Marlaska escurre el bulto con Ceuta y la bronca sube de tono
Hay una imagen que define la política española cuando se encienden las alarmas: un ministro que, en plena crisis, se limita a no responder. Con Ceuta en el centro de la actualidad por la última crisis migratoria, Fernando Grande-Marlaska concentra el reproche de quienes le acusan de eludir cualquier responsabilidad. El malestar no es nuevo, pero esta vez ha escalado: no solo se le piden explicaciones, se le exigen consecuencias.
En el lado más duro de la polémica se sostiene que la actitud ministerial forma parte de un patrón: la agenda global de redistribución a la que está adscrito el Gobierno debilitaría la posición española frente a Jovenlandia. Ceuta, Melilla y Canarias quedarían, según esta lectura, expuestas a un plan a largo plazo que no se discute abiertamente. Es una tesis que no se sostiene con documentos, pero que recorre buena parte del malestar. Hay quien recuerda, frente a eso, que la responsabilidad política se asumía de otra manera en tiempos anteriores y que la evasiva es síntoma de algo mayor.
La conversación acaba en un lugar inesperado: la desintegración del Virreinato del Río de la Plata y el papel de Simón Bolívar. Cuando la gente salta de la gestión de una frontera a la herencia colonial, la bronca ya no va solo de Marlaska.