.000 euros de partida
3.000 euros en 2009.
19.849 a finales de 2014. Entre esas dos cifras no hay gestora, ni equipo de analistas, ni producto empaquetado: hay una sola persona saltando de una acción a otra con una permanencia media de
63 días por valor. El objetivo declarado era mucho más ambicioso —convertir 3.000 euros en 300.000 para la jubilación—, pero el marcador de la primera vuelta dice que el capital se multiplicó por más de seis, con más de un 500% de ganancia bruta. Lejos del sueño. Y aun así, un resultado que más de un fondo firmaría con las dos manos.
El método: diez candidatos y una sola apuesta cada vez
La mecánica se explica en dos líneas y se ejecuta en años. Se mantiene una lista de diez valores que parecen interesantes, se elige uno solo, se mete ahí todo el capital disponible y se espera el momento de saltar al siguiente. La selección es declaradamente discrecional: pesa lo que cada compañía parece ofrecer y, sobre todo, la _intuición_ de quien decide.
El recorrido empezó en 2009 con Natra y siguió con Codere, Pescanova, Iberpapel, Rovi, Ence, CIE Automotive, Acciona o Tubacex. Los primeros pasos fueron en compañías pequeñas, los _chicharros_ de toda la vida, siempre a la caza de la mejor relación calidad-precio. Después llegó la internacionalización: Crédit Agricole, Exxon Mobil, Alcoa, Arcelor Mittal, Faes Farma, KBC Groupe, Consol Energy, Mediobanca, Nabors Industries y, ya en la última etapa, Apollo Group.
Los dos aciertos estrella y los dos agujeros de la cuenta
El balance que acompaña al experimento incluye operaciones redondas y otras que duelen solo de leerlas. CIE Automotive aportó un
+75% y KBC Groupe un
+66%, las dos mejores del historial. En el otro extremo, Alcoa dejó un
-30% y Arcelor Mittal un -19%. No es el currículum de un mesías bursátil: es un historial con errores caros y aciertos notablemente buenos.
Hay un detalle que explica mejor que ninguna tabla el nivel de concentración al que llega la estrategia. En un momento dado hubo
16.396 euros disponibles para invertirlos íntegros en Tubacex, y el propio inversor reconoce que le dio reparo meterlo todo en un valor de esas características. La otra mitad de su cabeza le respondía con un argumento repetido: el capital había empezado como un dinero a _fondo perdido_.
¿Se puede pasar de 3.000 euros a 300.000 con un solo valor?
Ahí empieza el desacuerdo. La réplica más dura no discute la rentabilidad conseguida, sino el procedimiento: concentrar todo el patrimonio en una única compañía equivale, según las críticas, a una _ruleta rusa_, porque basta un valor que quiebre o deje de cotizar para que la cuenta se vaya a cero. El sueño de la jubilación se convierte entonces en la pesadilla de la jubilación.
A esa objeción se suma otra de orden práctico que no siempre se tiene en cuenta: las plusvalías se liquidan con Hacienda cada año. Si un ejercicio se cierra con ganancias y al siguiente se mete todo en un valor que se hunde, hay que responder igualmente ante la Agencia Tributaria. ¿Con qué dinero? El consejo más repetido es el de reservar el capital inicial más la inflación, diversificar cuando la cifra se acerca a los 50.000 euros y no jugarse el patrimonio entero a una sola carta.
Frente a eso, el razonamiento del protagonista tiene su lógica interna: si el dinero se puso en marcha como una apuesta asumible, el precio de mantener el sueño es aceptar que algún día toque un valor malo.
El vértigo de arriesgar 17.082 euros en una sola operación
Los números van creciendo y con ellos la incomodidad. Vender Duro Felguera dejó 13.255 euros disponibles. Después llegó Almirall: entrada a 10,75 con
17.082 euros, salida a 12,58 y 19.849 euros en caja. Cada salto multiplica la cantidad que se pone sobre la mesa, y eso cambia la psicología de quien la pone. No es lo mismo arriesgar 3.000 euros que arriesgar la cifra que ya justificaría comprar un coche.
Noviembre de 2014: 19.849 euros y vuelta a empezar
La primera vuelta se cerró en la operación de Almirall, con más de un 500% de ganancia bruta acumulada desde 2009. La decisión se explicó sin adornos: el corazón pedía seguir, la cabeza pedía parar, y en bolsa manda la cabeza. «El dinero ganado en bolsa es un dinero prestado», se repite en el sector, y quien lo ganó prefirió no devolverlo entero.
El importe queda reservado para la universidad de un hijo y aparcado en fondos con poco componente de bolsa, mientras su autor advierte de que no gestiona cuentas de nadie ni asesora —para eso están las entidades inscritas en la CNMV— y de que cada cual responde de sus propias decisiones.
Queda la pregunta incómoda. Si el sistema funciona, ¿por qué parar? Y si se repite, ¿qué pasa el día que la lista de diez candidatos incluya el nombre que no vuelve a cotizar nunca?