Clase C gana el Coche Mundial 2015 en pleno pleito sobre su calidad
El Mercedes Clase C acaba de llevarse el galardón de
Coche Mundial y la respuesta no fue un aplauso unánime. ¿Es de verdad tan bueno? ¿Está la marca en su mejor momento después de un periodo en el que parecía que Audi se lo comía todo? La pregunta abrió un inventario de dudas que va del diseño a la mecánica: plataformas compartidas,
diésel de cuatro cilindros, pantallas que emergen del salpicadero y, según el caso que relata un forero, una reparación de
600 euros por una bomba del limpiaparabrisas. El premio, en fin, no cerró ninguna discusión: la reabrió.
El premio que reabre la comparación con el W124
Hay una corriente que sostiene que Mercedes vive de las rentas y que desde el
W124 todo lo que vino después fue cuesta abajo. No es una postura marginal. Se apoya en una idea sencilla: la marca construyó su prestigio en el pasado y ahora compite en el mismo terreno que los demás. Frente a eso, otra lectura defiende que los diseños actuales han rejuvenecido la imagen de la casa y que la calidad percibida ha vuelto a subir en los últimos años.
¿Y el W140? Hay quien reivindica que aquel sí era un Mercedes de calidad avanzada. Reconocerlo equivale a admitir que la excelencia quedó atrás. La paradoja queda flotando: se premia el presente y se añora el pasado.
Compartir plataformas: el Clase A no es un Mercedes
La crítica más repetida apunta al intercambio de arquitecturas dentro del grupo alemán. Según uno de los participantes,
Audi, Seat, Volkswagen y Skoda son, en la práctica, el mismo coche con distinta carrocería, y lo demás es un ejercicio de marca y de mercadotecnia. Ese diagnóstico se extiende a Mercedes, acusada de difuminar la frontera entre la clase C, la clase E y la clase S.
Quien defiende a la marca traza una línea clara: la
clase E y el CLS, la clase S —con el SL incluido— y el clase G conservan su propia identidad. Fuera de ese grupo, el aviso es explícito: comprar un A, un B o un CLA es un riesgo, y quien cree que por eso tiene un Mercedes se engaña. En el extremo opuesto del gusto, los diseños clásicos y elegantes se reivindican frente a lo que se describe como horteradas modernas.
Diésel contra gasolina: la guerra dentro del propio garaje
Aquí la discusión se vuelve casi religiosa. Una parte no admite diésel en un Mercedes: el cuatro cilindros vibra, suena mal y, aun con aislantes nuevos, no convence. «Tienes una carraca con motor de tractor», resume una de las pullas más repetidas. Otra admite que un
diésel de seis u ocho cilindros es otro mundo, pero mantiene que el gasóleo no pinta nada en la casa de la estrella.
Los propietarios, sin embargo, cuentan otra cosa. Un
C220 Bluetec W205 recién estrenado deja a su dueño encantado, sobre todo por los faros ILS. Y un
W211 de 3.500 cc y 272 CV atmosférico se describe como uno de los coches mejor equipados que ha tenido. El matiz importa: la queja no va contra el coche que se compra, sino contra el motor que se le pone.
Electrónica, chapa y la factura de la placa SAM
Hay un caso que resume el malestar. La bomba del limpiaparabrisas deja de funcionar. La solución no es un simple interruptor: hay que cambiar la placa
SAM y pasar por caja. Seiscientos euros por lo que debería ser un fusible con nombre raro. Con ese ejemplo encima de la mesa, la conclusión que extrae el afectado es que sobra electrónica y falta robustez de chapa.
El argumento se completa apuntando a la competencia japonesa y coreana, que con menos ornamento tecnológico amenaza con comer terreno. Un coche que falla en lo simple —un chorro de agua— pierde argumentos para presumir de lo complejo.
De Maybach al Skoda Superb: el premium se desdibuja
Otro filón de crítica tiene que ver con la supresión de marcas y acabados. Maybach dejó de ser un fabricante independiente para convertirse en el
acabado tope de la clase S, igual que en su día lo fue el acabado Ghia en Ford. El nombre, se argumenta, ya no remite a nada distinto.
Y una comparación especialmente incómoda: según uno de los participantes, el Skoda Superb ofrece más espacio para las piernas en las plazas traseras que un
clase S normal, sin contar la versión larga. Si la excelencia se mide en centímetros de rodilla, el emblema no basta para justificar la diferencia de precio. La conclusión que circula es que lo mejor de Mercedes, hoy, es el CLS.
¿Merece entonces el Clase C el título de mejor coche del mundo? El galardón está concedido. El veredicto de quien lo conduce a diario, en cambio, sigue partido: hay propietarios que lo consideran el mejor coche que han tenido y foreros que dan por agotada la época dorada de la marca. Y mientras unos celebran el premio, otros esperan a que un Skoda les dé más sitio para las piernas. Con esos mimbres, ¿quién se atreve a decir cuál es el mejor coche del mundo?