Los cinco errores que lastraron a España, según un debate histórico
Imagina que España pudiera rebobinar la cinta. ¿Dónde habría que cortar? Un planteamiento inicial enumera cinco fallos que, a juicio de quien los formula, explican por qué el país llegó tarde a casi todo: la conquista árabe de 711, la colonización de América basada en el mestizaje, la victoria borbónica en la Guerra de Sucesión, la ausencia de una Revolución Industrial extendida y la dictadura franquista. La tesis no es nueva, pero el desglose tiene su gracia: sostiene que los visigodos debieron resistir mejor el empuje musulmán, que una conquista «a la británica» habría bastado con poblar el Cono Sur y las islas caribeñas, y que Franco debió perder la Segunda Guerra Mundial junto al Eje para que España entrara en el Plan Marshall como los demás perdedores.
La conversación derivó rápido hacia terrenos más ásperos. Un sector del análisis sostiene que el error no fue la ocupación en sí, sino la dependencia del Vaticano y la ausencia de una revolución liberal al estilo de 1688 o 1789. Otro bloque defiende exactamente lo contrario: que el franquismo no fue un error sino una necesidad, y que la verdadera rémora llegó después, con el sistema de 1978. Y en medio, un tercer grupo apunta a la invasión napoleónica como el verdadero punto de no retorno: la España que nació tras ella, dicen, ya era otra cosa.
¿Por qué se culpa a la conquista árabe del atraso español?
El primer punto del planteamiento sostiene que siglos de presencia musulmana en la península lastraron la evolución del país, y compara el caso con el de Francia, Alemania, Gran Bretaña o Italia, que no habrían tenido ese problema. La respuesta más repetida es que la Reconquista forjó una identidad nacional que otras latitudes tardaron siglos en adquirir, y que el contacto con Europa nunca se interrumpió: el Camino de Santiago y la Marca Hispánica mantuvieron el cordón umbilical cultural. La huella árabe, se argumenta, fue extirpada primero en 1492 y después en 1609.
Hay quien va más allá y sostiene que el error no fue la invasión, sino la debilidad visigoda que la permitió. Los ostrogodos resistieron en Italia; los visigodos hispanos, no. Es un juicio contrafactual, pero sirve para lo que sirve: recordar que en 711 no había un proyecto nacional que defender.
El mestizaje americano frente al modelo británico
El segundo punto es el más incómodo. Se afirma que el mestizaje «no funciona», que solo trajo miseria y violencia, y que habría sido preferible una colonización de poblamiento en Argentina, Uruguay, Chile, Cuba, República Dominicana y Puerto Rico, más plantaciones esclavistas al estilo caribeño. La respuesta más sólida que recibe es demográfica: los indígenas de Mesoamérica y los Andes eran demasiados y estaban concentrados; los de América del Norte, pocos y dispersos. Un plan de exterminio no habría sido realista, y además habría sido contraproducente para el enriquecimiento. Se recuerda también que en Nueva España había universidades cuando los colonos ingleses aún se comían los mocos.
La discusión deriva hacia lo contrafactual puro: ¿qué habría pasado si España no hubiera perdido Florida y Luisiana por la invasión napoleónica, o si México no hubiera cedido Texas? Preguntas sin respuesta, pero que dejan claro que el problema no fue solo cómo se colonizó, sino cómo se perdió.
La Guerra de Sucesión y el precio de ser potencia satélite
El tercer error apunta a 1714. La victoria borbónica habría consolidado a España como satélite de Francia pese a ser todavía una potencia, algo comparable —dice el planteamiento— a la relación actual entre Rusia y China. Con los Habsburgo, las relaciones con el mundo germánico habrían sido más estrechas y quizá se habría evitado el siguiente error de la lista.
No hay mucho desarrollo posterior de este punto, pero encaja con una idea que recorre todo el debate: España ha sido muchas veces comparsa de alguien, y cada vez que lo fue, perdió. El problema es que la alternativa Habsburgo tampoco garantizaba nada: la Guerra de Sucesión fue, como todas, una disputa entre imperios donde los españoles eran el tablero, no el jugador.
La industrialización que no llegó a extenderse
El cuarto punto es el más técnico y el que menos contestación recibe. Se reconoce que Cataluña, el País Vasco y, en menor medida, Asturias se industrializaron con éxito, pero que el fenómeno no se extendió. La propuesta es crear dos corredores —Oviedo-Santander-Bilbao y Bilbao-Zaragoza-Barcelona— que arrastraran a Aragón, Navarra y el norte de Castilla la Vieja. Es un ejercicio de historia contrafactual, pero apunta a un hecho verificable: el mapa industrial español siempre fue archipiélago, nunca continente.
Franco, el Plan Marshall y la oportunidad perdida
El quinto error es el que más ampollas levanta. El planteamiento sostiene que la dictadura fue un anacronismo en una Europa democrática y capitalista, y que lo óptimo habría sido que Franco ganara la guerra, entrara en la Segunda Guerra Mundial con el Eje, perdiera y dejara paso a una democracia tutelada por Estados Unidos, con Plan Marshall incluido. La respuesta es una defensa cerrada del régimen: se argumenta que sin él no se habría recuperado el tiempo perdido en doscientos años de repúblicas fallidas y monarquías estúpidas, y que el sistema de 1978 resucitó problemas que estaban resueltos en noviembre de 1975.
La contrarréplica es que la Guerra Civil fue el peor resultado posible de tensiones del siglo XIX —cuestión social, regionalismo, Iglesia, marxismos, pérdida del imperio— y que el franquismo también fue parte del desastre. La metáfora que se usa: habíamos caído tan bajo que asomarnos al piso veinte parecía un éxito.
Hay un dato que descoloca. En 1492, año de la expulsión de los judíos, España iniciaba su camino hacia la hegemonía. Dos siglos después era un enano político y económico. La correlación es tentadora. La causalidad, como casi siempre, es otra cosa.