Los nuevos jubilados vascos cobran 2.117 euros al mes
La pensión media de los nuevos jubilados vascos alcanza los
2.117 euros mensuales, un 24% más que los trabajadores que se retiran en el resto de España. La brecha no es un espejismo: de media, los jubilados vascos ingresan
1.832 euros al mes, 328 más que la media estatal de 1.503. Y si se aísla el régimen general, sin autónomos, la pensión media vasca escala hasta los
2.069 euros, 406 por encima del promedio nacional de 1.663. El dato, difundido a partir de una información de Actualidad Económica, ha reabierto la vieja herida territorial: ¿cotizaron más o simplemente viven donde la vida cuesta más?
El coste de la vida se come el diferencial
El primer argumento que aparece es el de la lógica industrial. En el País Vasco los salarios medios han sido históricamente más altos por el peso de la industria, y eso se traslada a la cotización y, después, a la pensión. Pero ahí no acaba la cuenta.
El coste de la vida también ha sido más elevado, y hay quien sostiene que esos 300 euros de diferencia no compensan vivir en una región donde la vivienda se dispara.
El cálculo inmobiliario es el más repetido. En Asturias o Salamanca, con
200.000 euros se compra un chalé independiente de 200 metros; en Euskadi, algo similar cuesta mínimo 500.000 y a reformar. Un piso de dos o tres habitaciones con garaje y trastero ya roza los 350.000. La brecha salarial se estrella contra el ladrillo.
La otra cara es la fiscalidad y el precio de la cesta de la compra. Hay quien defiende que los alimentos soportan menos impuestos en el País Vasco y que una botella de refresco o un litro de leche de marca blanca salen más baratos en Bilbao que en Logroño. El diferencial de precios, según esta lectura, jugaría a favor de los vascos, no en su contra.
¿Por qué las pensiones vascas son más altas que la media?
Porque el sistema es contributivo y no geográfico:
tanto cotizaste, tanto recibes. Esa es la clave que repiten quienes defienden el modelo. Las pensiones no dependen de la región donde se cobran, sino de la carrera laboral. Si en Euskadi los sueldos fueron más altos y la industria pagó mejores bases, la pensión resultante es mayor. El problema, añaden, no es de los jubilados vascos, sino de los salarios jóvenes en el resto del país.
La caja, sin embargo, es única.
La Seguridad Social es común y no hay compartimentos territoriales. Ese es el argumento que utilizan quienes consideran que el sistema redistribuye de facto entre regiones. Hay quien sostiene que el déficit anual del sistema vasco se cifra en unos
3.000 millones de euros, cubiertos en parte con cotizaciones del resto de España y en parte con deuda pública emitida por el Estado. La relación, según esta opinión, se parecería más a la de huésped y parásito que a la de solidaridad interterritorial.
El agujero que nadie quiere mirar
Más allá del eje territorial, el asunto de fondo es la sostenibilidad. Hay quien afirma que
este año se destinan 60.000 millones de euros de otros impuestos a cubrir el agujero de las pensiones, aproximadamente la mitad de lo recaudado por IRPF. Según estos análisis, se ha eliminado el tope máximo de cotización, se ha introducido un nuevo impuesto del 0,6% y los años cotizados necesarios para la jubilación no dejan de subir. La pirámide demográfica no aguanta: la parte más ancha todavía cotiza, pero en quince años se dará la vuelta.
La esperanza de vida oficial,
83,1 años en 2022 —85,8 en mujeres, 80,3 en hombres—, choca con la percepción de quienes ven morir a su entorno mucho antes. La estadística dice una cosa y la experiencia personal, otra. Y en ese hueco se cuela la sospecha de que el sistema se sostiene sobre una ficción contable.
Jóvenes, sueldos y una pirámide que se estrecha
El malestar no es contra los jubilados, sino contra la aritmética. Hay quien señala que
los sueldos jóvenes no llegan a dos veces el SMI en muchos casos, mientras las pensiones medias superan los 1.800 euros. La queja se dirige al enemigo equivocado, apuntan algunos: el problema no es lo que cobra el abuelo, sino lo que no cobra el nieto. La discusión deriva hacia la vivienda pública que no se construye, las inversiones que no llegan y una deuda que se refinancia cada año.
La pelea territorial, en el fondo, es una forma de esquivar la pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el sistema deje de poder pagar?
La natalidad está por los suelos, la mitad de los nacimientos son de madres inmigrantes y la pirámide no se sostiene por mucho que se suban los años de cotización. La predicción más repetida es que esto cae, por las buenas o por las malas, y que los que hoy tienen cincuenta serán los primeros en notarlo.
Con estos diferenciales, la migración interior de jubilados vascos hacia regiones más baratas debería ser masiva. No lo es. La casa, la sanidad y la red familiar pesan más que el diferencial de precios. La pregunta no es si el sistema es justo, sino cuánto tiempo más puede fingir que lo es.