Los 'Martínez' que se creen vascos: el radicalismo del converso
Hay una escena que se repite, según un mensaje inicial del debate, en las cuadrillas de Algorta y en las sociedades gastronómicas de Bilbao: llega la hija con un novio de apellido Martínez y se desata el drama. «¿Qué va a pensar la cuadrilla?», se lamentan. El chico, ajeno al desprecio, ondea la ikurriña con más fervor que nadie. Es el síndrome del converso, el mismo que llevó a un tal Imanol a ser más papista que el Papa, según ese mismo mensaje. La discusión, que arrancó con un mensaje incendiario, derivó en un análisis sobre quién es realmente vasco y quién solo lo parece.
El mito del apellido vasco: Martínez y Sánchez también lo son
La primera falacia que se desmonta es la de la pureza etimológica. Uno de los participantes saca a relucir que «García tiene su origen en el País Vasco» y que «Martínez y Sánchez también tienen origen en el País Vasco». Es decir, que los apellidos que muchos consideran castellanos son tan vascos como el euskera. La respuesta no se hace esperar: «Martínez o Sánchez son patronímicos», réplica que no invalida el hecho de que el sufijo -ez sea común en la onomástica vasca. La conclusión es que el apellido no define la identidad, pero la identidad sí se aferra al apellido.
Otro interviniente va más allá y sentencia que «el 95% de los vascos son MAKETOS = apellidos y orígenes parciales o totales de otras partes de España». Y pone ejemplos: «la rata etarra Otegi que se apellida SÁNCHEZ de cuarto apellido, o el actual lehendakari que se apellida PRADALES GIL». La ironía es que, en su propia ideología, esos apellidos les convierten en «impuros», aunque ellos se vean como «raza superior».
El converso: más radical que el autóctono
El fenómeno del converso no es nuevo. La historia está llena de ejemplos: el que llega tarde a una causa abraza el dogma con una intensidad que avergüenza a los fundadores. En el caso vasco, el debate lo ilustra con un caso real: «Conozco un Gómez Sánchez, defensor a ultranza del idioma vasco, nacionalista hasta la médula, para el que España siempre ha sido una nación opresora». La comparación que se lanza es demoledora: «Es como un judío queriéndose afiliar al partido Nazi de Hitler». La hipérbole sirve para subrayar la contradicción de quien reniega de su origen para abrazar una causa que, en teoría, le desprecia.
La pregunta que flota es por qué alguien haría eso. La respuesta que se insinúa es la búsqueda de aceptación. El converso necesita demostrar que pertenece, y para ello no basta con ser; hay que parecerlo. De ahí que ondee ikurriñas catalanas, como se menciona en el mensaje inicial, para demostrar lo mucho que odia la tierra de sus abuelos. Es la paradoja del que reniega de su apellido para ganar un carnet de identidad que nunca tendrá.
La lengua como campo de batalla
El euskera se convierte en el campo de batalla donde se dirimen estas tensiones. Un participante recuerda que «conozco gente que ha repetido por suspender euskera, en los 90, tanto en educación secundaria como en bachillerato». La imposición del idioma como requisito académico generó resistencias y, paradójicamente, reforzó la división entre los que lo dominaban y los que no. Otro añade que «el castellano está muy influenciado por la lengua vasca (fonética y vocabulario)», lo que desmonta la idea de que sean compartimentos estancos.
La discusión deriva hacia la construcción de una cultura a la carta. «Se ha ido seleccionando o adaptando lo que interesaba. Lo que no interesaba al discurso político se dejaba fuera», sostiene un interviniente. El resultado, según esta visión, es un «engendro» que amenaza con arrasar la verdadera cultura vasca. La crítica no es solo a la imposición, sino a la manipulación interesada de la historia.
El futuro: ¿nacionalismo en extinción?
El análisis más repetido en los mensajes finales es el demográfico. «La media de edad del nacionalista vasco o catalán debe estar ya por encima de los 55 años», se afirma. Y se cita una supuesta declaración del PNV: «el Lehendakari del futuro se llamará Hassan», una forma suave de comunicar que el relevo generacional no llegará. La conclusión es que «en 20 años esos nacionalismos estarán recluidos en geriátricos». La inmigración y la mezcla demográfica diluirían la base social del nacionalismo, dejando a los conversos más radicales como reliquias de un pasado que se apaga.
Frente a esto, surge la voz de la experiencia: «pues yo soy al revés, vasco de apellidos y raza y estoy en España sur viviendo tan agustito... no quiero saber nada de los traidorazos de mis paisanos». La ironía final es que el verdadero vasco, el de apellidos ancestrales, reniega del nacionalismo mientras el converso lo abraza. El dato que descoloca es que, según este relato, los que más gritan son los que menos tienen que gritar.
Datos clave del debate:
- El 95% de los vascos tendrían apellidos de origen no vasco, según un participante.
- Otegi se apellida Sánchez de cuarto apellido; el lehendakari, Pradales Gil.
- La media de edad del nacionalista vasco o catalán superaría los 55 años.
- En los años 90, algunos estudiantes repetían por suspender euskera.