Ser profesor: 2.100 € netos y aulas que expulsan docentes
¿Merece la pena ser profesor en España? La pregunta, que abre el planteamiento de esta discusión, tiene una respuesta incómoda: depende menos de la vocación que del código postal del instituto y del sueldo que quede después de pagar el
alquiler. El punto de partida es una descripción sin adornos de la ESO: adolescentes que no quieren estar ahí, algunos con conductas que se califican de delictivas, alumnado incorporado por edad y no por nivel real, y docentes con plaza que abandonan. Sobre esa base, el intercambio deriva hacia lo económico: nóminas, trienios, interinidad y coste de vida.
Cuánto cobra un profesor y cuánto le queda
Las cifras que circulan en la conversación son concretas. Un docente con plaza ronda los
2.000-2.100 euros netos, y con trienios acumulados puede acercarse a los
42.000 euros brutos anuales. Se reparte en 14 pagas, con alrededor de
18-20 horas lectivas semanales, festivos, Navidad y unos tres meses y medio de verano. Visto en frío, es de los mejores sueldos del empleo público para un A1.
El problema aparece al restar. En Madrid o Barcelona, hay quien calcula que
la mitad del sueldo se va en alquiler, sin ático ni zona pija. En provincias como Jaén, Cáceres o Cuenca, esos mismos 2.100 euros dan para vivir con holgura. La comparación con el andamio también se cuela: se gana más en la construcción, aunque el desgaste diario sea otro. Y una familia de cuatro gasta hoy más de
700 euros mensuales solo en alimentación.
Interinos, trienios y la trampa de la plaza
La carrera profesional tiene su propia geometría perversa. La plaza se asigna por nota y comunidad, y una vez obtenida te quedas donde te toque, salvo expediente brillante. Eso empuja a parte del profesorado a encadenar interinidades en ciudades grandes antes que aceptar un destino pequeño. La interinidad, además, no siempre es peor: permite elegir mejor el sitio, pero implica ir de centro en centro y cobrar menos.
La precariedad se concentra en los perfiles de más edad que llevan años dando vueltas por la región donde se examinaron:
2.000 euros menos 600 de alquiler, gasolina y víveres. El resultado es una profesión que se describe como precaria en lo económico y desbordada en lo burocrático.
El aula como contenedor: alumnos, padres y burocracia
El diagnóstico del alumnado es duro y se repite: niveles de atraso respecto a lo que deberían saber, currículos que no se terminan de impartir, padres que usan el instituto como guardería y una burocracia que consume tiempo con jerga pedagógica. Se añade una queja de género: los docentes varones describen dificultades para imponer disciplina sin ser señalados.
En el lado opuesto, hay quien sostiene que el problema no es el alumnado sino cierto profesorado: en institutos de buena fama y familias acomodadas, se denuncia que algunas docentes suspenden por criterios ideológicos. La conclusión compartida, paradójicamente, es la misma: la autoridad del profesor se ha diluido y la convivencia se resiente.
La comparación con el Paco de los 90
Aparece el clásico ejercicio nostálgico. El asalariado medio de los 90 mantenía casa, mujer y tres hijos con un sueldo, veraneaba en el pueblo y ahorraba. Hoy, con el mismo coste de empresa, el neto se queda en
1.200 euros y el gasto se come todo. La presión fiscal y el coste de la vivienda explican buena parte del diferencial. La conclusión es amarga: la abundancia se acabó y no se espera que vuelva.
La pregunta inicial sigue sin respuesta cerrada. Quien tiene plaza en una capital pequeña vive bien; quien la tiene en una gran ciudad, con aula conflictiva, vive amargado. Y así, entre el sueldo que no llega y el aula que expulsa, la vocación se convierte en un lujo que no todos pueden permitirse.