La nomenklatura de Stalin comía caviar mientras el país pasaba hambre
En el verano de 1932, mientras millones de campesinos soviéticos se morían de hambre en las planicies de Ucrania y el Volga, los residentes de la Casa de Gobierno de la plaza Bolotnaya de Moscú —la que Yuri Trifonov inmortalizó como «La casa del terraplén»— recibían una ración mensual que hoy sonaría a menú de hotel de lujo:
4 kilos de carne, 4 de embutidos, 1,5 de mantequilla, 2 litros de aceite, 6 kilos de pescado fresco, 2 de arenque, 3 de azúcar, 3 de cereales, 8 latas de conservas, 20 huevos, 2 kilos de queso y 1 kilo de caviar negro. Además, 1.200 cigarrillos, 50 gramos de té, dos pastillas de jabón y un litro de leche al día. Un extracto del libro de la historiadora Elena Osokina, «La alquimia de la industrialización soviética. La época de Torgsin», publicado por la editorial New Literary Review y difundido por el medio ruso Lenta.ru, pone cifras a una realidad incómoda: la cúpula del régimen comunista no pasaba hambre. Nunca.
¿Cuántos privilegiados había en el país de los soviets?
Cuando el sistema de tarjetas se abolió a mediados de los años treinta, los ejecutivos que recibían la ración especial «letra A» —la mejor del país— eran
4.500 personas. El grupo de empleados responsables con la ración «letra B» sumaba 41.500. Y el escalón más alto de científicos, 1.900. Todas las cifras excluyen a los familiares. Si se añaden pensionistas personales de relevancia sindical y republicana y antiguos presos políticos, el total de familias con suministros especiales en un país de 160 millones de habitantes ascendía a
55.500, de las cuales 45.000 vivían en Moscú.
La paradoja que desmonta el relato oficial es que, estrictamente, en la URSS solo una persona no vivía de raciones, cupones y pedidos: Stalin. El resto de la dirección, incluidos los miembros del Politburó, comía de una ración. Abundante, casi gratis, pero ración al fin y al cabo. El listón de riqueza material de la élite soviética en la primera mitad de los años treinta, sostiene el extracto, apenas superaba las capacidades de los estratos altos de la clase media occidental. Ropa y zapatos llegaban por cupón: en el verano de 1931, un empleado responsable con «letra B» tenía derecho a un abrigo de invierno, un impermeable, un traje, un pantalón, tres camisas, cuatro pares de ropa interior, 24 metros de tela, seis pares de calcetines, doce pastillas de jabón, dos pares de zapatos, dos de chanclas y dos sábanas al año. Todo un alarde de austeridad revolucionaria.
Apartamentos de cinco habitaciones y servicio doméstico pagado por el Estado
La élite vivía en casas de construcción estatal con tres, cuatro y hasta cinco habitaciones por familia, atendidas por un ejército de conserjes, mecánicos, electricistas y fogoneros cuyo sueldo salía del erario público. Los muebles se compraban o se repartían en el almacén del Kremlin. Quien tuviera gusto y ganas podía convertir su apartamento en un museo: el del miembro del Politburó y del Comité Ejecutivo Central E.Ya. Ruzutaka, según las pruebas citadas, parecía una pinacoteca. Los dirigentes vestían con chaquetas, camisas suaves y uniformes militares, y sus salarios eran los más altos del país, aunque en una economía de escasez y provisión estatal casi gratuita el dinero importaba poco. El prestigio estaba en conseguir un apartamento en el Kremlin, donde no había vacantes.
El contraste con la calle no admite matices. El salto industrial de un país campesino se pagó con los ahorros personales de los ciudadanos: durante los años de hambre de los primeros planes quinquenales, los soviéticos cambiaban oro, moneda extranjera y objetos de metales preciosos por harina de centeno, cereales, azúcar y bienes básicos en las tiendas Torgsin. El Estado era un proyecto experimental cuya lógica interna permitía sobrevivir al sistema, no a la población.
La defensa del legado: potencia industrial frente a hambruna
La reacción al extracto reproduce un choque de relatos que lleva décadas sin resolverse. Una parte del análisis sostiene que la URSS partió de un país arrasado y atrasado, con una población desnutrida y en buena parte analfabeta, y lo convirtió en la mayor potencia mundial en pocas décadas, con un tejido industrial que aún sostiene la capacidad militar rusa. Ese mismo argumento atribuye a la existencia del bloque soviético la extensión del estado de bienestar y el New Deal en Occidente. La otra corriente responde con los datos de Osokina y con la hambruna: no se construye una potencia mediante el hambre, y el sistema colectivista arruinó la economía antes incluso de la guerra. En 1919, los ingresos medios en la Rusia soviética habían caído a menos de 600 dólares internacionales a precios de 1990, menos de la mitad que en 1913, un nivel que hoy solo se ve en los países más pobres del mundo.
Hay quien recuerda que Stalin sigue ocupando los primeros puestos en las encuestas rusas de relevancia histórica, y quien responde que la Rusia actual es un país nacionalista, capitalista y de ortodoxia cristiana, sin continuidad real con el proyecto soviético. La discusión deriva hacia la vivienda: el mito de la vivienda gratuita en la URSS se sostiene mal, porque si algo se reparte gratis alguien lo ha pagado antes, y los ciudadanos soviéticos reembolsaron su coste de forma indirecta y a un precio superior al de una hipoteca estadounidense media. El reparto lo hacía el Estado, no el mercado, con sus propias reglas de acceso, listas y privilegios.
El punto exacto donde el análisis se atasca es el de siempre: si la élite vivía con caviar y cinco habitaciones mientras 160 millones de personas cambiaban sus alianzas de oro por harina de centeno, ¿qué queda del relato igualitario? La respuesta que da el material no es una opinión, es una lista de la compra.