Revivir un ordenador viejo con Linux en lugar de tirarlo
Un Pentium II con 64 MB de RAM todavía puede funcionar. El hierro aguanta; lo que caduca es el sistema operativo. Cuando Microsoft cerró el soporte de Windows XP, muchos equipos perfectamente funcionales se quedaron sin parches de seguridad y, con ellos, mucha gente se planteó por primera vez qué hacer con una máquina que sigue encendiendo. La respuesta que más se repite es también la más barata: instalar una
distro ligera de Linux y no comprar nada nuevo. Mantener vivo un PC viejo deja de ser un capricho de nostálgicos y pasa a ser una decisión económica.
Qué distribuciones devuelven la vida a un PC antiguo
El catálogo es amplio y la clave está en el uso. Para navegar, ofimática, música y streaming, el abanico va desde opciones con soporte de empresa hasta proyectos que caben en un disquete. Ubuntu es la puerta de entrada habitual, pero sus requisitos pueden superar lo que da una máquina vieja; de ahí que Lubuntu y Xubuntu, con escritorios más ligeros, sean la recomendación recurrente para gráficas y RAM escasas.
Más abajo en exigencia están Puppy Linux, que consume normalmente 64 MB de RAM y se ha llegado a probar en un Pentium II, o Damn Small Linux y CrunchBang. Con Puppy, según quien lo ha probado en un Pentium II, el equipo de hace dos décadas sigue siendo útil con un sistema actualizado y completo. En el mercado de segunda mano, los portátiles profesionales tipo Lenovo ThinkPad se señalan como máquinas especialmente bien soportadas.
De PC rescatado a servidor doméstico
El uso no tiene por qué ser de escritorio. Un equipo reciclado sirve como servidor para el Chromecast, para la propia nube con OwnCloud o para reproducir en red con DLNA. Ahí entran distribuciones como Open Media Vault, pensada para montar un NAS doméstico, frente a FreeNAS, más orientada a entornos profesionales. Para quien solo quiere música y películas en el salón, es la salida más sencilla para un trasto que iba camino de la basura.
¿Por qué Windows XP deja de ser una opción?
El argumento se repite sin matices: XP no deja de funcionar, deja de estar protegido. Hay quien compra un equipo de segunda mano precisamente porque trae XP, para jugar a títulos antiguos con un antivirus de pago. El problema no es que arranque, sino que, como resume un participante, es un coladero: sin actualizaciones, cada agujero nuevo se queda abierto para siempre.
Y el software moderno tampoco perdona. El rediseño en alta definición de un clásico de estrategia de los noventa pide, según el cálculo de un usuario que lo compara, entre 10 y 15 veces más recursos que el original para jugar al mismo juego.
El coste oculto: la luz frente a la licencia
Aquí aparece la primera grieta seria del relato. Hay quien sostiene que un ordenador de hace veinte años consume bastante más energía que uno actual comprado de segunda mano por 50 o 100 euros, y que ese sobrecoste puede comerse el ahorro en licencias. Quien defiende alargar la vida del equipo responde que el consumo se gestiona con el perfil de energía adecuado y que una fuente de 750 W solo traga a tope cuando se le exige. El cálculo depende del uso real de cada casa.
Linux no es «instalar y listo»
La objeción más repetida no es ideológica, es práctica. Adaptar Linux a un equipo concreto es, para los más escépticos, una lotería: hay que mirar qué kernel y qué servidor gráfico encajan, y no todo el mundo acierta. La recomendación de los veteranos es tirar de hardware Intel, donde los problemas son menores, y desconfiar de las actualizaciones de kernel que rompen lo que ya funcionaba.
Los ejemplos domésticos matizan esa lotería. Hay quien ha instalado Linux en dos equipos radicalmente distintos, un mini portátil y un portátil de marca, para sus padres, de 71 y 68 años, y ninguno ha pedido volver a Windows. El detalle incómodo: alguien tuvo que dejárselo montado y funcionando.
Las grietas que el software libre no tapa
En casa el balance es bueno; en lo profesional, más discutible. Faltan tarjetas de sonido profesionales bien soportadas, la edición de vídeo decente escasea y las suites de contabilidad o ERP apenas responden. Los formularios PDF de las administraciones, de esos que hay que rellenar y enviar, siguen atascándose fuera de Adobe.
Hay dos corrientes. Una sostiene que para cada programa de pago existe alternativa libre con prestaciones equivalentes. Otra recuerda que AutoCAD bajo Wine funciona mal y que programas como DraftSight son gratuitos, sí, pero no software libre, como se corrigió a quien lo presentaba como alternativa libre. La distinción no es un matiz de puristas: marca qué puedes modificar y qué no.
Quién apaga el fuego cuando el sistema falla
El punto que más divide es la posventa. Con Windows, el usuario llama a su informático de confianza; con Linux, la ayuda llega por los foros de la comunidad elegida, que responden rápido pero exigen otro modo de pensar. Si el sistema se rompe tras una actualización, la pantalla negra no llama a nadie. Ese es el coste real que no aparece en ninguna comparativa de precios.
Con el ahorro de licencias sobre la mesa, la cuenta parece clara. Y sin embargo nadie acaba de ponerse de acuerdo en cuánto pesa el tiempo que alguien tendrá que dedicarle cuando algo se rompa.