Hosteleros contra el TPV: «¿Hay que pagar un café con tarjeta?»
Pagar un café de 1,20 euros con tarjeta le cuesta al bar seis milésimas de euro. Cobrarlo en metálico cuesta buscar cambio, cuadrar la caja y, de vez en cuando, un viaje al banco. Sobre el papel, el datáfono gana. En la práctica, un puñado de bares gallegos ha colgado en su puerta un cartel que hace una década habría sido impensable: ya no avisan de que aceptan tarjeta, avisan de que no. «É unha
cuestión de principios», dice
Fernando Rial, del bar O Galeón Vikingo, en Catoira.
El fenómeno no es nuevo, pero sí cada vez más visible. La tendencia venía de antes y la pandemia la aceleró: en mercadillos ambulantes y plazas de abastos el cobro con tarjeta se ha normalizado hasta tal punto que lo extraño es el puesto que no la admite. Contra esa corriente, la negativa se ha convertido en seña de identidad para una parte de la
hostelería pequeña.
Qué cuesta de verdad un pago con tarjeta
La cifra que más se repite sitúa la comisión por transacción en el
0,36%. Traducido a la barra: en una cuenta de 1,50 euros, el banco se lleva un céntimo. Otra estimación que circula eleva el coste al
0,5%, lo que en un café de 1,20 euros equivale a 0,006 euros. Con esos números, sostener que el datáfono arruina a un bar resulta complicado; el contraargumento es que no importa el importe, sino a quién se le paga.
En un negocio de precios bajos y márgenes estrechos, cada céntimo que se va en comisión es un céntimo que no se convierte en tapa. Ahí se libra la discusión: no en la cuenta de resultados, sino en el principio. «Prefiero invertirla como siempre, dándole una tapa al cliente», resume
Cándido Cascallar, del Maty, en Vilagarcía.
«Non penso perder nin un céntimo para darllo ao banco»
El argumento se repite con distintas palabras en cada barra. Rial lo dice sin rodeos: no piensa perder «aínda que sexa un céntimo dos meus beneficios para llo dar ao banco; xa bastante gañan eles». En el Maty, con el cartel bien visible, sostienen que los precios no han subido y que la apuesta no les ha costado clientela, porque la parroquia es de todos los días.
Un poco más allá, en la plaza de España de Vilagarcía, el Mickey lleva desde los años setenta sin datáfono y sin wifi.
Mar Gallego, 26 años detrás de la barra, ironiza con que será «un poco antigua», pero defiende que los bares son sitios para charlar: «No voy a pagarles más a los bancos, que ya cobran por todo». Su pregunta es la misma que sobrevuela todo el asunto: ¿de verdad es necesario pagar con tarjeta un café?
En Cambados,
Viqui Pérez abrió el Catro Camiños en plena pandemia, pidió el datáfono, lo devolvió y se quedó con el efectivo porque las comisiones le parecieron altísimas. Reconoce que quien paga con plástico gana por goleada y que a los despistados los manda al cajero: alguno fue y no volvió, aunque son los menos.
El turista que llega sin un euro en el bolsillo
La resistencia tiene un punto de fricción cotidiano. Los clientes extranjeros suelen traer más dinero en metálico; los que llegan de otras zonas de España aparecen con la tarjeta en la mano y, según Rial, piensan que les están tomando el pelo cuando les explican que así no se puede pagar. Hay quien se presenta en plena Romaría Vikinga sin un euro encima y se queda sin comprar ni un agua. Su pregunta, «pero que sentido ten iso?», no tiene respuesta cerrada.
El caso más repetido es el del cliente que consume primero y pregunta después. En uno de estos locales, una mujer joven volvió al rato con una sonrisa para pagar dos cafés que había dejado a deber precisamente por no llevar efectivo. La anécdota dice bastante del modelo: con clientela fiel funciona; con clientela de paso, genera escenas incómodas.
Fraude fiscal, intimidad y el euro digital
Aquí el análisis se parte en dos. Una corriente sostiene que el rechazo del datáfono es, en la práctica, una forma de que buena parte de la caja no quede registrada, y señala que casi nunca es el negocio grande el que planta cara al terminal. La respuesta desde el otro lado es que el dinero en efectivo es hoy uno de los últimos espacios de privacidad: cada pago electrónico convierte la vida de una persona en un libro abierto para la administración y para los bancos.
En ese cruce aparece el
euro digital. Hay quien anticipa que la moneda electrónica del banco central resolverá el problema con comisiones de transacción cercanas a cero, y quien avisa de lo contrario: un dinero rastreable de punta a punta y conectado directamente con las haciendas. Las dos lecturas caben en el mismo párrafo, y ninguna se ha demostrado todavía.
Propinas que desaparecen y cajas que descuadran
Uno de los efectos menos comentados del pago electrónico es la propina. En un local, dejar un euro y medio de más con tarjeta fue imposible: el importe marcado en el terminal tenía que coincidir con el coste del servicio o la caja no cuadraba al cierre. La solución acabó siendo rebuscar monedas. En Estados Unidos el problema se resuelve con un campo adicional en el recibo —y una propina que ronda el 20% o más del total—, aunque allí el impuesto se aplica después y también acaba gravando esa cantidad.
La otra letra pequeña es la información al cliente. Se sostiene que un establecimiento puede negarse a cobrar con tarjeta por debajo de cierto importe si lo avisa en un cartel visible, y que si exhibe los logotipos de las tarjetas en la puerta pero luego no admite el pago, el consumidor tiene derecho a pagar en efectivo. El desglose de umbrales, avisos y excepciones es más enrevesado de lo que parece desde la barra.
El cliente que se va al cajero y no vuelve
El pulso no se decide en los tribunales ni en las comisiones, sino en la puerta. Los locales que han plantado cara dicen que la clientela de siempre lo entiende y que la pérdida es marginal. Del otro lado, la lógica es igual de simple: quien no acepta tarjeta no recibe el dinero de quien solo paga con tarjeta. Cada mes que pasa, el porcentaje de gente que sale de casa sin efectivo sube un poco más.
De momento, el cartel aguanta. Nadie sabe cuánto. ¿Cuántos de esos bares seguirán diciendo que no cuando el billete sea la excepción en lugar de la norma?