La muerte de Timothy Treadwell: seis minutos que desmontaron un mito
¿Hacerse el muerto o pelelar? La respuesta depende de qué tipo de ataque tengas delante. Para Timothy Treadwell y Amie Hugenard no hubo tiempo de elegir bien: el 5 de octubre de 2003, un oso grizzly los atacó en el Parque Nacional Katmai, en Alaska. El ataque, que duró unos seis minutos, quedó registrado en una cinta que desde entonces alimenta leyendas, bulos y una preguta incómoda: ¿hasta qué punto fue una muerte anunciada?
Treadwell llevaba 13 años documentando osos en la zona. Se presentaba como conservacionista y decía “amarlos”. La lectura posterior de su figura es menos indulgente: no era un científ co, sino un activista con una relación obsesiva con los animales, capaz de acampar en territorio de grizzlies sin armas y, al parecer, sin spray defensivo. Quienes conocen el caso subrayan que el propio Treadwell había identificado al oso que lo mató como agresivo y territorial mucho antes del ataque.
La cinta que no debería existir
La grabación del ataque es el gran misterio de esta historia. No es un vídeo: es un audio de unos seis minutos. Y no, no es el audio que circula por internet desde hace años. La cinta original sigue en una caja fuerte de Jewel Palovak, exnovia de Treadwell y custodia de su legado. Palovak ha decidido no escucharla nunca; solo un puñado de personas la ha oído con su permiso, entre ellos el director del documental Grizzly Man, que le recomendó que la destruyera. Que el documental se titule así y que la cinta siga existiendo es, digámoslo, una ironía de las buenas.
Hacerse el muerto: la instrucción que cambia según el oso
El “hazte el muerto” que se escuchó entre los gritos no fue solo un grito desesperado: fue, probablemente, la peor estrategia posible. El criterio del Servicio de Parques Nacionales estadounidense es claro. Ante un ataque defensivo —sorprender al oso o cruzarse con una hembra con crías— hay que echarse boca abajo, protegere la nuca y esperar. Ante un ataque depredador —el oso te acecha o entra en la tienda—, la regla es la contraria: pelelar y concentrar los golpes en la cara y el hocico. El ataque a Treadwell y Hugenard encaja en el segundo supuesto. Hacerse el muerto ante un oso que viene a comerte no es un protocolo: es un menú.
La historia se resiste a la moraleja fácil. Hay quien ve en Treadwell a un idealista que pagó con su vida el error de humanizar a un depredador; hay quien lo ve como un obsesivo que sabía exactamente lo que hacía y asumió el riesgo. Hay un dato que lo complica todo: el oso que lo mató era conocido por agresivo, y Treadwell lo había comentado en sus grabaciones. Sabía el riesgo. Y aun así volvió. El oso, por su parte, no ha ofrecido declaraciones: siguió con su vida, que era exactamente lo que Treadwell quería proteger.