Semana Santa con hoteles al 93% y un cálculo que circula sobre un tercio menos de plazas que en 2019
Irse de vacaciones en España se ha convertido, para muchos participantes del debate, en un ejercicio de paciencia y de cartera. Los hoteles de la Costa da Morte rozaron el 93% de ocupación en Semana Santa y los de Extremadura rondaron el 90%, según los datos que se citan en el hilo. Todo lleno. Todo caro. Y, sin embargo, con menos camas disponibles que antes según un cálculo que circula: en 2019 había casi un millón y medio de plazas hoteleras; ahora las fuentes extraoficiales hablan de unas 900.000 y el INE de 1.100.000. La cuenta que se hace en el debate es sencilla:
se habrían destruido alrededor de 400.000 plazas mientras la demanda no deja de crecer.
El resultado, según quienes participan en la conversación, es un mercado que exprime cada habitación y cada mesa de restaurante. Quien viaja en temporada alta paga precios de Oslo con salarios que no lo son. Quien vive en una zona turística ve cómo el barrio se transforma, cómo el alquiler sube y cómo el vecino de toda la vida se marcha. La queja recorre el país de norte a sur, aunque no todos la cuentan igual.
Qué ha pasado con las plazas hoteleras en España
El dato más incómodo no es la masificación, sino la capacidad.
Entre 2019 y la fecha de esta discusión se habrían perdido cientos de miles de plazas hoteleras, según el recuento que circula entre profesionales del sector. El INE reconoce 1.100.000; las fuentes extraoficiales bajan la cifra a 900.000. La horquilla es enorme y nadie la explica con detalle.
Lo que sí se sostiene es que la ocupación se dispara con menos oferta. Un destino con un 30% menos de camas y la misma demanda no baja precios: los sube. Y los sube hasta donde el visitante extranjero esté dispuesto a pagar, que suele ser bastante más que el turista nacional.
Hay quien sostiene que el crecimiento económico que se pregona se apoya en una base falsa: si el punto de partida es la quiebra, cualquier rebote parece un milagro. El cálculo completo, partida a partida, deja una conclusión incómoda sobre cuánto de ese crecimiento es recuperación y cuánto es simple inflación de precios turísticos.
Por qué los españoles se quedan sin sitio en su propio país
La experiencia se repite, según varios relatos del hilo, en la costa mediterránea, en Baleares y en buena parte del litoral. Vecinos de toda la vida cuentan que en ciertos locales turísticos se les ha negado el servicio o se les ha pedido que se marchen por ser españoles. No es un fenómeno masivo, pero sí suficientemente repetido como para que aparezca en cualquier conversación de barra de bar.
El patrón tiene, para algunos participantes, una lógica económica perversa. El turista extranjero de alto poder adquisitivo paga más por lo mismo. El establecimiento optimiza para él. El cliente local, que gasta menos y en temporada baja, se convierte en un estorbo. No hay conspiración: hay margen de beneficio.
A eso se suma la presión sobre la vivienda. Los barrios populares se encarecen con la llegada de residentes extranjeros con sueldos más altos; las zonas turísticas se encarecen con la llegada de visitantes. El trabajador autóctono acaba viviendo cada vez más lejos de su puesto de trabajo. La expulsión no es un decreto: es una consecuencia.
El turista nacional cambia de estrategia: norte, interior y fuera de temporada
La respuesta de una parte de los viajeros españoles no es dejar de viajar, sino cambiar cuándo y adónde.
Cada vez más gente concentra sus escapadas en invierno y principios de primavera, cuando la costa mediterránea se puede recorrer sin atascos y con aparcamiento disponible.
El norte y el interior ganan enteros. La España vacía se convierte en refugio para quien ya no soporta el calor húmedo, los guiris borrachos y las terrazas a reventar. Incluso Mallorca, en febrero, parece otra isla. Las excepciones son conocidas: la costa de Málaga, el Maresme barcelonés y la costa de Alicante están hasta arriba los doce meses.
El problema es que ese turismo de proximidad también se encarece. Los precios de la hostelería suben en todas partes y el margen del viajero nacional se estrecha. La estrategia funciona, pero cada vez cuesta más sostenerla.
El coste real: impuestos, hipoteca y poco margen para el ocio
La queja de fondo no es turística, es fiscal. Un cálculo recurrente en estas discusiones sostiene que de doce meses de trabajo, siete se van en impuestos y cotizaciones. Quedan cinco meses de salario para comer todo el año, pagar hipoteca o alquiler y afrontar imprevistos. Con ese margen, un viaje es un lujo, no una necesidad.
La presión se nota especialmente en quienes ya tienen la vivienda pagada y en quienes cobran nóminas de dos mil euros: ahí los gastos fijos son manejables y queda algo para escaparse. Para el resto, cualquier avería doméstica —lavadora, coche, dentista— desbarata el presupuesto durante meses.
El resultado es una España de dos velocidades vacacionales. Una parte viaja al extranjero y presume de ello; otra mira los precios de un apartamento en la costa y se queda en casa. La brecha no es de gusto, es de nómina.
Qué se puede esperar de la próxima temporada alta
Con la oferta hotelera reducida y la demanda internacional sostenida, los precios no van a bajar. La ocupación seguirá alta mientras el turista extranjero mantenga su capacidad de gasto. Si esa capacidad se resiente por una crisis global, el ajuste será brusco y llegará por el lado del empleo turístico.
Mientras tanto, el viajero nacional tiene tres opciones: pagar, cambiar de fechas o quedarse. Ninguna es cómoda. La primera vacía el bolsillo, la segunda exige flexibilidad laboral que muchos no tienen y la tercera renuncia a algo que hasta hace poco se daba por hecho.
La predicción, con todas las reservas, es que la temporada alta de este año volverá a batir registros de ocupación y de precio. Y que la conversación sobre quién puede permitirse viajar seguirá sonando igual el próximo verano.