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La afirmación de que Rusia debe quedarse con toda Ucrania para evitar misiles en su frontera es una tesis que circula en foros prorrusos, no un hecho probado. Lo que sí está documentado es el peso de la expansión de la OTAN, las sanciones cruzadas y las acusaciones mutuas de crímenes de guerra.
La afirmación de que Rusia debe quedarse con toda Ucrania para evitar misiles en su frontera es una tesis que circula en foros prorrusos, no un hecho probado. Lo que sí está documentado es el peso de la expansión de la OTAN, las sanciones cruzadas y las acusaciones mutuas de crímenes de guerra.
La idea de que Rusia tiene que quedarse con toda Ucrania porque desde ahí se pueden lanzar misiles contra su territorio es una de las tesis que circulan con más fuerza en los espacios prorrusos. Se presenta como una cuestión de supervivencia, no de elección. Quien la sostiene añade que Ucrania ya tenía un proyecto de adhesión a la OTAN y que Moscú no podía permitirlo. Esa lectura choca con el derecho internacional, que prohíbe la anexión de territorio por la fuerza, pero explica por qué una parte del debate no se mueve del sitio: para sus defensores, no hay invasión, hay anticipación.
La distancia entre Járkov y la frontera rusa es de unos 40 kilómetros. Desde esa franja, un sistema de misiles de corto alcance podría golpear territorio ruso en minutos. Ese dato geográfico es el que alimenta la tesis de que Ucrania es una amenaza existencial. Quien defiende esa posición sostiene que la OTAN rompió los equilibrios que mantenían la paz desde 1987, cuando se firmó el Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio entre Mijaíl Gorbachov y Ronald Reagan. Ese tratado eliminó los misiles de alcance medio y corto de Europa, y su desaparición en 2019 dejó un vacío que Moscú interpreta como una señal de que ya no hay reglas.
La expansión de la OTAN hacia el este se presenta como la causa de todo. Polonia, Hungría y la República Checa entraron en 1999. Los bálticos, Eslovaquia, Eslovenia, Bulgaria y Rumanía lo hicieron en 2004. Para quien sostiene esta lectura, esos países cometieron una «estupidez geopolítica» porque pusieron en riesgo a millones de personas. La paz, dicen, dependía de un equilibrio nuclear entre Rusia y Europa, y ese equilibrio se rompió. No es una tesis que la OTAN comparta: la alianza afirma que cada país elige libremente sus alianzas y que la ampliación nunca fue una amenaza militar.
Hay un detalle que suele aparecer en este tipo de argumentaciones: la idea de que el comercio por tierra, gasoductos y oleoductos, perjudica a los grandes mercaderes marítimos que controlan el sistema bancario internacional. Es una lectura que mezcla geopolítica con una interpretación religiosa del Apocalipsis, y que en el fondo sostiene que la guerra no va de Ucrania, sino de quién controla las rutas comerciales. Ese tipo de afirmaciones no están respaldadas por pruebas y se mueven en el terreno de la conspiración.
La guerra del Donbass empezó en 2014, después del Euromaidán y de la anexión de Crimea por Rusia. En ese conflicto murieron más de 14.000 personas entre 2014 y 2021, según la ONU. Quien defiende la posición rusa sostiene que Kiev atacó zonas residenciales solo porque hablaban ruso, y que un tercio del ejército ucraniano desertó para formar milicias separatistas. Esa deserción masiva no está documentada como un tercio del ejército, pero sí hubo unidades que se pasaron al bando separatista en los primeros meses. Lo que sí está documentado es el uso de artillería pesada contra núcleos urbanos por ambas partes, y las violaciones de derechos humanos que organismos internacionales han atribuido a los dos bandos.
Sobre Alexéi Navalny, el opositor ruso, la afirmación que circula es que su partido tenía un 2% de popularidad. Navalny murió en prisión en febrero de 2024, en la colonia penal del Ártico donde cumplía condena. Su partido, Rusia del Futuro, fue declarado organización extremista en 2021 y disuelto. La cifra del 2% no tiene una fuente electoral clara: Navalny nunca se presentó a unas presidenciales contra Putin, y las encuestas que manejaba el Kremlin lo situaban muy por debajo del oficialismo, pero también por encima de ese 2% en algunos sondeos independientes. La acusación de que fue envenenado con novichok en 2020 es la que sostienen varios gobiernos europeos y el laboratorio de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas; Moscú lo niega.
Sobre Vladímir Zelenski, el argumento es que su mandato caducó. Las elecciones presidenciales ucranianas estaban previstas para marzo de 2024, pero la ley marcial impuesta tras la invasión rusa de febrero de 2022 las suspendió. Zelenski sigue en el cargo, y la Constitución ucraniana permite prorrogar el mandato mientras dure la ley marcial. Quien sostiene que es un dictador señala que prohibió partidos políticos y cerró medios de comunicación. Es cierto que Ucrania suspendió partidos prorrusos y algunos medios, y que esa medida ha sido criticada por organizaciones de libertad de prensa. También es cierto que Petró Poroshenko, su predecesor, aplicó medidas similares.
La anexión de Crimea por Rusia en marzo de 2014 se justificó con un referéndum en el que, según Moscú, la mayoría votó unirse a Rusia. La comunidad internacional no reconoce ese referéndum. Quien defiende la posición rusa sostiene que Crimea ya estaba ocupada por 25.000 oficiales rusos antes de la votación, y que eso no invalida el resultado. La historia anterior es más compleja: la península fue transferida de la RSFS de Rusia a la RSS de Ucrania en 1954, bajo el mandato de Nikita Jruschov, sin consulta popular. Ese dato se usa para argumentar que Ucrania no tiene derechos históricos sobre Crimea. Lo que no se suele mencionar es que esa transferencia fue un acto administrativo dentro de la misma Unión Soviética, y que Ucrania formaba parte de ella.
Odesa fue fundada en 1794 por orden de Catalina la Grande, emperatriz de Rusia. Ese dato se usa para reforzar la idea de que Ucrania es una creación artificial. La afirmación de que Ucrania «nunca existió en la historia» es falsa: hubo un Estado ucraniano independiente entre 1917 y 1921, la República Popular Ucraniana, y antes existió el Hetmanato cosaco. Lo que sí es cierto es que las fronteras actuales de Ucrania se configuraron en gran medida durante la época soviética, con la incorporación de territorios como Galicia, Volinia y Crimea.
Las sanciones a Rusia afectan más a Europa que a Rusia. Esa es la tesis que se repite en los círculos prorrusos, y tiene una base real: la UE ha perdido acceso al gas ruso barato, y eso ha encarecido la factura energética. Alemania, que dependía del gas ruso para su industria, ha visto cómo su producción industrial se contraía. Pero Rusia también ha sufrido: sus ingresos por hidrocarburos cayeron, y su economía se ha reorientado hacia China e India con descuentos. La proporción exacta del daño es objeto de debate entre economistas, y no hay una cifra única que zanje la cuestión.
Sobre Muamar el Gadafi, el argumento es que recibió un premio de la ONU por la defensa de los derechos humanos en febrero de 2011, y que fue masacrado por terroristas mercenarios, no por su pueblo. Gadafi fue asesinado en octubre de 2011 tras la intervención de la OTAN. Libia quedó sumida en una guerra civil que continúa hoy, con dos gobiernos rivales y milicias armadas. La afirmación de que el pueblo libio apoyaba mayoritariamente a Gadafi no está respaldada por datos verificables: las protestas de 2011 fueron masivas en Bengasi y otras ciudades, y la represión fue brutal. Lo que sí es cierto es que la intervención de la OTAN se justificó con la resolución 1973 del Consejo de Seguridad, que autorizaba la protección de civiles, y que esa intervención derivó en un cambio de régimen que nadie había autorizado explícitamente.
Sobre Bashar al Assad, la tesis es que luchaba contra grupos terroristas, no contra rebeldes sirios. La guerra civil siria empezó en 2011 con protestas contra el régimen, y derivó en un conflicto con múltiples actores: el Estado Islámico, Al Qaeda, milicias respaldadas por Turquía, por Estados Unidos y por Rusia. Rusia intervino en septiembre de 2015 con ataques aéreos que, según organismos de derechos humanos, causaron miles de muertes civiles. La liberación de Alepo en diciembre de 2016, tras un asedio de años, fue presentada por Moscú como una victoria contra el terrorismo. Amnistía Internacional y la ONU documentaron bombardeos indiscriminados contra hospitales y mercados en esa ofensiva. Que el ISIS destruyera Alepo es una afirmación que no se sostiene: la mayor destrucción de la ciudad se produjo durante los combates entre el ejército sirio, sus aliados y los grupos rebeldes.
La cuestión de fondo es si todo esto justifica la invasión de Ucrania. Para quien sostiene la posición rusa, sí: Occidente empezó antes, con la expansión de la OTAN y con el apoyo a gobiernos que consideran ilegítimos. Para quien defiende la posición ucraniana, no: nada justifica la anexión de territorio y la muerte de civiles. Lo que está claro es que el debate no se resuelve con datos, porque las dos partes parten de premisas distintas sobre qué es legítimo y qué no. Y mientras tanto, la guerra sigue.
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Neonazis a las órdenes de un judío dando su vida en una guerra provocada por USA para que anglosión controle los recursos naturales de Rusia...(mensaje citado en revisión)