Los abstencionistas cantan victoria y el resto responde: nadie ganó
El punto de partida es una proclama: los abstencionistas han vuelto a ganar. El enunciado se lanza con la seguridad de quien ya conoce el escrutinio, y su lógica es tan simple como incómoda: si el que vota no deja de arrepentirse, mientras el que se queda en casa rara vez lo hace, el saldo se inclina hacia quien no participa. La tesis se apoya en una analogía que atraviesa todo el intercambio:
no votar es como no vacunarse. Y en una receta que se aplica a cualquier cosa: si el poder pide algo, la respuesta es no.
Sobre la mesa está un Gobierno de Pedro Sánchez, sostienen quienes rechazan el resultado desde las primeras réplicas, con el respaldo de la izquierda y de partidos independentistas. A partir de ahí, la pelea deja de ser sobre quién manda y pasa a serlo sobre qué significa haber metido la papeleta.
¿Por qué se compara no votar con no vacunarse?
El planteamiento inicial no discute la eficacia del voto: le discute el arrepentimiento. El votante, dice, se pasa meses lamentando su elección —hasta que vuelve a tocar votar y
entonces sí es la wena—, mientras el abstencionista vive tranquilo con lo que hizo. La conclusión se extiende como una plantilla: hacer lo contrario de lo que te pide el oficialismo, sea votar o vacunarse.
Es un razonamiento que se retroalimenta. Cada vez que una formación gobernante reclama participación, la negativa se convierte en una forma de identidad. Y esa identidad, a diferencia de un programa electoral, no admite revisión: nadie pide perdón por no haber ido.
El voto como aval del sistema que se dice combatir
Aquí la conversación se vuelve moral. Meter el sobre equivale, sostienen muchos, a
validar un mecanismo que no se controla. El hombre que vota convencido de que su voto sirve, resume uno de los mensajes más secundados, es incapaz de entender a quien no vota; son dos entidades que no se reconocen entre sí. Otro participante lo lleva al terreno del cuerpo: pensar en votar produce repugnancia, porque gobernar a un adulto no es legítimo.
La réplica llega desde el otro flanco y tiene un nombre clásico: la
servidumbre voluntaria. Quien se abstiene, se argumenta, no debilita al poder, lo fortalece, porque regala el terreno al partido que sí moviliza a los suyos con disciplina. No es una objeción menor en un contexto donde una parte del electorado vota con constancia mecánica.
Si todos ganan, nadie gana: la réplica de los que votaron
La objeción más citada al título es de pura lógica competitiva:
si todo el mundo gana lo mismo, no gana nadie, porque para ser primero hace falta que alguien quede segundo. Y en esa competición, añaden, los abstencionistas no solo no ganan: dejan el marcador en manos de otros.
Hay quien va más lejos y les devuelve la acusación. Se les reprocha que critiquen con dureza a quienes votan opciones de derecha mientras ellos no mueven un dedo, y se recuerda que la abstención no ha frenado ninguna mayoría. La respuesta, ya conocida, es una frase corta: eso lo habéis conseguido votando. El círculo se cierra sin salida.
El recuento de votos y la sospecha de fondo
Uno de los argumentos con más recorrido no habla de ideología, sino de relojes. El recuento real, se afirma, termina «sobre las doce o una de la mañana», mientras en televisión ya se ofrece un resultado del noventa y muchos por ciento a las diez u once de la noche. De ahí se salta a la empresa privada que gestiona los datos y a la ausencia de recuento público de actas. El mensaje no aporta pruebas y nadie las exige en el intercambio; la sospecha se sostiene sobre la coincidencia horaria.
Es el punto donde la abstención se presenta menos como protesta y más como desconfianza técnica. Si el escrutinio no se puede verificar, la conclusión que se extrae es que participar no añade nada.
¿Está el problema fuera de las urnas?
Otra línea del intercambio desplaza el foco del Parlamento a Bruselas. Se habla de viñedos y explotaciones agrícolas estranguladas por restricciones y de importaciones de terceros países, con la connivencia —según esa lectura— de todo el arco parlamentario. El mal no sería solo el socialismo, sino haber cedido la gestión del país a intereses que operan más allá de las fronteras.
La contrarréplica señala que en la misma Unión Europea conviven gobiernos proteccionistas y globalistas, y que atribuir la connivencia al arco parlamentario al completo es una simplificación. Dos relatos incompatibles sobre el mismo territorio.
Con ese cruce de certezas, la pregunta sigue abierta. ¿Qué tendría que pasar para que quien no vota dejara de celebrar victorias que no dependen de él?