Autistas adultos: la soledad silenciosa que nadie cuenta
Un hombre de 40 años, gamer, con una cuenta de Instagram desde 2020, sigue a miles de perfiles pero apenas tiene un seguidor. Publica fotos de sus colecciones de videojuegos y solo habla de su padre. No parece tener amigos. Es autista, «buenazo» según la expresión de quien lo sigue, y su futuro cuando el padre falte es una incógnita.
El coste invisible de la falta de redes
Este caso no es aislado. En un entorno donde la socialización masculina se canaliza a través de intereses compartidos —fútbol, música, bares—, quienes no encajan en esos moldes quedan fuera. Los «autis buenazos», como se les define, son personas con un perfil bajo, sin conflictos, pero también sin apoyos. El debate sobre la soledad no deseada suele centrarse en mayores, pero los adultos jóvenes con trastornos del espectro autista enfrentan un vacío de atención pública y privada.
Apoyo entre hombres, una deuda pendiente
Se ha señalado que los hombres no hacen piña entre ellos para ayudarse, ni siquiera en el anonimato de internet. Hay quien discrepa y recuerda que en un bar o con aficiones se integran con facilidad. Pero para quienes no beben, no siguen deportes ni tienen habilidades sociales convencionales, la red de seguridad simplemente no existe. La pregunta que flota es: ¿qué pasa cuando muere el padre? ¿Quién se hace cargo?
Más allá del caso concreto, el hilo deja un poso incómodo. La soledad de los «autis buenazos» es un problema económico y social: dependencia familiar, ausencia de redes laborales, riesgo de exclusión. Mientras no haya políticas de acompañamiento específicas para adultos autistas de alto funcionamiento, la historia de este gamer de 40 años se repetirá en miles de hogares.
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