Abstenerse no castiga al Gobierno, castiga al votante desencantado
La paradoja del abstencionismo es que sus defensores la presentan como el único voto limpio y acaba siendo el más rentable para el partido que dicen combatir. El argumento clásico ya circula: no votar para deslegitimar, para que el sistema no obtenga tu respaldo. Pero la lectura opuesta insiste en que cada papeleta que se queda en casa suma, gratis, al presidente en funciones. En España, la desafección es un filón electoral que otros explotan.
La tensión en Ceuta, con manifestantes que acabaron aplaudiendo a la policía que los desalojaba, ilustra hasta dónde llega el descrédito. No es una protesta contra una medida concreta; es el síntoma de una ciudadanía que ya no distingue entre el Estado que la protege y el que la golpea. Cuando las instituciones pierden toda legitimidad, la abstención deja de ser una decisión individual y se convierte en un fenómeno de masas.
La abstención como arma de doble filo
Quienes piden la abstención sostienen que votar equivale a bendecir un sistema corrupto, un “cortijo” donde los políticos no rinden cuentas. Quienes la combaten recuerdan que en un sistema parlamentario la abstención solo resta al bloque que la practica: al adversario le da igual que te quedes en casa, de hecho lo prefiere. El resultado es un callejón sin salida: el voto protesta no existe, el voto útil es un insulto, y el voto en blanco se pierde en el limbo.
El ruido de sables en los medios
A eso se suma la queja recurrente de que las televisiones públicas cortan cualquier discurso incómodo. La censura ya no necesita tijera; basta con la autocensura del periodista que sabe dónde está el límite. El malestar con el relato oficial alimenta el terreno abonado para llamadas a la abstención, aunque la historia demuestra que el abstencionismo nunca tumbó a un gobierno.
La pregunta queda en el aire: si el sistema se legitima con tu voto, ¿qué se deslegitima con tu ausencia? Ninguno de los dos bandos parece tener una respuesta que resista el escrutinio.