Marcha por la neutralidad española en la guerra de Ucrania
Domingo 9, doce de la mañana, frente al Congreso de los Diputados. Una convocatoria ciudadana pide que España no entre en la guerra de Ucrania. El lema, repetido en redes:
no es nuestra guerra. La cita la difunden el abogado Rubén Gisbert y el analista Pedro Baños, y la respalda el partido Iustitia Europa, cuyo presidente, Luis María Pardo, aparece en directo en la puerta. La manifestación se celebra sin apenas eco en los grandes medios.
El punto de partida es una tesis sencilla: la clase política europea ha tomado decisiones que comprometen la seguridad del continente sin preguntar a los ciudadanos. España, recuerdan, no ha tenido guerra con Rusia ni con Ucrania. Sí con Estados Unidos, Francia, Inglaterra o los Países Bajos. Ese contraste, sostienen, debería dar qué pensar.
Qué pide la convocatoria del 9M
La convocatoria se articula en torno a la neutralidad. No a la guerra, sí a la paz, y sobre todo: que España no se convierta en beligerante. El argumento de fondo es que enviar armamento convierte al país en parte del conflicto.
España es el cuarto país que más aporta al fondo por la paz, según se subraya en la discusión, y el Gobierno prometió
1.000 millones de ayuda, una cifra que saldría de impuestos o deuda.
Hay quien lo plantea como una cuestión de bolsillo: si alguien quiere donar o alistarse como mercenario, que lo haga. Pero que no se pague con dinero público. Otros van más allá y sostienen que la neutralidad es la única posición racional para un país que no tiene intereses directos en el Donbás.
Por qué la manifestación no salió en los medios
El silencio informativo se convierte en uno de los temas centrales. No hubo cobertura previa, salvo un par de notas que tildaban a los convocantes de prorrusos. Tampoco después. La comparación con 2003 es inevitable: entonces, con Aznar y el trío de las Azores, el
no a la guerra era omnipresente. Hoy, radio silencio.
La explicación que circula es que la izquierda institucional ha cambiado de posición. No hay un solo político de la antigua Izquierda Unida en la marcha, se lamenta, cuando ese partido nació precisamente para oponerse a la OTAN. El cálculo es amargo: si la manifestación hubiera sido para enviar españoles al frente, habría publicidad 24/7.
El argumento de la disuasión y sus grietas
Frente a la neutralidad se alza el argumento de la seguridad colectiva. Si un país como España quiere defenderse sin aliados, está vendido. La OTAN, la UE, los compromisos internacionales: todo eso es lo que impide que un vecino hostil haga lo que quiera. Es la posición que defiende, por ejemplo, un médico de centro de salud citado en la conversación, convencido de que ayudar a Ucrania es defender los valores democráticos.
La respuesta desde el otro lado es rápida: en las guerras siempre hay quien gana y quien pierde, y el más fuerte se impone. Los valores democráticos no se defienden con obuses. Y si se defienden, que se defiendan con vidas propias, no con las ajenas.
El trasfondo: quién paga la reconstrucción
Más allá del debate moral, hay un cálculo económico que sobrevuela toda la discusión. La guerra durará hasta el último euro europeo, se dice. Después, la reconstrucción la pagará Europa. Los recursos de Ucrania los aprovechará Estados Unidos. Los militares para protegerlos los pondrá Europa. El balance, para el contribuyente español, es difícil de digerir.
A eso se añade el recuerdo de Budapest. Ucrania renunció a su arsenal nuclear a cambio de garantías de integridad territorial. Desde entonces, Crimea y el Donbás. La lección que extraen algunos es que los acuerdos no valen nada y que la única seguridad real es la propia. La que extraen otros es que precisamente por eso hay que apoyar a quien resiste.
Quién convoca y quién no
La convocatoria no viene de los partidos tradicionales. Viene de voces sueltas, de analistas, de un partido minoritario. Eso limita el alcance y también la legitimidad a ojos de algunos. Pero también explica el silencio mediático: sin siglas grandes detrás, no hay noticia.
El resultado, a falta de datos oficiales de asistencia, es una manifestación pequeña en número y grande en simbolismo. La pregunta que queda flotando es si el descontento con el envío de armas es minoritario o simplemente invisible. Con estos mimbres, la respuesta no está escrita.