1. Mis dientes, con su ADN único y sus empastes de amalgama noventera, son literalmente irrepetibles. Valor de mercado: nulo. Lo mismo con mi escaso pelo: escaso, único… inservible.
2. Autógrafos de mi bisabuela. Quizás queden dos o tres perdidos en algún registro parroquial del siglo XIX. Escasos, sí. ¿Valiosos? Ni regalados.
3. Sellos de países que ya no existen. Bloque soviético, países jovenlandeses olvidados, repúblicas bananeras que duraron una semana. Pero ni el más nostálgico de los filatelistas los quiere. La filatelia murió hace décadas.
4. Criptomonedas con límite de emisión que hoy yacen en exchanges fantasma, olvidadas. Fueron "el futuro" durante 10 minutos. Ahora ni regaladas. Escasez absoluta. Demanda: cero.
5. Obras premiadas en concursos de pueblo. “Primer premio de pintura rápida en Villarriba del Campo, 1998.” Firmada, con diploma plastificado. Pero ni los nietos quieren colgarla. En subastas, valen menos que el marco.
Conclusión: la escasez no basta.
Sin utilidad, sin demanda, sin una narrativa engañosa, lo limitado acaba en el trastero del olvido.
Y Bitcoin irá por el mismo camino: cuando la narrativa se agote, cuando los ganadores salgan con el dinero de los incautos en los bolsillos, lo que quedará será un registro digital inútil… como una medalla de"oro" de un concurso de dibujo infantil.