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OS VAIS A REÍR, PERO…
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No hay 20 millones de votos comprados: esas cifras no se pueden sumar porque las mismas personas aparecen en varios grupos. Lo relevante es que millones de hogares deciden mirando su nómina, su pensión, su alquiler o su ayuda, no un informe sobre déficit.
En España, más de 9,5 millones de pensionistas, 3,647 millones de empleados públicos y varios millones de personas que reciben prestaciones o tienen su salario regulado por el Estado. Esa es la foto que descoloca a quien mira las elecciones solo como izquierda contra derecha. No hace falta imaginar a 25 millones de comunistas leyendo a Marx antes de acostarse. Basta con ver cuánta gente tiene una parte importante de su renta conectada a decisiones públicas. La aritmética importa más que la etiqueta.
La Seguridad Social pagó 10,55 millones de pensiones a más de 9,5 millones de personas en septiembre de 2026. Los empleados públicos sumaban 3,647 millones según la EPA del segundo trimestre de 2026. El SMI de 2026 está en 1.221 euros por 14 pagas y el Gobierno estima que afecta a unos 2,5 millones de trabajadores. A finales de julio había 1,857 millones de beneficiarios de prestaciones por desempleo. El Ingreso Mínimo Vital llegaba en agosto a 893.820 hogares y 2,726 millones de personas, con más de 1,1 millones de menores dentro. Los menores no votan, conviene no contarlos como papeletas.
Esas cifras no se suman. Un pensionista puede tener una mujer funcionaria. Un parado puede vivir en una casa que cobra el IMV. Alguien que cobra el SMI puede recibir ayuda al alquiler. Hay menores dentro del IMV. Hay pensionistas que votan a Vox y funcionarios que votan al PP. La superposición es la norma, no la excepción. Por eso no existen “20 millones de votos comprados”. Sería una tontería estadística. Pero tampoco hace falta que existan.
Para millones de electores, la política económica no es una discusión abstracta sobre déficit, productividad o deuda pública. Es literalmente qué pasa con mi nómina, mi pensión, mi alquiler o mi ayuda el mes que viene. El autónomo piensa que le están friendo. El pequeño empresario ve otra regulación cada año. El currante que cobra 1.200 euros puede pensar que le han subido el mínimo. El beneficiario de una ayuda puede preferir lo conocido. El funcionario se pregunta quién le ofrece más plazas, subidas o estabilidad. El pensionista, quién le garantiza que esto sigue subiendo. El veinteañero sin piso, quién le promete alquiler barato, bono, vivienda pública o transporte subvencionado.
Da igual que algunas de esas expectativas sean acertadas, equivocadas o puro marketing electoral. En política también se votan expectativas. España tenía 37,47 millones de electores en las generales de 2023. Cuando varios millones de personas están tocadas directamente por salarios regulados, prestaciones y transferencias, otros millones por el empleo público y más de nueve millones por las pensiones, la discusión sobre el tamaño del Estado deja de ser puramente ideológica. El Estado ya está dentro de la economía familiar. El votante no entra en la cabina con el informe del Banco de España debajo del brazo. Entra pensando en él.
Aquí está la paradoja. El mismo votante que dice que España necesita bajar el gasto público puede añadir cinco minutos después: mi pensión ni tocarla, mi plaza ni tocarla, mi deducción ni tocarla, mi ayuda ni tocarla, mi convenio ni tocarlo, mi subvención ni tocarla. Recortad, sí. Pero lo mío no. Esa tensión no es un detalle menor. Es la política económica real de cada casa.
La batalla electoral, entonces, no se reduce a izquierda contra derecha. Es quién convence a más hogares de que con él tienen más cosas que conservar o más cosas que recibir. El PSOE y sus socios tienen una narrativa evidente: SMI más alto, pensiones, IMV, ayudas, protección del alquiler, vivienda pública, más derechos laborales y más gasto social. La derecha puede responder con impuestos, vivienda vía oferta, crecimiento, empleo privado y otras ofertas económicas. El PP y sus aliados necesitan que el votante crea que esa alternativa deja más dinero o más seguridad en su bolsillo, no en el PIB dentro de diez años.
Nada de esto garantiza una mayoría absoluta. Las cifras no suman votos automáticamente. Pero hay una masa enorme de población cuya relación económica con el Estado es directa. Mientras unos miran encuestas, escándalos y titulares, otros miran algo más sencillo: qué gobierno cree que le pone más dinero, servicios o protección sobre la mesa. Ahí se decide una parte importante de cada elección. Y eso no lo arregla un titular.
OS VAIS A REÍR, PERO…