La guerra según Rubén Gisbert: la tesis que incomoda a los dos bandos
La tesis de Rubén Gisbert sobre Ucrania cabe en una frase que no gusta a nadie: la guerra se entiende sin buenos ni malos. El youtuber y analista aplica al conflicto la teoría del poder que atribuye al jurista Antonio García-Trevijano, y el resultado es incómodo igual para quien repite el marco de la OTAN que para quien busca un aliado en Moscú. Si se quitan la bondad y la maldad, viene a decir, lo que queda es
un país que busca la hegemonía y ataca indirectamente a otro más débil que persigue la suya. El pulso arrastra tiempo y sigue sin árbitro.
Qué defiende quien analiza la guerra con la teoría del poder
Sus partidarios sostienen que el análisis no toma partido. En lugar de repartir culpas, describe intereses: los de Estados Unidos y los de Rusia. Desde esa óptica, las explicaciones no se fijan en la bondad o maldad de los hechos, sino en las relaciones de fuerza.
Toda guerra se puede justificar diciendo que Estados Unidos la provocó, responden los críticos, y ahí arranca el choque de verdad.
Quien se alinea con esa metodología insiste en un dato de trayectoria: mantiene los mismos argumentos desde antes de que empezara el conflicto, cuando casi nadie adoptaba todavía la lectura geopolítica. No entró en sentimentalismos ni en hooliganismo de bando, señalan. Otros le reprochan justo lo contrario: que esa neutralidad es un disfraz y que su perspectiva acaba coincidiendo con la del Kremlin.
¿Son compatibles la democracia formal y el expansionismo?
Aquí el matiz importa. Una cosa es que Estados Unidos tenga una democracia formal, entendida como mecanismo interno de funcionamiento, y otra su modo de actuar hacia el exterior. Los dos planos no se anulan. La democracia formal sería, como mucho, un requisito para buscar después soluciones justas, no la panacea: una sociedad puede relajarse y convertirse en algo muy distinto de lo que promete su sistema.
Ese argumento se usa para desmontar una contradicción aparente. Quien acusa al analista de defender ayer la democracia estadounidense y hoy a Rusia recibe la misma respuesta: no son cosas excluyentes. La crítica al doble rasero —
no puedes censurar a Estados Unidos sin que te llamen prorruso— recorre toda la discusión y explica buena parte de su virulencia.
La disuasión nuclear y el fantasma de la crisis de los misiles
El razonamiento estratégico se apoya en un clásico de la Guerra Fría. La destrucción mutua asegurada funcionaba porque el agredido tendría tiempo de lanzar sus propias armas y nadie ganaría. Si la OTAN coloca bases de misiles y aviones con capacidad nuclear a minutos de Moscú, ese equilibrio se rompe: el primer ataque podría arrasar bases y ciudades antes de cualquier respuesta. El precedente que se cita es la crisis de los misiles de Cuba, cuando la URSS intentó poner una pistola en el costado de su rival.
De ahí sale la lectura sobre Ucrania: si un país vecino entra en la Alianza, Rusia queda a merced de Washington. El reproche opuesto tampoco tarda. El argumento, dicen sus detractores, sirve para justificar cualquier invasión por adelantado.
El 9 de mayo y las tres bombas: las predicciones más discutidas
Hay fechas puestas. En una de sus intervenciones se fija el final de la guerra el
9 de mayo, para que coincida con el Día de la Victoria Rusa, y bajo un cielo azul. Otros escenarios atribuidos a ese tipo de lecturas contemplan tres bombas nucleares sobre tres ciudades como vía rápida para cerrar el conflicto. Los materiales han sido recibidos con burla en amplios sectores.
Las acusaciones de oportunismo se acumulan. Se dice que defiende una u otra posición según el rédito que calcule para su canal, y se cita un episodio en el que habría admitido que apoyó a unos creadores porque le reportaba promoción. Quienes le siguen desde hace años rebajan el tono: admiten que puede ser áspero y que le cuesta rectificar, y reivindican su derecho a equivocarse sin sumarse a la imposición de una única versión oficial.
El desgaste de quien aborda todos los temas
Parte de la audiencia no le perdona la variedad de registros. Se le describe como un generalista que lo mismo habla de economía que de Afganistán, de un país africano o de una receta de cocina. La comparación que más se repite es con divulgadores económicos de perfil más técnico, a los que se concede mayor rigor en la lectura de fuentes. Detrás aparece una acusación de fondo: la de construir autoridad sin admitir error.
La conversación deriva a veces hacia otras tesis del personaje, como su defensa del poder de la abstención, un discurso que él considera silenciado en los medios. En ese punto los reproches se mezclan con la filiación política que cada cual le atribuye, y el análisis de la guerra queda en segundo plano.
Cierre
El debate sigue abierto, con partidarios y críticos de este enfoque.