El aura que se compra: 50 euros por vídeo y actores para fingir magnetismo
Un vídeo muestra a un grupo de muchachas girando la cabeza, sonriendo o riéndose ante alguien que pasa por delante de ellas, sin que se vea qué lo provoca. La cámara lo graba todo y el vídeo termina certificando que ese sujeto desprende
aura. No dice nada, no hace nada, solo pasa. Esa es la mecánica de una tendencia que un participante sitúa en TikTok: filmar la reacción ajena para puntuar el
magnetismo de quien pasó por delante. La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿el aura se tiene o se paga?
¿Qué es el aura y de dónde sale esta moda?
Para sus defensores, el aura es «la energía que desprende» una persona, algo que «se tiene o no se tiene, pero se puede farmear». La definición no aguanta mucho análisis, pero circula con la seguridad de un eslogan. Frente a ella, una intervención ofrece una lectura menos amable: lo que provoca esas miradas es ver a alguien hacer el ridículo, no admirar su carisma.
El origen, según un participante, está en TikTok,
ese sitio. Ahí el aura funciona como marcador informal de magnetismo personal.
¿Se puede comprar el aura?
Aquí la discusión se vuelve interesante, porque entra el dinero. Un participante calcula que cualquiera puede tener aura si antes negocia pagar
de 20 a 50 euros a cada persona que aparece en el vídeo; después solo queda grabar el corte de pasar por delante haciendo el payaso.
¿Es más barato generar el aura con inteligencia artificial?
Un participante sostiene que el gasto se reduce aún más si cada toma se produce por IA en lugar de grabarse. Cuando el aura se puede fabricar en serie, deja de parecer un don y pasa a ser una partida de gasto corriente. Lo que se presenta como magnetismo personal se compra, se graba o se genera, siempre según esa propuesta. Otro mensaje, en tono de guasa, enlaza un fragmento de animación clásica como referencia de un aura sin preparar en lugar de los montajes actuales.
El valor de una persona no se mide en aura
La crítica más repetida apunta al fondo: que el aura no dice nada de nadie. «El valor de una persona no se mide por semejantes tonterías», resume una intervención, para la que esos vídeos no ensalzan al protagonista, sino que se ríen de él. Otra añade un coste de fondo: alimentar esa clase de contenido degrada el tono general y, cuando luego se quiere hablar de algo serio, el crédito ya está gastado.
La defensa se agarra a una idea de evolución y energía positiva que sus promotores consideran inalcanzable para el resto. Un mérito inmaterial que no se explica, solo se exhibe. En paralelo asoma una derivada que nada tiene que ver con el vídeo: el relato de experiencias personales en aplicaciones de contactos, donde el atractivo se mide con otros baremos.
Si el aura se puede negociar a 20 euros la persona, grabar en una tarde o directamente generar con IA, el magnetismo deja de ser un misterio y pasa a ser
un presupuesto. Y aun así, hay quien insiste en que se tiene o no se tiene. Que se lo cuenten a quien recuerda que el aura ya existía hace 50 años.