España ya tiene más perros que niños menores de 14 años
En España hay
9.280.823 perros y
6.689.607 niños menores de 14 años. Son los últimos datos disponibles, de 2021, y dejan una brecha de más de dos millones y medio entre los animales que duermen en casa y la población infantil del país. La comparación cruza el censo de la Asociación Nacional de Fabricantes de Alimentos para Animales de Compañía con el del INE, y mide algo más que una afición: mide cómo se reparten el gasto y el afecto en los hogares españoles.
El detonante de la última vuelta de tuerca es un reportaje gráfico publicado por
YO DONA con cuatro familias que hablan de sus perros sin pedir permiso a nadie. Una de las entrevistadas lo resume así: «En casa, soy
mami y mi marido,
papi. Soy feliz, no necesito la aprobación de nadie».
El perro que ocupa el sitio del hijo
Rosa Ardá tiene 49 años, es enfermera y firma el blog de recetas para Thermomix Velocidad Cuchara. Su kerry blue terrier, Camilo, ladra sin parar hasta que ella aparece y entonces se convierte en una balsa de aceite. Antes hubo otro: Willy, un fox terrier que llegó en 2000 y vivió 14 años. Entre uno y otro, ella y su marido intentaron tener hijos. Cinco fecundaciones in vitro. Ninguna funcionó. «Pero yo ya tenía perro antes», aclara.
Beltrán Bardavío, 34 años, regenta en Madrid el obrador de tartas Fanatic y tampoco sabe estar sin perro. Blas, un cruce de pastor alemán y husky, es «una alfombra»; Noa, una husky pelirroja. Hace dos meses enterró al tercero, que murió con 16 años después de recogerlo de la calle: «Lo he pasado muy mal. Muy mal». Su explicación no admite matices: «Lo que me ha dado un perro me lo han dado pocas personas en mi vida».
La familia también puede ser de cuatro patas
El reportaje abre una arista que los estudios de estructura familiar suelen ignorar: hay núcleos en los que el animal no es un complemento, sino un miembro de pleno derecho. En el mismo número de la revista aparecen otros reportajes sobre modelos familiares —madres lesbianas que han tenido hijos por el método ROPA («yo soy mami y mi mujer es mamá»), una embarazada que recurrió a un embrión donado y un padre con dos custodias compartidas repartidas entre Madrid y Menorca que se define como «padre por empeño»—, aunque estos no tratan sobre perros.
Las familias perrunas entrevistadas no piden comprensión. Ahí está el dato que subrayan ellas mismas: no hay reivindicación, hay convicción.
Un mercado como cualquier otro
Alrededor de estos hogares ha crecido un negocio que ya no se limita al pienso. Arneses, camas y comederos son la base, pero el catálogo incluye carritos de transporte similares a los de bebé, ropajes variados y hasta piscinitas para mantener frescos a los animales en verano.
No todos los dueños caen en la misma trampa. Hay quien mantiene la distancia y considera a sus perros exactamente eso, animales: sin gorritos, sin tarta de cumpleaños —por mucho que se tenga el obrador a mano—, aunque con un hueso envuelto en Navidad que abren ellos mismos.
Caca, ladridos y parques en disputa
La convivencia urbana es el punto donde el consenso se rompe. La queja más repetida no tiene nada de filosófica: suciedad en aceras, muros y césped, orines sobre los que se camina a diario, ladridos en cualquier franja horaria y perros sueltos sin correa ni bozal. Hay quien relata que una discusión entre quienes paseaban perros sin atar y un grupo de niños jugando al balón acabó con la policía en el parque y con el argumento, esgrimido a gritos, de que los perros también tienen derechos.
Frente a eso, hay quien sostiene que los animales no son titulares de derechos, sino objeto de obligaciones ajenas: vacunar, pasear, alimentar y recoger lo que dejan. De ahí salta la propuesta fiscal de un participante: si un perro en la ciudad funciona en la práctica como un artículo de lujo, que tribute en consecuencia. También aparece, como idea de otro usuario, que el IVA del pienso sirva al menos para sostener a quienes sí tienen hijos.
«Dan amor a cambio de nada»
Es la frase que resume la defensa y también el punto que más irrita a la otra mitad. Los dueños hablan de amor incondicional, de compañía que no juzga y de una fidelidad que ninguna persona garantiza. En un caso concreto, el de un negocio de repostería que atravesó meses de incertidumbre durante la pandemia, los paseos diarios funcionaron como sostén emocional.
La réplica llega con un argumento economicista: a cambio de nada, no. Casa, comida, veterinario y afecto gratis. El perro no discute, no se independiza y no deja de depender nunca; hay quien sostiene que eso no es amor, sino dependencia, y que quien lo confunde está eligiendo un vínculo que no puede fallarle. La definición de
perrhijo queda así en el aire, entre el cariño y el contrato.
El trasfondo demográfico
La natalidad española lleva años en mínimos y en el hilo la comparación internacional aparece en cuanto se rasca la superficie del asunto. Una parte de la conversación deriva hacia la demografía comparada: hay quien sostiene que el peso demográfico y religioso decidirá qué cultura acabará pesando más en el continente, un pronóstico que los propios participantes formulan como proyección y no como dato.
Queda una duda sin resolver. Si un perro da compañía, obliga a salir de casa y llena un hueco que la demografía ya había dejado vacío, ¿sustituye al hijo o es el único habitante que quedaba por contabilizar en unos hogares cada vez más pequeños?