Pandemia y Agenda 2030: el Gran Reseteo que nadie votó
El 26 de febrero de 2020, cuando el SARS-CoV-2 aún no era pandemia global, ya había quien advertía que tras la crisis sanitaria venía una agenda política. Meses después, Klaus Schwab, fundador del Foro de Davos, presentaba el «Gran Reseteo» y la Agenda 2030 dejaba de ser un brindis al sol para convertirse en hoja de ruta planetaria. Coincidencia o no, el confinamiento global ofreció el caldo de cultivo perfecto.
El confinamiento como acto litúrgico
Para un sector creciente de analistas, la pandemia no fue solo una crisis sanitaria, sino un «acto litúrgico» que inauguró una nueva obediencia. La libertad de movimiento, la privacidad y la expresión fueron sacrificadas en nombre de la salud. La rapidez y coordinación global de las medidas, sin precedentes, hicieron sospechar que el guión estaba escrito. «Lo dijo Perro: pandemia que ha venido para acelerar unos cambios, una agenda», se cita como ejemplo de las advertencias tempranas. El confinamiento, más que una respuesta médica, fue un ensayo de gobernanza global.
ODS: de objetivos voluntarios a mandamientos
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible, lanzados en 2015, eran un conjunto de metas no vinculantes. Pero tras 2020, su adopción se volvió prácticamente obligatoria. Países y empresas que se resisten enfrentan sanciones reputacionales y dificultades de acceso a crédito. Hay quien los compara con los «nuevos diez mandamientos», solo que redactados en plenarias de Davos y con gráficos verdes. «No viajarás sin huella de carbono, no comerás carne si no eres rico», ironizan los críticos. Lo que empezó como cooperación internacional se ha convertido en un corsé regulatorio que afecta a todos los sectores económicos.
El coste económico del nuevo orden
La transición hacia una economía descarbonizada y digitalizada tiene un precio: cierres de industrias, inflación inducida por regulación, pérdida de soberanía energética. El intervencionismo estatal, dicen los críticos, nunca ha funcionado. «Una economía no se puede programar desde arriba porque no es una máquina, es un ser vivo», se argumenta. La Agenda 2030 implica una planificación centralizada que, según sus detractores, ahoga la iniciativa privada y concentra el poder en unas pocas corporaciones y organismos internacionales. Mientras, la deuda pública se dispara para financiar las nuevas políticas.
¿Quién manda detrás del telón?
Klaus Schwab, hasta entonces un economista suizo poco conocido, se convirtió en el rostro del cambio. Pero tras él operan redes financieras, tecnológicas y geopolíticas que escriben el guión. Algunos señalan al Partido Comunista Chino como beneficiario último, apuntando a la expansión de infraestructuras digitales chinas en Europa y la dependencia de biocomponentes fabricados en China durante la pandemia. Otros ven una continuidad con los mecanismos de control soviéticos: colectivismo, vigilancia social, obediencia disfrazada de virtud. La nueva liturgia, envuelta en términos como resiliencia y sostenibilidad, es difícil de rechazar sin ser tildado de negacionista.
A pesar del despliegue institucional, la Agenda 2030 no es jurídicamente vinculante. Sin embargo, ningún país se atreve a desmarcarse. El poder blando, aparentemente, es más efectivo que la ley.