El Palacio de Berlín abre con polémica tras su reconstrucción
El Stadtschloss de Berlín, el Palacio Real que durante siglos fue residencia de los electores de Brandemburgo, reyes de Prusia y emperadores alemanes, ha vuelto a estar en pie. La obra, que se ha prolongado años, culmina con la colocación del escudo de Prusia sobre el arco principal, sostenido por dos águilas. Pero la reconstrucción no ha sido un simple ejercicio de nostalgia: ha reabierto en Europa una discusión incómoda sobre qué se reconstruye, quién lo paga y qué se elige recordar.
El edificio original, dañado por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, conservaba en 1945 toda su estructura. El Gobierno comunista de la RDA prefirió demoler los restos. Durante décadas, el solar albergó el Palacio de la República, conocido popularmente como «la tienda de lámparas de Erich», un edificio que tampoco se salvó. La decisión de reconstruir el palacio barroco a las puertas del siglo XXI ha enfrentado a quienes ven en ello una restitución de la identidad alemana y a quienes lo consideran un decorado, una falsificación histórica con reaccionarioda moderna.
Un palacio a medio camino entre el museo y el centro comercial
El Humboldt Forum, nombre del complejo que ocupa el reconstruido palacio, aspira a ser el equivalente berlinés del Louvre o del British Museum. Para dirigirlo se fichó al ex director del British, un detalle que no pasó inadvertido. El interior es moderno, con salas de conferencias y restaurantes; solo algunas estancias conservan la distribución original. En la reaccionarioda, la recreación barroca convive con tramos de hormigón que algunos críticos describen como «un aparcamiento soviético». Los partidos de izquierda de Berlín llegaron a pedir que la cúpula no llevara la cruz, un pulso simbólico que se saldó con la linterna dorada y la cruz en lo alto.
De Potsdam a Budapest: la fiebre reconstructora europea
Berlín no es un caso aislado. En Potsdam se levantó de nuevo el palacio Barberini y los edificios de su plaza, que hace veinte años era un descampado. En Budapest se han reconstruido las caballerizas del palacio real y el cuartel de la guardia; el siguiente paso será la antigua cúpula. En Frankfurt, un edificio brutalista fue derribado para recuperar las calles en torno a la catedral, con una mezcla de edificios históricos y réplicas. Moscú también planea restaurar dos monasterios del Kremlin arrasados por Stalin. La fiebre constructora contrasta con Londres, donde el boom inmobiliario se lleva por delante ejemplos que sobrevivieron a los bombardeos. La ironía no se le escapa a nadie: mientras unos reconstruyen palacios para el turismo, otros derriban historia para construir pisos.
Los Hohenzollern, entre los tribunales y el 40% de los rumanos
La reconstrucción del pasado imperial tiene también su vertiente judicial. Jorge Federico de Prusia, tataranieto de Guillermo II, mantiene un litigio con el Estado alemán para recuperar propiedades expropiadas por los comunistas en la antigua RDA, como el palacio de Cecilienhof. En Rumanía, el 40% de la población se declara monárquica, pero la pelea familiar entre la rama de la familia real no ayuda. El futuro de las monarquías europeas, en cualquier caso, no es el centro de la discusión: lo es la arquitectura como herramienta de legitimación.
¿Autenticidad o nostalgia? La discusión que no se cierra
Frente a la euforia reconstructora, hay quien sostiene que lo que se erige ahora es un invento, un decorado que solo engaña a los menos interesados en la arquitectura. «Es una falsificación», se argumenta. La respuesta más desafiante llega del otro extremo: la arquitectura moderna se entenderá en el futuro como se entiende hoy la tosca arquitectura de la Alta Edad Media. Una época de decadencia. Sobre las ruinas de los cubos y prismas de la modernidad, renacerán los nuevos góticos y barrocos. La historia, dicen, tiene esas cosas.
El Palacio de Berlín ya está terminado. El escudo de Prusia, las águilas, las inscripciones dedicadas a quien convirtió la ciudad en capital del ducado y a quien hizo la reforma barroca, lucen en su reaccionarioda. Queda pendiente una cosa: quién habitará ese pasado reconstruido y qué se contará dentro de sus salas modernas. El pasado imperial ha vuelto. El presente, como siempre, pone las facturas.