Comer en Mercadona por 10 euros: el menú del día que se apaga
La escena se repite en cualquier ciudad: a la una de la tarde, la zona de comida preparada de un supermercado se llena de gente que almuerza en mesas compartidas, con la bandeja de plástico y el microondas al fondo. No es un comedor social, aunque lo parezca. Es un Mercadona. Y el trasvase silencioso que ha convertido al menú del día en una pieza en extinción tiene una explicación bastante más prosaica que cualquier sarracena sobre la decadencia: una diferencia de precio que ronda el treinta por ciento.
Vamos a los números.
Cuánto cuesta comer en Mercadona frente a un menú del día
Un primero tipo wok ronda los 5 euros. Un segundo tipo bocadillo o hamburguesa, unos 4,50. Sumamos una cerveza o un refresco y el almuerzo completo se queda cerca de los 10 euros; con café, uno más. El menú del día clásico, el de toda la vida, arranca en 15 y se estira hasta los 18 según la ciudad y el barrio. La brecha es de cinco a ocho euros por persona y comida.
Esa es la aritmética que sostiene todo. Un menú del día a 15 euros, con la calidad que ofrece la media del sector a ese precio, ya no compite en igualdad de condiciones cuando enfrente hay un lineal de comida preparada que garantiza ración, cubierto y sitio caliente. En zonas de oficinas el cálculo se vuelve obvio: quien come fuera cinco días a la semana se ahorra entre 100 y 200 euros al mes sin renunciar a nada esencial.
Las cantidades, eso sí, son motivo de guerra. Los hay que sostienen que un plato de arroz ronda los 400 gramos y que la ración no desmerece de la de bar; otros calculan que hacen falta dos primeros y dos segundos para salir lleno, y que así la broma se va a 20 euros más bebida y postre aparte, más caro que un menú de restaurante sentado.
El bar no pierde por la comida: pierde por los costes fijos
Aquí está la clave que casi nadie subraya. Un bar de barrio no cierra porque cocine peor. Cierra porque el alquiler del local, las nóminas y los seguros sociales, la factura de la luz y los seguros se han disparado justo cuando el cliente aprieta. Mantener una cocina, un camarero y una barra abierta de lunes a viernes cuesta una estructura fija que necesita vender menús a un precio que el personal de oficina ya no quiere pagar todos los días.
El supermercado juega con ventaja estructural. Aprovecha un local que ya tiene alquilado, una plantilla que ya paga y, sobre todo, un flujo de clientes que entra a comprar y aprovecha para comer. No monta un restaurante: le añade microondas, una máquina de café y cuatro mesas a algo que ya funcionaba. Con esa base, el margen sale sin necesidad de llenar el comedor.
No es un invento nuevo, por cierto. La comida preparada para llevar lleva más de dos décadas en las cadenas de hipermercado, y los grandes almacenes la ofrecían desde antes. Que ahora se celebre o se lamente como novedad dice bastante sobre lo que ha cambiado: no el servicio, sino quién lo usa.
¿Pobreza expuesta o simple comodidad?
El relato que triunfa es el del comedor social de facto, el de la miseria que antes se comía un bocadillo de tupper en la plaza y ahora lo hace bajo fluorescentes. Lleva razón en una parte: la precariedad del almuerzo fuera de casa lleva instalada dos décadas, y la única novedad es que el súper la deja a la vista. Lo que antes se escondía en un parque, ahora se ve.
La lectura contraria tampoco es poco apreciable. Comer así cuesta entre tres y cuatro veces más que cocinar en casa, de modo que quien recurre al lineal no es necesariamente el que no tiene para más: es el que no quiere cocinar, el que viaja por trabajo, el profesional que cambió el menú del bar por una bandeja porque le sale más barato y no pierde hora y media de pausa. El turista de poder adquisitivo flaqueante también se apunta: el que antes colapsaba restaurantes ahora compra en el supermercado.
Y luego está la letra pequeña de la denuncia. La estampa que encendió el asunto se apoyó en una imagen generada, y eso bastó para que media conversación se fuera por el desagüe de la desconfianza. Aunque el fenómeno sea real, conviene recordar que una foto hecha con inteligencia artificial no prueba nada.
Del «turismo de Hacendado» a la paella de 4 euros
Las proyecciones que circulan van de lo plausible a lo distópico. En el primer tramo, hay quien sostiene que el criterio de búsqueda de alquiler en zonas turísticas ya es la proximidad a un supermercado —lo llaman turismo de Hacendado—, y que la restauración de barrio quedará reducida a pizzas y poco más. En el otro extremo, se imagina al supermercado como megacorporación que además te aloja, te cobra y te alimenta con la bandeja recalentada.
En medio, una curiosidad que resume el sentido común de la casa: la paella valenciana bien hecha, la de verdad, sale a unos 4 euros por cabeza cuando se cocina para una plantilla entera. Es el único menú que aguanta la comparación con el lineal. El resto es aritmética de costes fijos.
El análisis se atasca en un punto que ninguna de las dos lecturas resuelve. Si el supermercado es comedor social, la solución es política y pasa por salarios y por el precio del alquiler. Si solo es una cafetería low-cost más eficiente, la solución no existe porque no hay nada que arreglar: el bar que no se adapta, cierra.
Lo único que cambia la respuesta es la hora a la que entres por la puerta.