Ceuta: 45 agresiones sexuales y una polémica que ya no es menor
El dato es demoledor: más de 45 agresiones sexuales en Ceuta en lo que va de año. La paradoja es que nadie en la conversación pública pone el número en duda, pero no existe una estadística oficial única que lo respalde. Mientras tanto, la ciudad autónoma se ha convertido en el termómetro de una crisis migratoria que el relato oficial intenta contener con operativos policiales y que la calle percibe como descontrol.
Una cifra que no es solo policial
El asunto trasciende la seguridad: condiciona la vida comercial, la actividad turística y la percepción de las familias que habitan la frontera sur de Europa. En la conversación pública se contraponen dos lecturas. Una sostiene que las instituciones restan importancia a los hechos para no alimentar el discurso antiinmigración. La otra, más escéptica con el dato, recuerda que en el pasado han circulado imágenes manipuladas, como una placa conmemorativa de los atentados de Casablanca que fue modificada y difundida como prueba.
El Código Penal se cuela en la polémica
El tono subió cuando aparecieron los artículos 582 y 583 de la Ley Orgánica 10/1995, los que castigan con prisión de doce a veinte años al español que facilite al enemigo la entrada en España o filtre información que pueda favorecer sus operaciones. Trasladar la gestión de la frontera a ese terreno, aunque sea como recurso retórico, evidencia hasta dónde ha llegado la desconfianza en el Ejecutivo de Pedro Sánchez. Del otro lado se responde con ironía: los mismos que piden mano dura fueron los que celebraron la relajación de algunos estándares en otras materias.
El coste económico y político de la frontera
La presencia policial, los escoltas y los despliegues no salen gratis. Las imágenes de autoridades protegidas por un amplio dispositivo, con cifras que rondan los 160 efectivos según se apunta, se convirtieron en símbolo del coste de mantener el orden. La pregunta económica de fondo es incómoda: quién paga la factura de una frontera que parece desbordada y quién asume el impacto reputacional sobre una ciudad que vive del comercio y del tránsito con Marruecos. No hay respuesta —ni oficina estadística que la ofrezca— en el material disponible.
El dato de las 45 agresiones puede ser verificado o desmentido, pero la grieta que destapa no la cierra ningún comunicado oficial. ¿Puede una ciudad fronteriza absorber esa presión sin romper su tejido social y económico? La evidencia disponible no lo sabe. O no quiere contarlo.